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lunes, 27 de noviembre de 2017

Cuentos republicanos (Plinio) El partido de fútbol




El primer partido de fútbol que vi fue aquel que me llevaron el día que bautizaron a mi primo, cuando me daba el sol en los ojos. Pero ése no vale. No vi el fútbol bien hasta que me llevó papá desde el Casino con otros amigos suyos y nos sentamos en preferencia. A los toros se iba por la calle de la Feria y al fútbol por la calle del Monte. A los toros se iba detrás de la Banda Municipal, con velocidad de pasodoble; al fútbol, como dándose un paseo tranquilo.
Hacía mucho sol. Pasó un coche cargado de señoritas… Laurita, la tía y ésas, que nos saludaron con mucha algarabía.

A los toreros los llevaban vestidos, en coche. Van pálidos, con la cara seria. Los futbolistas —esto me sorprendió— iban de paisano, sin corbata, a pie, seguidos sólo de algunos chiquillos. Piñero, el pescadero, que era el gran delantero centro, iba en bicicleta de carrera por medio de las eras. Ricardo y Blas, que eran señoritos, en automóvil. La gente iba a los toros congestionada, con los ojos bailando, buscando grandes sangres. Con vino y merienda… Al fútbol iban así como a tomar el sol, con idea de ir luego al cine… «por matar el tiempo». Eran grupos desleídos, calle del Monte arriba, sin mujeres, sin mantones, ni coches, ni caballos. (Cuando no se emplean caballos para ir a las casas, todo es aburrido, ésa es la verdad).
El fútbol hace bostezar a los sanguíneos porque no había caballos. ¿Qué iban a hacer los caballos en el fútbol, si eran hombres los que trotaban? Tampoco había heroica bandera nacional, como en los toros. Y es que, como decía el señor veterinario, que era reaccionario, «el fútbol es natural de los ingleses, que gustan de cansarse corriendo detrás de las cosas inútiles y sin argumento». Los españoles prefieren los toros porque en ellos hay algo «práctico», hay drama.
Ya en el campo, nos sentamos en preferencia, que era primera fila a la sombra, como si fueran palcos de teatro. Detrás de nosotros estaban las gradas (clase media, honrado comercio y empleomanía). Enfrente, en general, al sol, la gente de la calle o vulgo, enracimados, detenidos por los palos que les apretaban la barriga. Era gente que daba lástima, siempre voceando, agarrada a aquellas maderas. Y como condenados, mentaban a cada nada a las madres de los «visitantes».
Me gustó mucho cuando salieron al campo, corriendo en hilera, los dos grandes equipos manchegos. El nuestro, merengue, y el Manzanares, de colorines. Salían con los puños en el pecho, a paso gimnástico, los calcetines muy gordos y los uniformes muy limpios… Parecía que todos tenían las rodillas de madera, menos el portero, que llevaba en ellas unas fajillas… y en la cabeza una gorra de visera. Las botas también parecían de madera, sin desbastar.

En el palco de al lado estaban Laurita, la tía y ésas, que reían mucho y hablaban de que algunos futbolistas eran muy peludos.
También fue bonito cuando echaron la moneda al aire y se dieron la mano. Y la hermana de Pablo, la guapa de la perfumería, le dio una patadita al balón y reía mucho. Le dieron flores y vino tan contenta. (La masa o plebe le dijo muchas cosas de sus cachos y no sé si de sus mamas o mamás, que no entendí). Tocó el pito uno con traje negro — árbitro o refrer, no lo sé bien— y empezó la función, que consistía en correr todos para allá detrás de la pelota. Y de pronto todos para acá. Sólo se miraba hacia un costado del campo cuando había saque de línea, que es muy bonito, porque el que saca hace como si se estirase muchísimo y echa el balón a la cabeza de un camarada.
Sobre nuestras cabezas pasaban las voces de la gente, que parecía mandar mucho sobre los jugadores, aunque éstos yo creo que no hacían caso.
—¡Montero, corre la línea!
—¡Ricardo, que es tuya!
—¡Arréale!
Como corrían para allá y luego para acá, el público lo que tenía que hacer era lo mismo: volver la cabeza para acá y para allá. Y daba gusto verlos a todos como si fueran soldados: «vista a la derecha, vista a la izquierda». Y muchos le daban así a la cabeza mil veces, sin dejar de comer cacahuetes, como monos locos, que masticaban, escupían y siempre se arrepentían de mirar hacia donde estaban mirando.
A los porteros se les veía metidos en el marco grande, como figurillas de un cuadro descomunal, agachados, con las manos en los muslos, mirando los cuarenta pies que corrían detrás del balón…, que es una pelota cubierta con piel de zapato con cordones y todo. El de negro —árbitro o refrer— corría también para uno y otro lado, pero con carreras muy cortas, sin fuerza. Toda su potencia estaba en el silbato, que cuando se enfadaba por algo lo tocaba muy de prisa y muy fuerte. Y cuando estaba contento daba unas pitadas largas y melancólicas. Cuando pitaba muchísimo y levantaba los brazos porque no le hacían caso, la plebe o vulgo de sol le decía los máximos tacos del diccionario: el que empieza por C, el que empieza por M y el otro de la madre.

Los que me parecieron más inútiles fueron los jueces de línea, que estaban la tarde entera corriendo el campo, sin hacer otra cosa que levantar la banderita cuando la pelota se sale, como si los jugadores no se dieran cuenta de que no había pelota tras la que correr. Cuando jugaban cerca de nosotros —sombra, sillas de preferencia, señoritos—, se oían muy bien los punterazos que daban al balón, el resollar de los jugadores y el rascar de las botas sobre la arena y, sobre todo, lo que decían:
—¡Aquí, aquí, Muñoz!
—¡Centra!
—¡Maldita sea!
Al final del primer acto los jugadores parecían muy cansados. Llevaban los uniformes empapados en sudor, con refregones de tierra. Unos cojeaban, otros masticaban limón, otros llevaban pañuelos en la frente, y todos las greñas sobre los ojos. Tenían aire de animales muy fatigados, que no miraban a nadie, e iban como hipnotizados, como caballos de noria tras el balón, que parecía pesar más, trazaba curvas más cortas y, sobre todo, se iba fuera a cada instante.

Cuando se hacía gol, y se hizo muchas veces —no me acuerdo quién ganó—, los futbolistas del equipo que metía el gol se abrazaban fuertemente, como si fuera la primera vez que les ocurría aquello en la vida. Los que recibían el gol no se abrazaban, sino que volvían a su línea con la cabeza reclinada y dándole pataditas a las chinas, muy contrariados.

Al acabar el primer acto, todos iban a la caseta descuajaringados, y les daban gaseosas, y se echaban agua, y resollaban.
Todos los hinchas y directivos iban a la caseta, así como el cronista local, Penalty, para mirar a «los chicos», que no hablaban, que sólo hacían que mirar con ojos de carnero y tomar gaseosa. El segundo acto fue muy aburrido. Todo el mundo estaba ya cansado de mirar a un lado y a otro. El balón, sin fuerza, iba y venía a poca altura; a veces se quedaba solo, se iba fuera y así todo el tiempo.

Los espectadores hablaban más entre ellos, contaban chistes. Los de mi palco hablaban con la tía, Laurita y ésas; les daban caramelos y reían mucho. Y hablaban de ir al cine o hacer baile en una casa, que era lo bueno. Cuando se puso el sol, los de general parecían más pacíficos. El árbitro casi no se movía: se limitaba a pitar. A veces hacía unas pitadas largas, tristísimas, como las de las locomotoras a media noche.
Lo único impresionante de aquel segundo acto fue el penalty. Dejaron al pobre portero solo, destapado, y un enemigo, desde muy cerca, le dio una patada tan fuerte al balón, que el pobre portero seguía esperando el tiro cuando ya hacía mucho rato que el esférico descansaba en el fondo de la red. El portero se enfadó mucho y tiró la gorra contra el suelo y echó el balón al centro del campo de mala gana.
Yo estaba tan aburrido, que empecé a pensar en mis cosas: en el colegio, en Palmira, en los bigotes del general Berenguer, que vi en la portada de Crónica —«Un general que va a deshacer lo que hizo el otro general», que dijo mi abuelo—, y el Somatén, que ya no iba a desfilar más por las calles, según me dijeron… También pensaba en no volver al fútbol más en mi vida, porque no le veía argumento.
Cuando salimos, casi anochecía. Hacía fresco. La tía, Laurita y ésas habían decidido no ir a ver la segunda jornada de «Fanfán Rosales» e irse a bailar a la sala del piano de casa del abuelo.
La gente salía con ganas de andar. Los jugadores, derrengados, iban sin corbata, muy colorados. El jugador que cayó al suelo y empezó a retorcerse mucho con las manos en semejante parte y que hizo reír tanto a las señoritas, a pesar de que decían: «¡Qué pena!», salió cojeando, hecho una lástima. En el automóvil tuvimos que ir muy despacio entre el gran gentío que caminaba con las manos en los bolsillos. Emilita, la hermana de Pablo, repartió las flores del ramo que le dio el capitán entre los hombres, y a mí me dio un beso. Dijo que eso era a mí solo. «Vosotros, claveles, claveles».

A mis amigos del colegio, los que eran tan aficionados al fútbol, los pasamos con el automóvil. Iban tan ofuscados, que no me vieron. Hablaban todos a la vez, y Manolín, delante del grupo, imitaba a un jugador en no sé qué pase… Aunque los llamé, no me oyeron, que así eran de aficionados.
Cuando llegué a casa, rendido, me llevé la gran sorpresa de que el abuelo había vuelto de Valencia y me estaba esperando con un mecano que me había comprado en la plaza de Castelar. Como tardaba, se había hecho ya un puente colgante con muchas varetas rojas y verdes.
Me dieron de merendar y me puse a jugar con el mecano, mientras el abuelo explicaba a papá que en Valencia se respiraba república por todas partes y que en casa de Llavador había visto bordar a las «chiquetas» una bandera tricolor.


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