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HIMNO A TOMELLOSO

domingo, 22 de octubre de 2017

Voces en Ruidera (Plinio) 2ª Capitulo



A media mañana, por la carretera de Argamasilla, si iría el Seat de don Lotario a sus sesenta por hora. Delante, el veterinario y Plinio. Detrás la mujer y la hija del jefe. Plinio, de paisano, con la boca apretada y los ojos entornados, pensando, él sabría en qué. Y don Lotario, haciendo memoria si era aquella la primera vez que llevaba en su Seiscientos a las mujeres de Manuel. La Gregoria, sin acabar de explicarse tan rápida excursión a Ruidera de toda la familia, incluido don Lotario, como no podía ser menos. Y la hija, como siempre que iba en coche, abstraída tras la ventanilla, sintiendo que ideas muy varias y evanescentes pasaban por su magín con la misma rapidez que los aledaños de la carretera.

Aquel paisaje de llanura absoluta no lo comprende casi nadie. Hace falta mucho acomodo de los ojos. La gente ante el paisaje va al bulto: árboles, montes, valles y lomerales. Los viajeros de toda la vida se aburren al atravesar las llanuras manchegas, camino de Levante o Andalucía. Van en tren o en coche, con los ojos inexpresivos, por aquellas tierras que consideran paso forzado hacia destinos más amenos. No conciben el paisaje sin anécdota, sin los esquemas convencionales. Ante el rincón verde con vacas bucólicas el viajero entorna los ojos. Ante las montañas amenazantes, hacedoras de valles y desfiladeros truculentos, se le encoge el ánimo y piensa en fábulas épicas. Ante los campos rimados de montes suaves, de olivos trepadores o bosques de pinares y alcornoques, recuerda melodías conocidas. Pero en la llanura manchega se adormece, no la ve. Allí el paisaje no sale hacia el cielo, no son relieves que hagan mimos líricos o medrosos. La llanura manchega parece hecha para soportar el cielo en sus bordes lejanísimos. No es naturaleza que sale, que salta. Es tierra que está, que aguanta. Es plataforma ¿de qué? De lindes sin sombras. De un aire inmedible. El paisaje, en aquellos días de primavera, era cuadrantes de siembras ralas; de cepas que empiezan a romper, entre surcos rígidos.

Longuísimos barbechos, pardos, grises. Gamas de ocres y verdes tímidos. Suelo total, alfombra sin arruga, cuyos colores amortigua la extensión y el cielo limpio. Allí el prodigio no se consigue con alzas del terreno. Lo logra la luz, la luz igual, que todo lo adelgaza y espirita; que cuaja una cromía diluida, casi gaseosa. La evaporación, las anchas lejanías, el alumbrar tan uniforme del sol, hacen pensar que todas aquellas infinitudes están pasándose al cielo. O que el cielo y la tierra se reflejan mutuamente porque allá en el horizonte no se sabe bien si el cielo está sembrado o la siembra está hecha cielo de tan parecidos celestes- verdes, verdes-celestes, pardoscelestes, celestes-pardos. Todo cobra a lo lejos suspensión en la llanura y no sé qué plenitud atmosférica, cristalina, irreal. La figura lejana que avanza por la linde, el tractor de más allá, el labrador que ara tras la mula, parecen modulaciones del terreno o creaciones del aire. Figuras más lejanas de lo que están realmente, arropadas con las infinitas cristaleras que el aire pone sobre tan dilatada planicie. Los ojos, fatigados de tierra plana y cielo azul, se obsesionan con aquellas figuritas que apenas se mueven… Y solamente, de vez en vez, como un espejo perdido y fugaz, brilla el acero de una azada o rutila la cal de una casita desnuda. El paisaje manchego es sordo, sordo y mudo. La campana del cielo ha hecho el vacío sobre él. Nada se oye en la llanura. El labrador y el carrero no cantan, y si cantan su voz no llega. El aire tan libre y ancho es como la voz a flor de labios. El carro que traquetea, la esquila de la mula, el son del tractor y el ladrido del perro se pierden apenas sonados. A veces, una ráfaga de aire dislocado nos trae un chorrillo de palabras, traqueteos, motores y ladridos, que pasan veloces junto a nuestro oído, para perderse en seguida en la anchura que sigue… En los días de verano zumba el sol. En los ásperos, un aire largo nos aleja nuestra propia voz. A fuerza de no ser paisaje al uso el de estas llanuras, de ser imaginación de la tierra y forro del cielo, el terreno en primavera, como en el desierto, crea espejismos de paisajes figurativos para contentar al viandante aburrido o al pintor buscador de anécdota. Los vapores de la siembra, de la tierra yermal y del viñedo, se aglutinan y toman forma de casas con árboles, reflejados en un río inexistente.

Espejismos que ondean en el lejano horizonte, como protesta de la llanura que, cansada de jugar a matices por unos momentos se concede en tópico… Sólo un pintor español, López Torres, ha sabido ver este ser tembloroso y vientero del paisaje manchego, estas llanuras siempre en evaporación, rielantes, que hacen de gas las figuras y todo lo llenan de zonas transparentes, distanciadoras, matizadas. Ni Sancho ni don Quijote pudieron ver este paisaje. Sabían que pasaban tierra llana, pero para ellos no había horizonte. Todos aquellos lienzos de tierra tan a nivel estaban cubiertos de monte bajo, de carrascas cenicientas, de verdes viejos, que le quitaban profundidad. Sólo en los ejidos de los pueblos, el remedio de cereales y algún huerto, despejaban las encinas y la chasca del suelo. Hasta que llegó el desmonte no se descubrió la repisa de la llanura y sus miradores. Todavía de vez en cuando, sobre aquellos planos solitarios aparece alguna encina con los ramos al viento, clamando sus cuitas al cierzo, haciendo su solo patético ante el horizonte sin lindes… Encinas que a poco que te alejes, por la masa del aire, no sabes si son reales o un espejismo más.

No es paisaje de encuentros súbitos, de retablos, y corros imprevistos. Al que viene se le ve apuntar desde muchos surcos y el que se va nunca acaba de desaparecer. El hombre que va en el carro, en el tractor o la bicicleta, lleva cara de no mirar. Va sin temor a sorpresas. El llanero manchego fue siempre hombre de pensares solos, de gesto inexpresivo, de caminos y labores sin misterio… De vez en cuando, una casa blanca, casi diluida en el aire; un bombo, un descardenchador, muchas ovejas. ¿Qué se mueve junto al pozo? Y la llanura sigue detrás, delante y sólo deja imaginar.

Por la carretera de Argamasilla, antes de llegar al pueblo y torcer hacia Ruidera, cambia el panorama. Ya vas al hilo del Guadiana. Del Guadiana siempre enjuto, y ahora más por el Pantano. A la derecha, los chopos y álamos del río; y hacia la izquierda, la terca llanura que sostiene a Tomelloso, que sigue sin un pliegue hasta Socuéllamos, Pedro Muñoz y Campo de Criptana.

La biografía de las aguas es rarísima en este rodal de La Mancha. El que haya unas lagunas tan nórdicas y hermosas en tierra tan poco lagunera como es España, y no digamos en esta altiplanicie manchega, ya es notable. Pero la manera que tiene de comportarse el Guadiana desde su alumbramiento hasta renacer en los Ojos del Guadiana, junto a Daimiel, supone la historia de río más única que se conoce. Y es que en la Mancha —la gente no se fija— todo es bastante raro. Desde que el Guadiana toma forma de río y deja las lagunas sucesivas, después de la Cenagal, ya pasada la aldea de Ruidera, y empieza a caminar enclenque por todos aquellos campos de Montiel, sin mayores fuerzas antaño, que para mover los molinos del Membrillo, el Curro, Santa María, San Juan, San José y ahora, para llenar cuando puede la presa del Pantano de Peñarroya, es toda un crónica. Río canijo, cruzable en dos brazadas, que discurre entre juncos: el negro, el común, el bolita, y el de sapo.

Entre bayunguillos y juncias redondas o castañuelas; a veces flanqueado de álamos blancos y negros, chopos lombardos y bastardos. Y así que sus estrechas aguas alcanzan la gran anchura de San Juan, tierras calizas y esponjosas, empiezan sus filtraciones, y fatiga. Cruza el pueblo de Argamasilla sin aliento y, al llegar al molino de la Membrilla, lo traga la tierra y bajo ella camina siete leguas hasta resalir, como lágrimas abundosas, por los Ojos del Guadiana, allá por Daimiel. Ya decía Plinio el latino, y no Manuel González el de Tomelloso, que el río Anas tenía en la llanura un puente de siete leguas sobre el que pastaban los rebaños. Sin embargo, los sabios posteriores, aseguran que esas aguas resurgentes que lavan los Ojos de Villarrubia, no son todas las que se tragó el terreno por las llanezas de San Juan, del Guadiana alto, sino que una buena parte son recaudo de las nuevas filtraciones de las lluvias en el llano manchego. Es decir, que aquel Guadiana que renace junto a Daimiel, y engorda en su largo camino hasta pasar por Badajoz y Portugal como río señor, tiene poco que ver con el abortillo de tan anchurosas lagunas, lleno de vicisitudes y escamoteos. —Oye, Manuel ¿y tú crees que esta noche se oirán en la Colgada esas voces tan misteriosas que te dijo el alcalde? Plinio le hizo un gesto disimulado para que no hablase del tema, pero don Lotario, con la fijeza puesta en la carretera, no lo advirtió. —¿De qué voces habla usted, don Lotario? —preguntó la hija de Plinio incorporándose hacia el respaldo del veterinario. —Que por lo visto, de unas noches a esta parte, está la gente del hotel muy asustada, porque grita una voz misteriosa. —Vaya, vaya, Manuel —saltó la Gregoria— ya me extrañaba a mí tu repentina fineza de traernos a Ruidera. No será porque no se lo dije a esta: Milagrillo, que tu padre no vaya a algo del servicio que no nos ha dicho… Si no podía ser. —Atiza, he metido la pata — rezongó don Lotario. —Padre, ¿es verdad eso? —Es verdad, pero me lo dijo el alcalde precisamente cuando fui a pedirle permiso para venir con vosotras. Eso de las voces serán fantasías moriscas de los ruidereños, y yo no tengo nada que ver con ellas. —Es cierto, Gregoria, se lo dijo al pedirle permiso. Además, no compete a la Policía de Tomelloso. —Ya, ya, aunque así sea —reatacó la mujer— como que van ustedes a dejar de fisgar en un misterio como ese, por mucho que competa a la policía de otro sitio. Verás hija como nos dan la temporada. —Tampoco es para ponerse así, madre. ¿Qué más nos da que se distraigan en una cosa que en otra? Nosotras a estar tranquilicas, y en paz. —Sí, tranquilicas. Narices. Estaremos toda la noche oyendo voces agónicas y estos por allí corriendo peligros. Te digo que es como para volverse. —Pero, coño, mujer, ¿a qué vienen esos extremos? Ni esas voces serán tan agónicas como tú dices, ni nosotros correremos peligros, ni vamos a hacerles pizca de caso. —Bueno, bueno, te conozco bacalao y si no al tiempo. —Pues esperemos a ver qué trae el tiempo —dijo Plinio volviendo la cabeza con aire severo y de poner punto a la discordia matrimonial.

Pasados el Pantano de Peñarroya y el Castillo del mismo nombre, la llanura se quiebra, y empiezan las cuestas del Castillo, del Rivero, de la Malena y de Miravetes, tan pecheras y acibantadas, que parece pisamos otra región. Los cuatro auteros iban callados, y cada cual a su manera con la boca tensa y los ojos vueltos hacia el telón de sus preocupaciones. Conforme se llega a Ruidera, ya digo, las cuestas se empinan y las curvas se cierran. El estrecho Guadiana a ratos queda muy alejado de la carretera, tras la barrera de álamos y carrizales. La mujer de Plinio, que debía sentir mareo por tanta rúbrica del camino, se puso los dedos en la frente. La hija aspiraba con gana.

—¿Se marea usted, madre? —No… —No mires a la carretera y cierra los ojos, mujer (Lotario). Plinio pensaba que iba incómodo con las mujeres. Había organizado mal la cosa. A nadie quería él más en el mundo que a las dos que componían su familia. Pero una cosa es el cariño y estar con ellas a gusto en casa o en los sitios naturales, y otra llevarlas al oficio, donde el comportamiento de él tenía que ser distinto. Ellas estaban acostumbradas a verlo, a sentirlo en la paz de la casa o de las holganzas propias de su clase y condición humana, pero así en trance de faena, todo iba a ser de otra forma. Y si no al tiempo. Era la primera vez que lo iban a ver actuar, a aguantar sus teleles y pálpitos, sus entradas y salidas con don Lotario o… solo. Sus rebinaciones y ausencias. Aquellas otras caras que ponía cuando había caso por medio. No debía haberlas traído.

Entraban en Ruidera. La primera laguna que se encuentra, la Cenagal, Cenagosa o Cenaguera, es de poca vista y anchura. Es un feo boceto de laguna. Estaba muy baja de agua. Aguas verdes turbias a aquella hora. Amago de laguna, claveteada de juncos y carrizos. Entre ellos nadeaban patos azulones, gallinas de agua y aves-toro o abotaurus stellaris, que dicen en las vitrinas. Pasaron la centralilla eléctrica que llaman de Mirabetes, y en seguida la Colgadilla, la otra laguna menor, con la que colean las quince grandes que encabezan la Blanca, treinta kilómetros al sur, en terrenos 120 metros más altos, que son la misma ubre del Guadiana. La Colgadilla, algo más alongada, recibe el agua por filtraciones subterráneas de la Cueva Morenilla, y se vierte por la superficie, con un cacho de río, en la Cenagosa. La Laguna de la Cueva Morenilla es la última de las lagunas bajas, que según se viene de Argamasilla, están antes de llegar a la aldea de Ruidera. Son prólogos del lagunario. Pasaron ante la centralita de San Alberto. Cruzaron la aldea, a aquellas horas con poca vida en la calle. Dos mujeres con escobas en la mano hablaban entre sí, y quedaron mirando al coche de los justicias. Como estaba recién pasada la Semana Santa, se veían en las fachadas enjalbegadas dibujones del Domingo de Ramos hechos con pintura verde. Debieron ser obra del mismo «equipo» de artistas y poetas, por la tintura, el tipo de letra y la sinrazón de los versos. Sólo pudieron leer uno:

Cada vez que te sientas
das un respingo.
… Yo sé lo que te duele
desde el domingo.

En la puerta de la iglesia nueva, el cura encendía un pito con aire pensaroso. —¿Qué pensará el señor cura de estos ramos? —se medio preguntó don Lotario. Como nadie le contestaba, echó un reojo por el retrovisor. La mujer de Plinio iba con la cabeza reclinada y los ojos cerrados. La hija la llevaba cogida del brazo. Y el jefe, con el pito entre comisuras, dijo: —No se va a poner él a borrar los ramos. Tendrá que aguantarse y luego decir algo en el púlpito. Las calles estrechas en cuesta. Las casas bajas con cal, la antigua fábrica de pólvora y luego residencia particular. Aldea pequeña y clara, criada a la vera de las aguas y sus lucios, de los árboles que fueron cortados antaño para poder comer. Aldea que pasó de la caza furtiva y pesca solitaria, al trajín del turismo provinciano.

Apenas salir del pueblo, entraron en el camino de las lagunas maestras. La del Rey, de casi un kilómetro de larga y más de trescientos metros de ancha. Honda, clara y verde a aquellas horas. De una quietud enferma sin el menor pellizco de relieve, como dejada por milagro, intocada. La mañana parecía salida de aquellas aguas calmas, verdes clarísimas; de su paz un poco temerosa. Esta quietud verde, azul, malva, rojiza a veces, según las luces, de las aguas quedas, bajo un cielo tan límpido, tienen algo estremecedor. De paz agorera que calambrea un punto el nervio del alma. Algo se ha roto en la armonía de la tierra, para que existan aquellos ojos gigantes, sin parpadeo, sin lágrima, sin reflejo súbito. No se sabe qué muerte cósmica representan. Tanta copia de cielo quedo a ras de tierra, tiene viso de paisaje espacial, solo. De espejo patético que somormujó palacios romanos con deidades frígidas de cabellos rubios.

Los lagos parecen pedir un contorno blandorro y lírico; o tremebundo e infernario. Pero las lagunas de Ruidera están rodeadas de un paisaje manchego, de pocas alturas, sin verduras líricas ni rincones plácidos. Monte bajo, cuñas arcillosas, tierra rota, sin disfrute ni bucolismo. Humildes paisajes de salvias, tomillos y romeros color verde viejo. Esoliegues, marrubios y lentiscos. Espinos, aliagas y velerzas. Paisaje villano y desarreglado, que sin los montes que le talaron, no resulta encuadre adecuado a la suavidad de las aguas. Contraste de rodeos cabrerizos con aguas lunarias. Colación de hadas frígidas entre lentiscos y cagarrutas. Los romanos y romanas blanquísimos que se bañaron aquí, dejaron las ropas terragosas y guerreras en las orillas del lagunario. Este contraste de aguas persas y tierra desmañada cuaja en belleza desusada, que punza con escalofríos chuscos y líricos, negros y luminares, como el viaje de don Quijote entre cabrahigos y murciélagos, hasta el cuerpo insepulto de Durandarte. Sí; no extraña que Cervantes viese este panorama del alto Guadiana como obra merlinesca, que trocó a un escudero en río y a las hijas y sobrinas de la dueña Ruidera en lagunas. Las lagunas son magia tétrica, cuerpos enaguados, insepultos. Un cuerpo de Durandarte mil veces repetido bajo las aguas. Una procesión de muertos palidísimos romanos y carolingios diciendo durante siglos la historia de sus amores frigorificados. Y fuera, las ropas pastoreñas, las monteras y los zurrones esparcidos por los montes, las esquilas oxidadas de mil rebaños seculares entre los lentiscos, como frutos perdidos. Pasaron frente a Miralagos. Y pegada a la Laguna del Rey, la mayor de todas: la Colgada. Casi dos kilómetros y medio de longitud y medio de anchura. Ambas se comunican por un estrecho muro de caliza, de suerte que parecen una, y logran la plenitud de esta cadena de aguas de la Mancha. —Ya hemos cruzado el límite de nuestra provincia con la de Albacete. ¿Qué sientes, Manuel? —le preguntó don Lotario con tono festivo. —¡Nostalgia, don Lotario, nostalgia! Llegaron al Hotel de la Colgada y la dueña, nada más ver entrar a Plinio con la maleta grande de la familia: —Bienvenido, Manuel. Ya sabía yo que no podía usted faltar tal y como están las cosas por aquí.

Plinio, con el traje gris usado, la camisa oscura, sin corbata, la boina y la maleta en la mano, quedó parado con cara de contrariedad por si oían sus mujeres, pero enseguida reaccionó: —Para que usted vea. ¿Habrá habitaciones? —Estamos casi vacíos. Y como sigan las voces dichosas nos tendremos que ir todos. El dueño, don José, llegó con un periódico bajo el brazo. La mujer de Plinio, con gesto tirante dijo algo en voz baja a su hija. Don Lotario esperaba con la maleta breve. Plinio abrió de par en par la ventana de su cuarto, que daba sobre la Colgada. Miró el agua verde clara, transparente. Don José y doña Josefa comentaban tras el mostrador del hotel: —No creas que esto de que venga el guardia es bueno. —¿Por qué? —Verás como se van los pocos que quedan. Ahora va a parecer que todo es más peligroso. —Qué va, les dará más seguridad. —No, un guardia siempre es un guardia. La mujer y la hija de Plinio deshacían la maleta con mucho esmero. —¡Qué silencio, madre!

Don Lotario puso el bicarbonato sobre la mesilla y sin saber qué hacer se asomó también a la ventana. El agua verde clara con mucho sol diluido, le echaba claridades en los ojos y entornó los párpados. Plinio liaba un cigarro y respiró hondo, sin dejar de mirar al tabaco. El silencio completo de vez en cuando lo rompían sones de esquilas alejadas, balidos de invisibles ovejas o la voz corta de un pastor, también invisible. Por la orilla frontera, Plinio veía el reflejo de los montes color verde viejo, que daba a las aguas un tono más bravo y adensado. Las mujeres de Plinio colgaban las ropas en la percha. —Tu padre no se ha llevado nada a su cuarto. —Ya irá pidiendo. Don Lotario se quitó la corbata y sacó unas botas. Así que se acostumbraba el oído a aquel silencio, se percibía el ruido que hacían las aguas de una laguna al caer en otra. En la Colgada vierten las aguas de escorrentía de la Cañada de las Hazadillas. En los días de primavera las aguas de escorrentía se multiplican, los saltos de laguna a laguna se asonoran, y en algunos parajes todo es concierto de aguas saltadoras y escaloneras. Que por eso Ruidera se llama como se llama. Porque es la zona «roidera» o ruidosa del Guadiana. Plinio seguía de codos sobre la ventana acomodándose a aquella paz de ruidos sensitivos, de luces tan anchas y licuosas. Allí uno volvía al sí mismo, al desierto solitario que es, sin más turbanza que el breve esquilear de las ovejas lejanas. Se desvestía de las imágenes de las gentes, vehículos, casas y perros del pueblo, y ganaba romancillas de agua; solos de balido, reflejos que limpian la sensitiva y aguas en las que no nos vemos, pero copian el cosmillo rodeante. Con la ventana abierta se tumbó en la cama.

Don Lotario así que sacó las botas y se quitó la corbata no sabía qué hacer. Dio dos paseos por el cuarto y bajó al bar. Las mujeres se arreglaban el pelo. —¿Se le pasó el mareo, madre? —Nada más bajarme. En el bar rodeado de cristales tomaban café los cuatro. Sólo ellos. El chico de la barra limpiaba unos vasos con mucha calma, mirando a otro sitio. Junto a la puerta, coches estacionados. El viaje los había dejado algo varados. O tal vez era la calma. Se cruzaban las manos de todos sobre la mesa para coger las tazas de café. El cielo que se veía por los cristales era una lumbrera de luz delgada. Allí no se oía el bando de las ovejas. Salió otro chico a la barra. Silbaba con mucho regusto, oyéndose, entornando los ojos. Era un camarero mirlo. Plinio y los suyos lo miraban sonriendo. El chico era divo del silbato. El otro de la barra, lo miraba y los miraba cachonriendo. Pero él, tan tranquilo. Cuando terminó la romanza pitada, se puso a ordenar las tazas, tan indiferente. Plinio hizo un mimo de silbar sólo para los suyos. Por la puerta del bar que daba al hotel se oyó un vozarrón: —¡Este, este era el que hacía falta aquí!

Era Honorio de la Cruz, grandón, con los brazos alzados, acompañado de Blas Camacho, que señalaban a Plinio riéndose con cariño. —Sí, Manuel, a ver si descubres pronto al de las voces, que aquí está to el mundo aterrao. Las mujeres tomaban el café con gesto circunspecto. —Pero si veníamos a pasar unos días sin saber nada. Me lo dijo el alcalde al despedirme. —Pues ya verás la que os espera. Menuda ocasión has elegido para traerte a las mujeres. —No me diga usted más —le confirmó la Gregoria. —¿Vosotros habéis oído esas voces? —No —dijo Blas— porque vivimos lejos, pero esta noche, que creo que tocan, vamos a venir a oírlas. —Nosotros y mucha gente. Esta noche esto va a ser una romería (Honorio). —¿Y qué texto tienen las voces? (Lotario). —Ninguno —dijo el barman del silbido—. Es un quejío muy triste. —No tan triste —dijo el otro barman que no silbaba. —¿Pero en qué quedamos, leche, en que es triste o no? (Blas). —Es más bien triste. —Pero menos… más de sorpresa. —Pero triste. —De sorpresa. Y dale. —¿Vosotros entonces lo habéis oído? (Plinio). —Claro. —¿A qué hora? —Sobre la medianoche. Entre las doce y la una. —¿Cada cuarenta y ocho horas me han dicho? —Una vez, la última, se retrasó y tardó tres noches. —¿Entonces esta noche hace cuarenta y ocho horas desde la última vez? (Plinio). —Eso es. —¿Y de qué parte vienen? (Lotario). —Varía. Pero de bastante cerca… Al menos eso parece. —Pues nada —dijo Plinio quitándole importancia— estaremos a la escucha. Los dueños del hotel entraron en el bar. Ella con unos papeles en la mano. —Ya estará usted tranquilo, don José; con Plinio aquí, todo resuelto (Blas). —A ver si es verdad —dijo don José con aire melancólico. —¿Y quién piensan que puede ser el que vocea? (Plinio). —Nadie se explica. —Pero algunas conjeturas se harán. —Yo no oigo más que tonterías. —¿Por ejemplo? —Por ejemplo… que el voceador es un forastero que se ahogó el año pasado en la Laguna del Rey y nunca lo encontraron. —Esa conjetura no nos vale, ¿verdad don Lotario? —Creo que no. —¿Otra? —Que es uno que quiere que nos arruinemos y dejemos el hotel. —Esa ya es más verosímil (Honorio). —Yo esta noche me voy a traer un magnetófono a ver si puedo tomarla (Blas). —En fin, lo que sea sonará. Tras las vidrieras del bar se veían unas torres bajas y fronteras de apartamentos. Entre los coches que estaban aparcados, junto al bar, apareció un liliputiense que aparentaba unos cincuenta años, con pantalón corto y aire muy deportivo. Sujeto traía un perro lobo que casi le igualaba en alzada. Le llevaba puesto un sombrerillo de paja amarilla sujeto con un barboquejo. —Ahí viene don Circunciso Zaplana y su «Vida». Miraron hacia donde señalaba Honorio.

Don Circunciso, ahora inclinado sobre el perro, lo desguarnecía del sombrerete. —¿Y quién es su vida? —preguntó la mujer de Plinio. El perro. —El perro (Don José). —¿Es que se llama así? —Así lo llama él. Por lo visto algunos parientes suyos murieron al contao de morir sus perros. Y él cree que le va a pasar lo mismo. Por eso lo cuida tanto. —Coño, pues con no tener perro tendría la tranquilidad ganada. Don Circunciso, después de destocar al perro le acariciaba la testa. —¿Y es de estos terrenos? (Gregorio). —No, es forastero total (Don José). Abrió la puerta del bar y, sin soltar al perro, entró con aire ausente. Se fue a la mesa más apartada y a su lado sentó al lobo. El barman mayor, el que no silbaba, que desde que vio aparecer a don Circunciso empezó a preparar un whisky doble y tacos de jamón, lo puso todo en la bandeja y fue hacia él con aire muy ceremonial. El perro, al ver el gran plato de jamón, moneó goloso y sacudió las orejas. Don Circunciso, sin ojos nada más que para su «Vida», tomó un taco de jamón, se lo enseñó sonriendo y con el mayor amor del mundo se lo puso entre dientes. Luego con aire suficiente tomó un buen trago de whisky. Encendió un cigarrillo rubio con boquilla y mirando al campo con aire concentrado, expelió el humo con muchísimo gusto. No habrían pasado dos minutos cuando «Vida» levantó suavemente su mano derecha hasta posarla en el muslillo de su amo. Y este, sacando su lírica sonrisa de antes, trasladó otro taco de jamón a la lengua del perrazo. Se echó otro trago de whisky, y etcétera.

Blas y Honorio, sentados a la mesa de Plinio, bebían y hablaban con discreción. La llegada del liliputiense y su «Vida» habían impuesto respeto. Don José y señora, desde la puerta, parecían esperar cualquier instrucción de don Circunciso. Al cabo de un buen rato, cuando el perro acabó con el jamón y el enanillo con el whisky, este hizo una seña para que le trajesen más bebida. El mozo mayor ya la tenía preparada, pues estuvo observando los volúmenes del vaso y del companaje, y apenas el pequeño hizo el gesto, le entregó la bandeja al otro mozo, al silbante. Una vez que retiró el servicio usado y puso el renuevo, don Circunciso le guiñó un ojo. El silbante consultó con los ojos al patrón. Este le dijo que sí con la cabeza. Y sin más, se arrodilló ante el perro, y empezó a hacer un concierto de silbo dulcísimo, con los ojos blanqueados y meneando suavemente el ademán. El lobo lo miraba muy fijo como sonriendo, mientras su amo lo acariciaba suavemente.

Algunos huéspedes entraban en el hotel directamente sin pasar por el bar. Hasta que de pronto Blas le dio un codazo a Honorio: —Ahí viene la que tú querías ver, so galgo. Por la puerta del bar entró una rubia de repartida encarnadura, con pantalones blancos, grandes gafas ahumadas, suéter que le realzaba el tetuario y pañuelo a la cabeza. Saludó con un movimiento de cuello muy británico, y se sentó en un taburete de la barra, mostrando la línea acampanada de su tras, con la ceja central bien embutida. El mozo de la barra acabó su romanza pitada dedicada al «Vida». Don Circunciso, le dio con discreción unas monedas. Se retiró reverente. El perro bostezó en espera de más jamón. En el comedor grandísimo, poca gente, en mesas muy separadas, con la luz del sol y las lagunas sobre los platos, y sacando destellos agudísimos a la cristalería. La señorita rubia y bonísima comía, casi abriendo la boca, somormujándose la cuchara con mucha precisión entre los labios. Don Circunciso y su «Vida» quedaron en el bar. Plinio y los suyos comían con ritmo de pueblo, paneando, levantando la ceja mucho cuando decían algo, servilleteándose la boca muy cumplidamente. Su mujer no había comido en hotel desde que fue a Madrid a una Feria de San Isidro, hacía qué sé yo los años. No tenía costumbre de que la sirvieran, se ponía nerviosa. Seguía al camarero con los ojos entre intimidada y criticona. Le gustaba servir la mesa a su marido, temía que le pusieran algo mal. Pero Plinio parecía indiferente a todo. Comía y bebía sin prestar atención, pensando en sus cosas.

A la hora del café se quedaron solos Plinio y don Lotario. Las mujeres fueron a descansar. Don José, el dueño, se sentó con ellos. Plinio, como que no quería la cosa, aprovechó para interrogarle. —Esta noche, por lo que dicen, no le faltará parroquia al bar. —Preferiría no tenerla por tal motivo. —Pero hombre, no creo que sea para tanto. —Imponen mucho, no crea. —¿Cuántas veces se han oído ya? —Seis. —¿Cómo ocurrió la primera noche? —Estábamos ahí en el bar viendo la televisión, y como la teníamos alta no oímos casi nada. Pero algunos huéspedes, que paseaban por la carretera, se llevaron el susto. Los de la Central Eléctrica de ahí al lado, los de Santa Elena, al día siguiente dijeron lo mismo. »Dos noches después, a eso de las doce y media, estaba yo en la puerta del hotel con los chicos de la barra echando un cigarro, cuando la oímos por primera vez. De verdad que se me puso carne de gallina. Es un grito largo que impone. Qué sé yo, el tono es poco humano. Como de un animal parecido al hombre o al revés. —¿Y dura mucho? —No mucho, pero lo bastante. Suena muy fuerte, se mantiene unos segundos y luego decae. —¿Y no repite? —No. Sólo una vez… En este lugar de aguas, montes y tinieblas, impone mucho. Esa noche como era fin de semana, hacía buen tiempo y había bastante gente, lo oyeron muchos… Aquella señora que hay allí comiendo con su hija, se desmayó… o hizo que se desmayaba.

Plinio se fijó en la pareja. Era una señora ya anciana con aire y papada retóricas, y su hija rondaba la cincuentena. —¿Y el enano del perro? —¿Don Circunciso? No. Ese se acuesta pronto. No le importan esas cosas —¿A la hora de los perros? —le preguntó don Lotario con sorna. —Pues sí, porque, al «Vida» lo acuesta en su habitación… Pero les advierto que es todo un caballero. Plinio y don Lotario se miraron. —¿Y la rubia tremendona, no se asusta? (Lotario). —También se recoge pronto. Cena en su habitación y no ha dicho nada. —Siga —le pidió Plinio. —Pues nada, que a partir de esa noche y cada cuarenta y ocho horas, todo el mundo está con el oído alerta hasta que se oye el graznido. —¿Y no se sospecha quién pueda ser? —No. —¿Ni desde dónde? —No. Cerca. —¿Y no han visto alguna barca por las noches? —Nadie lo dijo. —¿Desde qué distancia no lo han oído? —Sólo lo oímos los de este rodal del hotel, en los apartamentos y en la Central Eléctrica. —¿Y no han intentado hacer alguna descubierta por estos alrededores? —No… Que yo sepa. Se meten aquí en el bar a bacinear. —Bueno, pues veremos qué pasa hoy. —Veremos, pero ojalá que acabe, porque no me gustan estas cosas. —¿No ha observado a alguien raro entre los huéspedes? —No, aquí en este tiempo paran pocos. Hoy, como final de semana, hay más. Y todos gente corriente. —Antiguamente —terció don Lotario— de Ruidera siempre se decían cosas misteriosas. Estas lagunas alientan mucho la imaginación. Me acuerdo que oí contar lo de aquellos muertos que encontraron en la Cueva de María Garria. —Pero siempre fueron historias de venganzas campesinas o matados en otro lado que trajeron a estas soledades. —Lo que quieras Manuel, pero que estos terrenos y sus aguas provocaron mucho romance negro. —… ¿Podría pedirle un favor, don José? —Usted dirá, Manuel. —La lista de los huéspedes que están aquí desde que empezaron las voces. —No faltaba más, pero son pocos y no creo. Volvió en seguida con las fichas disimuladas entre las manos. —Y esa rubia tan guapa que come ahí, ¿quién es? —No lo sé bien. Llegó hace diez o doce días. Y apenas tiene trato con nadie, que yo sepa. Coquetea mucho, eso sí. El documento de identidad dice que es psicóloga. Yo no sabía que eso fuese una profesión. Y aquí no sé qué psicologías va a estudiar. —Quién sabe, don José, quién sabe. —Psicóloga. Toma del frasco. Verás cuando se lo diga a mi mujer. —Con cierto disimulo don José iba dejando las fichas sobre la mesa. Plinio apuntaba los nombres y apellidos en un cuadernillo. —¿Los hermanos Riofrío? —Aquella pareja de viejos que está allí en el rincón. —¿Señora y señorita Reina, las que manean tanto al hablar? —Sí. —Eusebio… —El pescador. Así le decimos. Casi nunca come aquí. Y así siguieron la lista de los huéspedes. Plinio al lado de cada nombre ponía una observación para entenderse: «Los viejos», «Las que manean», etc. Cuando pasaron las cinco sin que le llamasen por teléfono, Plinio propuso dar un paseo por la carretera. Las dos mujeres y ellos salieron a paso tardo. Metido en su cochecillo —debía ir sentado sobre cojines, porque se le veía mucha cabeza— encontraron a don Circunciso y perro a poquísima velocidad. Llevaba el hombre un gafas ahumadas que casi le tapaban la cara.



jueves, 19 de octubre de 2017

Voces en Ruidera (Plinio) 1ª Capitulo


Plinio llegó al Casino de San Fernando con tiempo sobrado para tomarse el café tranquilo y asistir al entierro de Menandro Almortas, con todos los requilorios previos tales como pláticas de cuerpo presente, salutación de huérfanos, cigarros condolientes, bostezos oratorios y alguna cabezadilla hasta escuchar el réquiem. Y menos mal que estaba la tarde toldilla y amenguada la calentura que nació con el día, porque tal y como se habían puesto las cosas, no había más remedio que ir andando al cementerio como en los tiempos del alcalde Contento. Si Menandro Almortas hubiese sido un amigo corriente, al entierro, tal y conforme lo habían preparado, iba a ir su yerno, pongo por caso de projimidad. Pero tratándose del deceso de un amigo tan cabal, no había más cáscaras que ir sin el Seat del veterinario. Que un buen acompañamiento a la hora última, aunque fuese de estilo tan añejo, no se puede regatear a quien cambió con nosotros a lo largo de la vida, tantas palabras y ademanes. Junto al ventanal donde se arregostaba su tertulia sólo estaba don Ricardo, el director del Instituto, hablando con Manolo Perona el camarero. Pero el salón estaba concurrido a pesar de la primería de las horas, por el deber del entierro. Plinio dejó la gorra en una percha, se pasó la mano por la bóveda cabezal y sacando el Faria de las fiestas, le apretó la punta más ancha y prendedera. Perona, poniéndole la mano en el hombro y con su sonrisa bonanzosa, le dijo a modo de saludo: —¿Qué, Manuel, dispuesto a la caminata? Plinio movió la cabeza con resignación chistosa. Don Ricardo fumaba la cachimba y entornaba los ojos. —¿Qué dice la cultura? —La cultura en este país siempre tiene poco que decir, Jefe. —Hombre, pues si ustedes no dicen, no sé quién va a hacerlo. —Me refiero a que hay pocos que escuchen.

En España los decires salen ahora de bocas muy terceras. —En eso estamos, pero por ello mismo hay que apretar. —Es inútil, Manuel. Antes los hombres eminentes eran el no va más del país. Ahora no hay quien los conozca… ¿A que entre todos los socios del casino no recuerdan el nombre de tres ministros? —Hombre, pues no pide usté na. Entró don Lotario, con mucha prisa, como siempre, pero así que vio a Plinio, amainó, colgó el sombrero y se sentó tranquilo. Como después de comer hay menos ganas de hablar, los tres amigos removían los cafés, chupaban los fumables, sacudían las cenizas —don Ricardo uñeteaba la cazueleta de la cachimba— y pasaron minutos sin decir cosa de aprecio, hasta que llegó el Faraón con la barriga más agresiva que nunca, y un botón de la bragueta desabrochado. Según confesión repetida, hasta aquella reconditez, sobre todo después del ensile, no le llegaban los pulgares. Se sentó el hombre con los muslos bien abiertos y se preguntó con gesto de cómica meditación: —Y a ver cómo voy yo andando al cementerio. —Pues como todos: echando un pie delante del otro. —Claro, como usted es un chichipán que anda más que un ojeador, no hace aprecio de mi naturaleza, don Lotario. —Si todos los días te dieses un paseíco hasta el cementerio a golpe de senojil, tendrías otra naturaleza. —Que se cree usted eso. Cuanto más ando más como. Lo tengo muy meditao. Estoy, si lo sabré yo, en mi línea media. Y no es que me canse de andar, a ver si me entiende, es que me harto de llevarme. Así que piso doscientos metros me aburro muchísimo. —Pues hoy no vas a tener más remedio, porque Menandro y tú, como hermanos. —Peor que como hermanos… Como primo de mi mujer… que fue hasta ayer… Era muy buena persona, pero más antiguo que roncar. —Y era antiguo en todo. Hasta en la manera de echar la mano y quitarse la boina. —Es verdad lo que dice Manuel. Y mira que en este país hay gentes antiguas; él era el no va más (Lotario). —Lo malo de este país —dijo don Ricardo entre humos— no es que haya gente con costumbres anticuadas, sino con las ideas más viejas de Europa. Va usted a Francia, pongo por ejemplo, y encuentra que los más tradicionalistas en cualquier materia son, qué sé yo, de la época de Eugenia de Montijo… En Inglaterra, quedan Victorianos, a mucho tirar. Pero en España hay todavía partidarios de Indíbil y Mandonio. Yo no sé qué puñetero filtro tenemos que todo nos llega cuando en otros países está ya en las almonedas ideológicas. —Si será lo que usted dice —dijo el Faraón no muy seguro de haber entendido. —Pero eso que ha dejado mandado Menandro de que le hagan un entierro a la antigua es de chiste. —Déjese, Manuel, no es de chiste —saltó el catedrático con energía— es lo típico del reaccionario que sólo da valor a lo viejo… que él conoce, claro. Porque a esos, pongo por caso, les pones una lira delante, y creen que es la reja de un ventanal moderno. —Y que no hay dudas. Hace dos años escribió la carta, en la que dice punto por punto cómo tienen que enterrarlo: en coche de caballos, todos a pie, despido del duelo y consiguiente cabezá en la puerta de su casa; y los curas de largo. Y ha dejado una manda muy gorda a la Parroquia si cumplen su deseo (Faraón). —Pero ¿y de dónde van a sacar los coches de caballos? —cortó Plinio. —Ah, chico, yo no sé, pero a mi mujer le ha dicho su prima la Menandra que ya está todo arreglado. —Te advierto que esta tarde irá más gente al entierro por el espectáculo que por cumplir (Lotario). —Y cuidao —siguió Plinio con su idea— que Menandro era inteligente para los negocios y apaños de su casa, pero así que le tocaban algunos hilvanes de su mente, le salía el Austria. —Eso es muy corriente en cierto tipo de hombres. La cabeza les funciona hasta que les hurgas en el perdigón atávico.

No hay razón ni cultura que pueda con él. Es como un microbio de otras épocas que les dormita en el colchón de los sesos. Y así que se despabila, les corretea por todo el organismo y convierte al portador en sujeto tal de aquellas calendas… Y eso que en este pueblo de ustedes —añadió don Ricardo— no abundan los hombres así. —Eso desde luego. Posiblemente por ser pueblo nuevo (Plinio). —Y los Almortas no son de estos terrenos (Faraón). —Y porque La Mancha de Ciudad Real no fue nunca tierra de arraigos feudales… No le dio tiempo. Fue mayormente tierra de paso… Y todavía lo es para el turismo. Hasta bien acabada la Reconquista no se fundaron muchos de estos pueblos. Ustedes se libraron de las capas sociales y raciales más gravosas de la historia de España. Empezaron con gente de refresco… Sí; desde los romanos hasta los Reyes Católicos, estas tierras fueron camino y no plaza. —Pero ahora, ya con el turismo, todo está muy igualado (Lotario). —No crea. Y lo digo por dos razones —siguió el catedrático—. La primera porque el turismo no para por estos pueblos, y la segunda porque por donde pasa sólo influye en lo superficial: modas, desnudos, bebidas y esas cosas, pero no en las ideas… Los turistas van a lo suyo: al mar, al sol, y lo más al románico. Con los españoles tienen el trato indispensable y chapurreado. Ni España influye en el turismo ni el turismo en España a no ser económicamente y algo en el amor. Y en La Mancha ni eso porque sigue siendo camino. Así estaban las cosas, cuando Perona se aproximó al corro y dijo a Plinio, con la discreción que solía, que lo llamaban por teléfono. Cortó el catedrático sus teorías sobre La Mancha-camino y Manuel González, el jefe de la G. M. T., luego de sacudirse las cenizas del puro, con pasos lentos, fue hacia la cabina. —¿Quién lo llama? —bacineó don Lotario con Pelona. —No sé. No ha dicho su nombre. Los tertulianos siguieron con sus menudencias parleras, aunque don Lotario, sin dejar de vibrar la pierna derecha —según su costumbre y la de su sobrino Federico— no apartaba los ojos del teléfono. —Pues anda con La Mancha — suspirihabló el Faraón—, no sabía yo que fuera tan poco posadera. Plinio volvió del teléfono y, sin sentarse, apuró el café, se caló la gorra de plato y dijo: —Vuelvo en seguida. Don Lotario lo siguió con los ojos y la boca prieta hasta que salió del casino. —¿Qué le habrá pasao a este? (Faraón). —No sé… El catedrático chupó la pipa sin comentar. En seguida entró Braulio con la boina calada hasta los flejes peludos de sus cejas, y las manos en los bolsillos de la chaqueta de pana verde. Se quedó un momentillo frenado. La amistad reciente de Plinio y don Lotario con el director del Instituto, pensaba que aminoraba su primacía de filósofo de Tomelloso ante los amigos.

Y no era, claro está, porque creyera las teorías de don Julián más potentes que las suyas, sino porque las citas y el vocabulario fino del otro —aunque dicha sea la verdad siempre propendía al tono llano — solían menguar su capacidad de lucha a los ojos del corro. De manera y modo que Braulio, cuando estaba el del Instituto presente, tardaba en despegar, aunque el otro le pinchara con la mejor intención, porque reconocía, y así lo decía a cada paso, que Braulio era una de las inteligencias naturales más grandes que había encontrado en su vida, aunque sin cultivar. Cuando los amigos transmitían a Braulio aquel piropo del director del Instituto, no acababa de saborearlo, pues el rematín de «sin cultivar» le hería en lo más profundo. «Hay dos clases de cultivo — replicaba Braulio—: el que hacen los tractores y el que hace la naturaleza. Este se llama fecundidad. A mí, cierto que no me pasaron los arados por la cabeza, ni me sembraron al son de la moda. Yo tengo la fuerza en las honduras de mi suelo cerebral; yo tengo una altísima fecundidad, que puede producir de todo, aunque sea de manera desordenada, pero siempre pujante y derribadora. Y posiblemente los libros no habrían hecho más que ponerme palabras y capar con ideas y rascaderas ajenas el portento de mi natural fuerza ideológica». Por eso si alguna vez en el decurso de la charla don Ricardo citaba el nombre de algún filósofo encumbrado, Braulio encogía el morro, como si le recordaran el gatillazo que dio aquel día que quiso tirarse a la casera culoncísima de la Villa de don Fadrique. Haciendo de tripas corazón, se acercó por fin a los sentados y pasó rato sin tomar parte en la charla escachifollada que traían.

 Plinio salió del Casino con las manos en los bolsillos del pantalón y cara de no querer ver a nadie. Tiró por la de Socuéllamos, dobló por la Vera Cruz, llegó al mercado a aquellas horas y, por la acera de las buñolerías, siguió hasta la parte trasera del edificio. Se detuvo un momento en la esquina. No se veía ningún jeep. Quedó indeciso. Cruzó hasta la calle de Juan José Rodrigo. Nadie, sólo carretillas arrimadas a las paredes grises y una pila de cajas que contuvieron pescado. Dos gatos olismeaban junto a las escalerillas de los servicios. Cuando se disponía a encender un Celta y a esperar, muy lentamente apareció el jeep. Se detuvo junto a Plinio. Conducía el mismo comisario Anselmo Perales. Plinio abrió la portezuela y se entró rápido. —Perdone Manuel, pero me he perdido. —¿Qué tal? —Muy bien. —¿Quién le enseñó este sitio? —Lo vi esta mañana, pero ya digo, calculé mal. —¿Usted nunca había venido a Tomelloso? —No… Quien me lo iba a decir… Por aquí ahora no pasa nadie ¿verdad? —No. Además metido en estos chismes tan altos no es fácil ser visto. —Por si acaso lo voy a poner mirando y pegado a la pared. Cuando acabó la maniobra, sacó los cigarros de su chaqueta de cazador. —En fin Manuel, menudo lío. —¿Qué es? —Por eso es más lío… Porque no se lo puedo contar… Quiero decir que no se lo puedo contar porque no lo sé del todo. —Pero sabrá usted cuál va a ser nuestro papel. —Su papel, sólo el suyo, Manuel. No lo olvide. —Ya me lo apuntó por teléfono. —Un papel que tampoco está claro —dijo echando el humo por la nariz y mirando el cigarro con aire pensativo—. Vamos al grano, al poco grano… Se trata de un secuestro. Alguien muy importante, que no he podido saber si es español o extranjero, joven o viejo, mujer u hombre, ha sido secuestrado a principios de semana.

Debe de ser un pez muy gordo y comprometido. Los secuestradores han advertido que si se hace público o se inicia la menor investigación, el secuestrado pierde la vida… ¿Qué piden por él? No lo sé. Sólo contadísimas personas conocemos el caso y no más que lo dicho… Parece ser, según una información reciente, que secuestrado y secuestradores están por estas tierras. Concretamente por la zona de Ruidera o proximidades. En Ruidera hay ya dos agentes especializados que conocerá usted en el momento oportuno, ya que es a los que tiene que ayudar. —¿Y cuál ha de ser mi ayuda? —La que ellos le pidan. Se me ocurrió que, como persona bien conocedora de estos lugares y dado su enorme talento, podía usted sernos útil. Lo propuse a la superioridad y les pareció bien… Advirtiéndome que tendría que intervenir solo y no decirle absolutamente a nadie de qué andamos… Yo me responsabilicé de ello. —¿Entonces cuál es mi misión de momento? —Irse a pasar a Ruidera unos días con la familia en plan de descanso, y ayudar a las personas que allí conocerá. —Entonces yo, a estar. —Eso es. —Bien fácil. —Yo comprendo que no es misión para su categoría, González. Pero los policías, como los cómicos, tenemos que hacer toda clase de papeles… Esto, insisto, siempre que a usted le parezca bien. —¿Y cuándo vence el plazo del secuestro? —No me lo han dicho, pero supongo que pronto… La consigna es: toda prudencia es poca… Sólo despachará usted con las personas que encontrará allí, insisto. Pero en caso de suma emergencia, puede llamarme a uno de estos teléfonos. Yo marcho ahora mismo a Madrid en este jeep. —Bueno, bueno, pues veremos lo que se puede hacer… Lo que más me duele es no podérselo decir a don Lotario. —Ordenes son órdenes… Ni al alcalde ni a nadie. Esta colaboración es totalmente solitaria. —¿Y usted no cree que si esos secuestradores se enteran que estoy en Ruidera, pues pienso que al menos por estas tierras soy bastante conocido, sospecharán? —Hombre, qué cosas. Creerán que usted va a lo de las voces. —¿A lo de las voces? ¿Qué voces? —Anda con Dios. De modo que el jefe de la detectivesca manchega no sabe que desde hace unas noches a eso de las doce se oyen unas voces misteriosas en Ruidera. —Nadie me ha dicho ni pum. —Vaya con Manuel, que tenemos que venir los de Madrid a denunciarle los misterios de su región. —Para que vea usted, Perales, lo cortos que somos los paletos —dijo Plinio entre bromas, pero un punto picado. —Pues nada, usted va a Ruidera a lo de las voces. —Pero aquello no es de mi jurisdicción. Piense usted que yo soy un simple guardia municipal de Tomelloso. —Usted se va a pasar unos días de vacaciones a Ruidera, y da la casualidad que se encuentra con las voces… que hasta ahora nadie ha denunciado oficialmente. Plinio se rascó la nuca. —Carajo, lo que estoy aprendiendo esta tarde. —¡Ay!, y qué Manuel este. Ya sabe cómo se le admira. En usted confío. Muchísima suerte —remató poniéndole la mano en el hombro y mirándolo con ternura. —Adiós. —Adiós, Manuel. Y si no tiene más remedio que llamarme por teléfono, haga como que me habla del caso de las voces de amor. Usted me entiende. —¿De amor? —Digo yo. O de terror… Pero suena mejor de amor. —Viva con Dios. Suerte.

Como se volvió al tema del muerto retrógrado, tomó el Faraón el uso del discurso, y contó cómo el día antes de la boda tuvo que explicarle a su primo político Menandro el funcionamiento nocturno del matrimonio. Pues el pobre, tan apegado estuvo siempre al mandamiento nacional, o sea el sexto, que tenía ideas muy confusas sobre ciertos repliegues del cuerpo femenino y no digamos de la mecánica a seguir para dar gusto y preñez a la contraria. —Si sería inocente el pobre mío — decía el Faraón— que creía que las mujeres, igual que las niñas, tenían calvo aquel semeje de alcancía donde les remate el vientre. Y es más: pensaba el infeliz que el virgo de la hembra era como una tapaderilla de hojalata, que después del empuje viril caía en la sábana, para exhibido toda la vida como certificado de honradez. Y yo le decía: «pero coño ¿dónde has visto tú en tu casa o en la de quien sea una caja con los virgos de las antepasados? Que los iglesieros todo lo veis en forma de medalla». Pues nunca me pareció tan niño (Don Julián). —Y no lo era. Pero hasta los veinte años que se casó vivió bajo las Faldas de su madre y de su abuela, que de tan puras se lavaban las ropas interiores con agua bendita. Cuando faltaba un cuarto de hora para el entierro, don Lotario se puso nerviosísimo porque Plinio no volvía. —Hay personas que pueden ser todo lo listas que se quiera, pero carecen de imaginativa para las cosas de la ingle — aventuró Braulio. —Eso es una gran verdad (Ricardo). —Hombre, pero ya en la escuela, por muy planchá de bragueta que sea la propia familia, los amiguetes le dicen a uno todo lo que hay que saber de medio cuerpo macho pa arriba, y de cuerpo entero de hembra por delante y por detrás… Por cierto que no sé por qué el culo de las mujeres llama tanto la avaricia visual, siendo parte, que aunque mona, no vale para nada —se interrumpió el Faraón con aire pensador —… A lo mejor es que todos los hombres tenemos algo de maricas, y por conservar las formas ojeamos el culo de las hembras en vez del de los prójimos… Porque ellas, que yo sepa, no se engalgan con las posaderas de los machos. —Es que el culo de la mujer —saltó Braulio— no se mira como tal culo, sino como piloto de todo el cuerpo a la hora de la transmisión de placeres. —Anda leche, también se mueve el culo del hombre en el molinete del polvo. —Pero no es lo mismo, porque a la mujer puede apañársela por la grupa, figura esta que, aparte del placer, da mucho provecho imaginativo… Y volviendo a lo de no tener vocación de catre —siguió Braulio— hay materias que para muchos quedan en blanco total, como a mí me pasa con el fútbol, que por más que pongo atención todavía no sé cuántos hombres forman un equipo, ni en qué se diferencia un medio de un entero.

Hay gentes con las cabezas tan reviradas a un sitio que, aunque los abociques una semana entera a lo que quieres que vean, no se enteran. Y es que cada cerebro tiene algunos callejones tabicados —concluyó sin dejar de mirar de reojo al catedrático. —Eso es verdad —confirmó este—. Cada cual tenemos unos ventanales que nos nacieron con la vida misma y sólo vemos de esta lo que por ellos se trasluce. Todo lo demás, aunque nos lo enseñen, lo ignoramos. —Además que en el mundo hay pueblos que sólo crían a sus habitantes para que miren por unas escotillas. Y eso amolda mucho a las generaciones. —Sí señor —volvió el catedrático corifeo—, eso son hábitos sociales que acaban por conformar lo que podríamos llamar personalidades nacionales, regionales o de pueblo. Muy bien dicho. Por ahí andaba la conversación cuando Plinio entró con gesto muy rebinador. —Que ya es la hora del entierro, señores —dijo acercándose, y observando con ojos maliciosos el espionaje y temblequeo de pierna de don Lotario. Se pusieron todos de pie, se estiraron las perneras de los zaragüelles, se cubrieron con ritual casi unánime y el Faraón dijo: —¡Ay qué leche de vida! Y emprendieron camino hacia la calle de Raimundo Cepeda, donde vivía el decesado Menandro. Don Lotario procuró engancharse al jefe y le preguntó con ansia natural: —¿Qué pasa, Manuel, qué pasa? Plinio chupó el remate del faria antes de la respuesta, y dijo al fin con ojos pensativos: —Ya le contaré en otro momento. El veterinario morreó a manera de disgusto, pero no insistió en la indagatoria. La plaza estaba casi solitaria. Con su cielo y su suelo de siempre. Las plazas de los pueblos son cacerolones que cada poco tiempo cuecen una generación de humanos. De su iglesia los sacan recién bautizados y ante ella pasan al cabo de unos años camino del Campo Santo. Venga de enchorritarles vivos y muertos, recién desencoñados o recién tiesos, y las plazas de los pueblos tan tranquilas. Con su Ayuntamiento enfrente, tan municipal, tan lleno de máquinas de escribir y concejales. De cuando en cuando, en sus balcones asoma una bandera. La rojigualda cuando pasó aquel ministro de Alfonso XIII que iba a traer el ferrocarril. La roja, gualda y morada de la República, cuando llegó el otro a inaugurar las obras del Pantano de Peñarroya. La roja de la guerra. La rojigualda, la otra y la otra de después de la guerra. Y la plaza igual, con los párpados caídos ante los cambios de bandera, las sangres de unos y de otros, y los muertos y bautizos generales que le llegan cada día. Todo el que muere se lleva la imagen de su plaza inundándole los ojos. Y la plaza tan queda, sin echarle un gesto a nadie.

Bajo la Posada de los Portales — calles blancas, maderas almagre y columnas de cemento blanquigordas— a aquella hora los enlutados y emboinados de siempre. Los que miran la nada del redondel o del auto que lo cruza, y a veces levantan la mano muy pausera para sentenciar sobre la viña y el tempero. Son gentes de piernas blanquísimas bajo los pantalones de pana. La cara y las manos atezadas, y un cielo de la boca coreado de muelas amarillas que asoman en la grandilocuencia del bostezo. La de veces que habrán oído las plazas bostezar, sonar los caños narigales, y echar risotadas estruendosas. La de veces que habrán visto a los borrachos del pueblo aldoneando la cabeza y los decires; las sombras de las panzas empreñadas, y los mimos de los chicos que salen de la escuela. Cuánta moza con el pie brioso, la bocadura y los pechos escapantes. Ay qué coño de plazas, tristísimos calderos que nos recuerdan tantas vidas escurridas… y las mismas figuras de nuestra primera biografía que se llevó el viento. Calle de la Independencia abajo iban Plinio y don Lotario con Braulio entre hombros. Detrás, don Ricardo y el Faraón. En la esquina de la hermana Mariana vieron perros ligados. Acabado el gusto o asustados, tiraban cada cual hacia su cabeza. —Fíjate —saltó el Faraón— hacer eso en plena calle y estando solteros. Y es que los curas, ahora, dejan unas libertades que pa qué. ¿Qué sería si los humanos, al acabar la concatenación de las ingles anduviésemos todo el día por la casa engatillados a la vista de los suegros y vecinos…? Menos mal que al hombre, así que acaba la puja se le evapora la tensión. Al doblar la esquina se les acercó Ramoncito Serrano y volvieron a hablar del muerto. —Pues no sabe usted, Manuel, lo más grande de todo. —¿El qué? —Que Menandro Almortas ha dejado una carta al alcalde presentando su dimisión como ciudadano. —¿Su dimisión como ciudadano…? No me jodas. —Sin joderlo, Manuel. Aquí llevo una fotocopia que se la leeré a ustedes en el primer claro. —¿Habéis oído? —volvió Braulio a los otros—, que Menandro deja carta al alcalde presentándole su dimisión como ciudadano. —Aprieta huevo. Es capaz. Si era más cumplido que una nuera reciente. ¿Y cómo enfoca el texto? (Faraón). —Ahora lo leeré en el cuerpo presente.

A ver si nos apañamos un rinconcillo. Al llegar a la casa del muerto se enteraron que, por el aparato especial, el entierro se retrasaba hasta las seis. Decidieron hacer el velatorio completo y no volverse al casino. El yerno de Menandro, como todo estaba enracimado de pesameros, los llevó a una alcoba grandísima, llena de cómodas y armarios panzudos, habilitada para los del cumplido. Más que alcoba era almacén de alcobas con sillas altipateras entre las cortinas amarillas y los lavabos con espejo pajizo. Se entreveían mujeres sentadas en sillas muy altas o descalzadoras muy bajas; y un viejo tumbado en una hamaca casi a ras de suelo. Plinio y los suyos se aparcaron en unas descalzadoras tristísimas, tapizadas de seda celeste, pero tan altas que a don Lotario le quedaban los pies badajeando. Dentro de un armario que no podían cerrar por más que empujaban la puerta cuantos pasaban por allí, se veían muchos paraguas grises y sombrillas color ancianísima naranja. Y es que en la familia de Menandro Almortas, aunque de labradores llanos, hubo una antepasada que vivió siempre en un palacio de Madrid y dejó todo su dinero para hospitales y beneficencia, pero los muebles y crespones, las vajillas y chinelas, y un cofre de caoba muy grande lleno de barajas de todos los tiempos, se lo dejó a su sobrino nieto Menandro, que siempre habló de ella con reverencia de altar.

Cruzó una vieja entre las descalzadoras y los armarios de luna panzudísimos, con una taza de caldo anchísima. Y al poco volvió con un rosario: —Es que le vamos a poner al pobre este, que es peorcillo, que no hay necesidad de enterrarlo con el de plata atado a la muñeca. Que la tierra es muy poco agradecida. Y lo explicaba a todos los pesameros que le hacían pasillo a lo largo de la casa, desde la cómoda donde lo sacó, hasta el catafalco de Almortas, que estaba sobre el suelo del gabinete y tenía la bandera nacional y la de Acción Católica cruzadas sobre al tabique de la derecha, conforme se entra de la habitación. —¡Ay! No somos nadie —exclamó el Faraón encendiendo un pito con cara triste y muy acomodao en una jamuga anchísima y negra como mal vaticinio—. Pero os advierto, que cuando uno se muere, vive como Dios. —Pues no dices mal —coreó un vejete sentado sobre el estuche de un bidet portátil. No era fácil saber la gente que había en aquella alcobona de alcobas. Pues por tanto espejo de coqueta y lavabo, se veían los mismos dolientes de frente, de espalda y en corros repetidos. Como la cosa iba para largo, Serranito sacó su fotocopia y pidió audiencia: —¿Les leo la dimisión de Menandro? Y como todos alargaron los cuellos con las orejas abiertas, formando una corona de cartílagos rizados rosados, morenos y peludos, alrededor del concejal, este, echando un vistazo al contorno de los espejados para cerciorarse de que su voz les llegaba, empezó a leer con son de oficio: «Sr. Alcalde Presidente del Excmo. Ayuntamiento de Tomelloso: Muy señor mío y de toda mi consideración. No crea usted que es de mi gusto escribir la presente.

Que aunque enfermo y con el poco gusto por las cosas que da la vejez, uno siente cierta pereza para cambiarse de vida. Y aunque observé siempre todos los mandamientos de nuestra Santa Madre la Iglesia, y estoy seguro que Dios nuestro Señor me tiene preparado un buen destino, créame que cuesta trabajo firmar el “acepto”. Pero, en fin, como quiera que la vida no fue nunca prenda perenne, asumo el reclamo con toda resignación, y antes de que me falten los pulsos necesarios quiero ofrecerle mis respetos por última vez, y presentarle formalmente y de manera irrevocable mi dimisión como ciudadano de Tomelloso. Sé perfectamente que este requisito es innecesario, dada la supremacía del Destino sobre toda autoridad municipal e incluso provincial, pero deseo quede bien claro mi pesar por no poder colaborar en lo sucesivo por los intereses comunales del pueblo, como siempre hice cuando se me requirió, antes y después del Glorioso Movimiento Nacional. Dos veces fui concejal, una teniente de alcalde y otra de la Hermandad de Labradores y no hubiera tenido empacho en ser alcalde presidente si se me hubiera pedido. Pero no debió quererlo Dios, cuando ninguno de los treinta y dos gobernadores que pasaron por la provincia desde que tengo memoria me hizo el envite. Le ruego perdone en nombre propio y en el de los alcaldes que le antecedieron si alguna falta cometí en mis funciones. Y tenga la seguridad de que quedan hombres en el pueblo capaces de suplirme en cualquier menester que requieran las casas consistoriales de Tomelloso. Que Dios le dé mucha duración como hombre y como alcalde, y sin más petitoria que una oración por el eterno descanso de mi alma, ruego haga extensiva esta renuncia y deseos a toda la Corporación que tan dignamente representa, así como a las autoridades provinciales y nacionales que crea conveniente… Este que ya no lo será cuando la presente llegue a sus manos. Menandro Almortas». —Esa carta es un cachondeo —dijo el Faraón enalteciendo la barriga desde la jamuga. —Estás equivocao —saltó Plinio sereno desde su altísima descalzadora —, la escribió en serio, por un apremio cívico muy suyo, muy almortero. —Estoy con Manuel —añadió el catedrático moviendo la cachimba con círculos de incensario—. Es una renuncia subconsciente… a las ganas que tuvo de ser alcalde toda la vida. —Fue muy buen hombre —añadió Braulio entre su chaqueta color malvavisco—, pero siempre le gustó figurar a su manera.

Las disposiciones que dejó para su entierro y esta misma carta a las Casas Consistoriales prueban la importancia que se daba, sin querer ofender a nadie. —Sí, señor Braulio, eso es certísimo y agudo. Esta confirmación del catedrático y competidor, ablandó mucho los ojos de Braulio tan vidriados aquella tarde. Apenas sonaron las seis se oyeron los latines que el clero parroquial cantaba en la puerta de la calle. Y al contado: ruidos de sillas, pasos, toses y el arrecio de los llantos familiares allá en la hondura de la capilla ardiente. Los condolientes se amontonaban de pie en el patio y el portal, en espera de que los curas dejasen de cantar. Nubecillas de incienso entraban hasta las honduras del patio. Y a la luz del sol, la alta cruz de plata reflejaba las manos nerviosas del monaguillo. Cuando los sacerdotes rompieron su semicorro latino, Plinio y los amigos salieron del portal. Y a dos pasos de la puerta de Menandro, vieron un carro virilón de yunta, cargado de coronas y largas cintas con leyendas oferentes. A las dos mulas que tiraban de él —que caballos no hubo modo— las agualdraparon con paños morados, y plumas negras en las cabezas. Las gentes contemplaban con la boca floja aquel artificio, e incluso en los curas se apreciaba un dengue irónico. En el pescante de aquella, más que carro, galera sin miriñaque, aguardaba Felipe, el auriga fúnebre envuelto en su blusón negro, y con la boca prieta por frenar la risa. Apenas sacaron el féretro de maderas grandes y molduras áureas, y lo pusieron sobre el tablero del carro con un gruñido doledor, se formó el primer duelo bien ennegrecido, de los hijos y yernos del finado. Inmediatamente, los hombres condolientes, ocupando toda la anchura de la calle. Y luego, las mujeres, encabezadas por el duelo femenino, con velos y pañuelos prontos para el lagrimeo. Como las mulas eran viejas, iban a poco paso y todo el acompañamiento se trasladada con cansinez impropia de los tiempos Las gentes que ignoraban la historia de aquel entierro, al verlo pasar miraban la galera y luego a los dolientes y a los curas, buscando explicación a aquella anacronía. Y muchos desocupados, especialmente niños, se añadían al cortejo por ver en qué acababa aquel funeral, carretonil y risero. Plinio y los suyos, a pasico, con toda la paciencia del mundo, iban tan pegados al duelo primero, que no podían expresar los comentarios que les llegaban a la boca. El Faraón, que antes de llegar a la plaza se amarró al brazo de Braulio, discretamente hacía mimos juanetudos. AL pasar junto al Ayuntamiento se incorporó el alcalde con paso precipitado y sujetándose las gafas, hasta colocarse al lado de Plinio. Por cierto, que apenas el hombre se serenó un poco y enjugó el sudor, el jefe se las amañó para zaguearlo de los amigos. Y le dijo, pasándose la mano por la boca con aire corto: —Señor alcalde, usted perdone, pero quería pedirle unos días de permiso. —¿Usted permiso, Manuel? Nunca le oí pedir nada semejante. —Para que usted vea. —Le corresponde un mes al año. De modo que puede empezar cuando guste siempre que me deje aquello en buen orden. —No; sólo quiero unos días.

Menos de una semana calculo. —¿Y dónde va a ir si se puede saber, Manuel? —Ahí cerca… a Ruidera. —¿A Ruidera? Ay, Manuel, Manuel, ya me extrañaba a mí lo del permiso. A usted le han contado lo de las voces nocturnas y quiere hacer una investigación. —… No creo que eso sea cosa seria. —Yo tampoco, pero algo es algo. —Pues no había reparado en eso, señor alcalde. Es que mi mujer y mi hija llevan qué sé yo el tiempo con la perra de pasar unos días en las lagunas, y, como han puesto un hotel que está bien, pensé llevarlas estos días antes de que empiecen los calores. —¿Usted de turista a Ruidera con su mujer y su hija? Muy extraño. —Hombre, alguna vez tenía que salirse uno de la rutina. A las pobres nunca las llevo a ningún sitio. ¿Qué le han dicho a usted de las voces? —No sé… que hace algún tiempo, cada dos o tres noches, precisamente desde el hotel, a eso de las doce, se oyen unas voces de hombre, que asustan a los huéspedes. —¿Y duran mucho? —No, sólo una voz. Larga. —¿Y no saben de dónde salen? —De muy cerca del hotel, de las orillas de la Colgada, pero nada más. —¿Y no han hecho denuncia en serio? —… Como tampoco ocurre nada denunciable. Plinio se rascó el cogote con cierto disimulo sin quitarse la gorra, y quedó con gesto meditativo hasta que al fin rompió: —Pues mire, así tendremos distracción estos días. Porque al no ser pescador, cazador ni nada que se salga del oficio, iba a aburrirme como un galgo… Antes de que el duelo saliera del cementerio, el Faraón anunció que el hijo de su madre no volvía a andando, que ya se daba por cumplido y que desde el teléfono del camposantero iba a pedir un taxi para llegar a tiempo de dar la cabezá en la casa, pero sobre cuatro ruedas. El catedrático se sumó y los demás del grupo se quedaron para cumplir el ritual completo. Los sacerdotes también se montaron en el coche de un amigo. Sólo el sacristán y el monaguillo volvieron andando con la cruz y el hisopo. Por consejo de alguien mandaron delante el carro con las coronas. Y duelo y acompañamiento volvieron a buen paso, entre una polvisca que se alzaba hasta las hojas de los árboles del paseo.

Desde lejos se veía a aquella multitud andar como a destajo. Aldeando las mujeres y cogidas del brazo. Los hombres más bien mirando al suelo, y los deudos con esa cara de mala uva que a veces ponen los que demuestran muchísimo dolor. Plinio y don Lotario, desemparejados de los otros, tornaban hablando con mucha aplicación. —¿Y dices que tenemos caso a la vista? —Parece que sí… Desde hace dos o tres noches, a eso de las doce, se oye una voz bastante miedosa… según dicen, cerca del hotel nuevo que han hecho junto a la Colgada, en Ruidera. —¿Voz de hombre? —De hombre. —Ruidera siempre fue sitio de misterios. —Mayormente de pescadores. —Yo me entiendo, Manuel. La Cueva de Montesinos, el Castillo de Rochafrida y esas aguas tan quietas. —He pedido permiso al alcalde para ir allí unos días. —Para irnos querrás decir. —Natural. Pero voy a llevarme a la mujer y a la chica. Las pobres están qué sé yo el tiempo con la letanía de pasarse una temporadilla junto a las lagunas, como ahora se estila tanto. —¿Y no serán impedimento para nuestras pesquisiciones? —Qué va. —¿Y te han dado permiso o vas como de servicio? —He pedido permiso. Eso queda fuera de mi jurisdicción. —Ya… ¿Y la llamada telefónica al casino tiene algo que ver con eso? —Algo… Pero ya le contaré en el momento oportuno. Don Lotario pateó una china, e hizo una tragada de saliva.



lunes, 16 de octubre de 2017

4ª Recuperación de las Sabinas pendientes



Homenaje nacional a Plinio y los consabidos entreveros de merecida recordación.

La mujer y la hija del Jefe, en la puerta de la casa, hacían tertulia con otras vecinas. Vecinas de parla llevar. Vecinas haldudas que ya tenían televisión y remolque. Vecinas que estaban a punto de abandonar las ligas de goma y el sostén semoviente. Vecinas que empezaban a hacer ascos a los platos folclóricos y comían de latas y sobrecitos. Al ver llegar a Plinio, calló el cotarro. A lo mejor hablaban de los hurtos de mozas. El Jefe saludó con afabilidad, dijo algo sobre la buena noche que hacía y pasó hasta el patio. Su mujer entró tras él por si necesitaba algo. —No, voy a sentarme aquí a la fresca. —Como quieras. Se quitó la guerrera y la gorra, se arremangó la camisa, echó un pito y quedó sentado con el pensamiento a mil leguas de viaje submarino. A su mujer le extrañó aquella actitud caída de Manuel y quedó observándolo, bajo la parra, con los brazos cruzados y los ojos pesquisitivos. Plinio no parecía darse cuenta de aquella presencia. Algo embobinaba en su cabeza que lo tenía ausente. Tal vez el cansancio le impedía hilar con más rapidez. Fumaba muy despacio, cerraba los ojos al echar el humo y a veces parecía hablar solo. Hasta pasado un buen rato no reparó, o hizo como que no reparó, en su mujer. —¿Qué haces ahí, contraria? —le preguntó sin mirarla. —Desde luego, hijo mío, estás como una regadera. Te parece que hablando solo y componiendo más gestos que un orate… Te digo. Contigo acaba la criminalidad. —Anda, cansina, vete con las vecinas a ver si arregláis el pueblo. Y la mujer, sin más reparos, salió meneando la cabeza.

Al cabo de un rato, Plinio se levantó y buscó en el bolsillo de la guerrera que había dejado colgada en una silla algo apartada. Sacó un papel, se caló los lentes y leyó con pausa bajo la bombilla. Quedó luego con la hoja entre las manos mirando al frente. Dio un paseíllo muy despacio y volvió junto a la silla. Guardó las gafas y el papel. De nuevo empezó a dar paseos con las manos atrás. Colgadas del cinturón del pantalón, sobre los riñones, llevaba las esposas niqueladas. «Adolfo García, Adolfo García», repetía, mirando al suelo. ¿Dónde había oído él aquel nombre que estaba en su lista de «rubias»? Lo había oído otras veces referido al caso de las Sabinas. ¿Sería la arterieesclerosis? ¿Dónde había oído él aquel nombre? «Adolfo García, Adolfo García». Juraría que la última vez que lo oyó fue aquella noche después de salir de su despacho. Aquella noche, después de apuntar en su despacho que el chófer de la «rubia» que conducía el Rosario, era Adolfo García. ¿Lo dijo la Monje? ¿O fue el Monje? En aquella sesión en el portal de la casa de los Monje, de alguna manera había sonado el nombre de Adolfo García. De pronto le dio un arrebato y con toda precipitación se puso la guerrera, se ciñó el correaje, caló la gorra y salió. —¿Pero te vas otra vez, Manuel? —Vuelvo al contao. Y salió apretando. —Este hombre se va a volver loco, Dios mío. Si es mucha faena para él. Si el pobre ya no está para tantos trotes… Te digo que… —rezongó la mujer. Calle adelante, bajo las luces, se veía a Plinio alpear a una marcha más acelerada que de costumbre. Un buen rato después paraba junto a la puerta de los Monje, en la calle de Don Quijote. Era ya muy tarde y no pasaba nadie. La casa estaba totalmente oscura. Tomó el llamador y cuando iba a golpear presintió una sombra en el callejón inmediato. Dejó caer con tiento la aldaba, sin que golpease, y echó a correr hasta el callejón. La sombra resultó ser un hombre que, sorprendido, corrió un poco y acabó ocultándose en el hueco de una puerta. Plinio fue hasta allí. Como suponía, era Bolado. Estaba pegado a la puerta, con las manos sobre el pecho. —¿Qué haces aquí? —¿Qué hay, Jefe? —respondió con voz alterada. —¿Qué haces aquí? —Vigilar. —¿Vigilar, el qué? —No sé. Espero que pase algo. Que la traigan. Salió hasta la acera y sacó su cajetilla de rubio. —¿Qué le dijeron los padres de Clotilde? —preguntó ya con naturalidad. —Nada, suponen lo mismo que tú. —¿Por qué me lo ocultaron? —Ya sabes cómo son. Tenían la esperanza de que todo se arreglase sin escándalo. —Ya. Y meterme gato por liebre. —No seas así. ¿Qué culpa tiene la pobre chica? —Sí, pero yo hay cosas por las que no paso, tenga la culpa o no. —Anda, siéntate aquí —le dijo Plinio señalando el bordillo de la malísima acera—. Qué antiguo eres, Bolado. —Cada uno es como es. Y todos preferimos que en nuestra comida nadie haya metido el moje antes que nosotros… Y si eso pasa con la comida —añadió muy cargado de razón— cómo no va a pasar con la mujer propia… ¿O es que a usted le hubiera gustado casarse con una ya pasada por la piedra? —… Bueno, dejemos eso. —Dejao está. —Oye… ¿A ti te habló Clotilde alguna vez de un tal Adolfo García? —¿Adolfo García?… Sí, hombre, sí; es ese chalao de las Caballera, que en tiempos pretendía a Clotilde. —Ah, ya… —Se puso tan pesao que tuvieron que avisar a la Guardia Civil. Eso fue hace tres o cuatro años. —Pero yo no lo conozco, o creo que no lo conozco. —Es uno muy palidete, que mira así como de reojo y suele ir mucho al bar Juanito. —No caigo. —Cuando era soldao, en Carabanchel, tuvieron que llevarlo a un manicomio. Desde hace tiempo parece más tranquilo, pero según la cuenta dice muchas chorradas. —¿Y por dónde viven éstos? —Son de Pedro Muñoz, pero llevan aquí desde la guerra, según dicen. Y yo creo que viven por la calle Mayor, muy cerquita del canal, en una casa nueva. —¿Y a qué se dedican? —Tienen viñas y hacen portes pequeños… ¡Coño!, ése que le dio hoy el ataque en el Ayuntamiento es el que les lleva la furgoneta de los portes. —Ya. —¿Es que sospecha usted algo? —No. Pero que tus suegros me han mentado ese nombre y no me acordaba a cuento de qué. —Es un chalao… Ése no creo que sea capaz más que de mirar a las mozas desde largo y luego pasearles la calle.

O, a lo más, escribirles cartas. Al cabo de un rato de charla, Plinio consiguió que Bolado marchase a dormir y él volvió a su casa, no más tranquilo que salió. En la puerta de su casa ya no quedaban más que «sus» mujeres, que lo aguardaban. —Siéntate un poquito aquí con nosotras, hombre —le dijo su hija. Manuel, sin decir nada, se sentó en una de las sillas que las vecinas dejaron vacías. Y hablaron de cosas pequeñas y de reír. Pero Plinio seguía dándole vueltas a la cabeza: «Adolfo García, Adolfo García, Adolfo García». —¿Pero qué entredice usted, padre? —le preguntó la hija al oírle musitar. «Otra vez, antes, he oído yo este nombre de Adolfo García. ¿Dónde ha sido?». En un descanso de la conversación, deshilada de por sí, Plinio se levantó y empezó a dar paseíllos cortos por las carrilladas, ante su mujer e hija, que seguían sentadas. —Padre no se puede dormir — comentó la hija en voz baja. —Ya lo veo, ya. —Va a pasar la noche del siglo. —¡Qué ganas tengo de que acabe todo este lío! —Madre, se me está ocurriendo una cosa. —¿Qué? —Sacarle un cafetillo con leche, que ya sabe que le gusta antes de acostarse, y echarle una pastilleja de ésas para dormir que le mandaron a usted cuando los insomnios. —Muy bien pensao, pero échale media nada más, que si no se despierta mañana a media tarde. —Muy bien. —Manuel, ¿no te acuestas? —Sí, en seguida. —¿Te preparo el cafetillo con leche? —Sí. —Anda, hija, hazle el café a tu padre. «Dónde he oído yo este nombre, Dios mío… A mí no se me olvida casi nada, ¿por qué me ocurre esto?». —Hale, vamos dentro, que ya es muy tarde —le pidió su mujer al tiempo que entraba las sillas. —No tengo más remedio que despertar a don Lotario —dijo de pronto. —¿Pero es que te vas a ir otra vez, Manuel? —No, es para preguntarle una cosa que deseo saber. —Déjalo para mañana. —No, hasta que no lo sepa, no duermo. —Aquí tiene usted el café, padre. Plinio lo movió con aire distraído y empezó a dar sorbitos.

Madre e hija se miraron. La mujer con cara un poco de guasa. La hija apretando los labios y vigilando de reojo si el guardia apuraba la taza. Cuando concluyó la toma, se limpió con el dorso de la mano. —Estoy pensando que a lo mejor está don Lotario todavía en el Casino… No han dado las dos. —Prueba a ver. Mejor que despertar a aquellas gentes. —Oye, Perona —se le oía decir al teléfono—. ¿Está ahí don Lotario? —Está con Braulio, esperándole desde las once de la noche. —Dile que se ponga. —Le advierto, Manuel, que Braulio ha estado sembrao contando cosas de la guerra. —Me lo figuro. —Ha sido troncharse. —Ya me contarás. Que se ponga don Lotario. —¿Pero dónde paras, Manuel?, que nos estamos cayendo de sueño —sonó la voz del albéitar. —Menos cuento, que ya sé que Braulio ha echado un buen discurso. —Sí… Pero esperándote. —Oiga usted: ¿le suena que hayamos mentado estos días a un tal Adolfo García Caballero? —Ahora que lo dices… Me suena, pero no sé de dónde ni de qué. —Igual me pasa a mí. Bueno, pues haga usted memoria para mañana —yo ya estoy en casa— y me lo dice. —¿Te urge mucho? —Hombre, me gustaría localizarlo cuanto antes. —Descuida que voy a ver si doy con ese recuerdo. —Vale. Mañana espero su recuerdo… si brota. Hasta mañana entonces. —Hasta mañana, que descanses… ¿Dices Adolfo García? —Sí. Plinio se apartó del teléfono con la boca abiertísima y caidones los párpados. —Hale, padre, a la camita. —Hasta mañana, hija mía. Cuando Plinio estaba casi desnudo, sonó el teléfono. Se puso su mujer. —Manuel, Manuel… —Está acostándose. —Es un segundo nada más. La mujer estaba indecisa. Pero Plinio oyó el teléfono y llegaba en calzoncillos, pisando muy blando y esforzándose por abrir los ojos. —Es don Lotario, Manuel. —Dígame usted —preguntó reclinando la cabeza sobre el auricular como si fuese una almohada. —Nada más sentarme me he acordao. He consultado mis notas y, en efecto, no me equivoco: Adolfo García es uno de los pretendientes de la Sabina. ¿No te acuerdas que nos lo dijeron aquellas vecinas que viven enfrente? —Sí… sí… —¿Algo más? —Mañana, a las ocho, venga usted… con el coche… La mujer le tuvo que colgar el auricular. Entre las dos lo acabaron de desnudar y echaron en la cama. —Creo que hemos hecho muy bien, madre. —Sí, pobrecico. Las dos mujeres apagaron las luces de la casa, cerraron bien la puerta de la calle, echaron los gatos al corral y marcharon a la cama. La luna daba sobre el patio de Plinio corporeando la parra, la higuera y el pozo. Sonaba un grillo y las estrellas, siempre limpias, se quedaron dueñas absolutas de aquel patinillo rural. Don Lotario no pudo llegar al día siguiente hasta las nueve de la mañana. La mujer de Plinio hacía los desayunos y la hija barría el piso de cemento del patio. —Buenos días. ¿Y Manuel? —Durmiendo —dijo la moza. —¿Durmiendo Manuel a las nueve? —Sí, don Lotario. El pobre se acostó muertecico, ya sabe usted a qué hora. —Pero tu padre, aunque se haya acostado una noche, no muerto sino con la autopsia hecha, antes de las ocho ha estado de pie. —Pues ya ve usted… —Este Manuel cada día es más joven. Anda, llámalo. No fue fácil hacer vivo a Manuel. Al hombre le chorrearon los bostezos durante un rato muy largo después de ponerse los pantalones y calzarse los zapatos. Hasta que no se lavó con agua bien fresquita y se tomó un café doble no volvió en sí.

La mujer y la hija procuraron que no saliese con don Lotario hasta no verlo bien despejado. Después del segundo café, éste con leche y churros, y de encender el pito, ya fue otro hombre. Se le notó en la cara el momento en que las ideas y recuerdos volvieron a su cerebro. Los ojos tomaron su brillo habitual y el gesto el semeje de siempre. Se presentó en el patio hecho un hombre. —Buenos días, don Lotario. —La primera vez en mi vida que te veo levantarte tan tarde. —¿Pues qué hora es? —Las nueve, largas. —Qué barbaridad. Pues vamos, que hay faena. Y luego de darle las últimas chupadas al cigarro marcharon a la calle. —Me he notado yo esta noche un sueño muy pesado… Ya va estando uno muy viejo, coño. —Pero cuanto más viejo, menos se duerme. Es la ley. —Pues estaré más joven. —Eso sería fenómeno. Bueno, ¿dónde vamos? —A ver cómo está de su ataque de epilepsia el Rosario. —¿Sabes dónde vive? —Sí. Calle de los Carros. Al principio. En marcha. —Pues en marcha… ¿Tienes luz potente sobre el caso? —Tengo reflejos nada más. —Pues me valen. Como un cohete a la calle de los Carros. Tirando. —Tirando, maestro. De camino le explicó Plinio a don Lotario sus diligencias monjiles de la noche anterior, conversación con la sombra Bolado y su leve esperanza de que el Adolfo García, pretendiente juntamente de la Sabina Rodrigo y de la Clotilde Monje, pudiera ser la clave de aquel laberinto de raptos mujeriles. —Le digo a usted, don Lotario, que como me falle este palpito (que dicho sea de verdad no es muy elocuente), me voy a quedar tan limpio como estaba al principio… ¿Usted conoce a ese Adolfo García Caballero? —Al padre, sí, pero del hijo no me acuerdo. Claro que uno no se fija mucho en los jóvenes. —Me pasa lo mismo. Tengo una vaga idea, pero temo confundirlo con otro que, si no recuerdo mal, es sastre. Al principio de la calle de los Carros casi esquina a la de Oriente había un casutín con portada verde, barda bajísima y una ventanuca de tronera. Ni la cal ni el temple habían posado sobre aquel tapial hacía muchos años. Según las referencias vivía allí Rosario el epiléptico, chófer y furgonetero de Adolfo García Caballero, hijo de la Caballera.

No hizo falta llamar porque la portadilla estaba abierta. El patio, muy pequeño, un gran tinajón, macetas sin plantas y una mañana de gatos que salió rauda al oír ruido. Se notaba mucho abandono. Latas oxidadas, papeles viejos y basuras había por todas partes. —¿Quién hay por aquí? —gritó Plinio. Nadie contestó. —¿Quién hay por aquí? —gritó el veterinario poniéndose las manos de bocina. Respondió parejo silencio. Sin embargo, alguien había, porque de la puerta de la cocina, cubierta con una cortina de arpillera, salía humo de fritanga. Fritanga de aceite quemado que olía a demonios. Plinio levantó la cortina de saco. La cocina era una nube de humo de aceite chicharrón. Reclinada sobre el fuego bajo con chimenea de campana, una mujer muy vieja, defendiéndose como podía de la jumera, revolvía algo en una sartén. De luto hasta los pies, con un pañuelo del mismo color hecho gorro, tosía y carraspeaba mientras movía el cucharón, sin advertir voces ni presencias. —¡Hermana! —le gritó Plinio con tal voz que la que guisaba, que era sorda mineral, como si hubiera oído un ruidete volvió la cabeza lentamente y miró hacia la puerta con los ojos destripados por el humo, la boca abierta y sin la más remota señal de dientes ni labios. Tampoco debía de estar bien de ojos la pobre vieja, porque miraba inexpresiva, sin acusar el menor recibo. Plinio pasó, tosiendo también y se le plantó delante. —Hermana, ¿no me ve? —¿Qué quieres, qué quieres? — chicleó al fin con voz sumida. —Hablar con usted —le voceó junto al oído. —¿Hablar?… Pues habla. —Pero salgamos al patio, que aquí hace mucho humo. —¿Sí? —Pues claro que hay humo. Menuda zorrera. —Bueno. Pues sí lo habrá, cuando tú lo dices. Y temblando, apartó la sartén, donde se carbonizaba un trozo de tocino. Plinio la ayudó a levantarse de la silla, propósito que no consiguió la vieja al primer intento, y la sacó hasta el patio. —¿Quién eres tú? —preguntó la vieja al Jefe tocándole la guerrera. —Un policía. —¡Ah! ¿Y éste? —Otro policía. —Ah… Pues a simple vista me pareció el veterinario. ¿Y qué queríais? —Ver a Rosario. —Rosario no vive aquí. Es mi nieto. Pero no vive aquí desde hace meses. —¿Pues dónde vive? —En eso que llaman la frontera. —Ah, ya. —¿Qué es eso de la frontera? — preguntó don Lotario al Jefe en voz más baja. —La zona donde están las casas de furcias —respondió, también a voces, como si siguiera con la vieja. —Eso, eso, en una casa de putas vive. —¿En cuál? —En la de la Regalito. —¿Quién es la Regalito? —¿Y tú eres guardia y no la conoces? —Debe de ser nueva. —De hace unos meses. No es casa de pendones de carrera. Dice mi nieto que allí sólo barajan putas caseras. Muy de tapadillo, sabes. Rosario es chófer, pero vive allí para cubrir el tráfico. —Pero ¿quién es la Regalito? —Una andaluza con gafas, muy culona, que está de encargada, porque la dueña, dueña, aunque no aparece, pero gobierna, es la Mirla. ¿Sabes quién te digo? Braulia la Mirla… Que siempre ha sido muy jodedora ella. Y lo debía de hacer muy bien la mujer, porque hay que ver qué parroquia tuvo… Y ahora, como ya es vieja, pues que se dedica al cultivo de las ajenas. Es muy lista la Mirla. Y que tiene muchos cuartos, dice mi Rosario… Sí, y mi Rosario también gana cuartos. Fíjate que me va a comprar un hornillo de petróleo. —Qué tío rumboso —masculló don Lotario.

Plinio se había quedado tan perplejo que ya ni preguntaba. —¿Qué te pasa, Manuel? —le preguntó el «vete» en voz normal. —Que se cree uno listísimo y no se entera de nada… La Mirla tiene una casa y yo sin enterarme. —Tiene dos. —Ya, ya. —Tus guardias, que no te informan. —Alguien estará chupando de ahí… —Así que me regale el hornillo de petróleo, por lo que tú dices —seguía la abuela—, yo sigo con el fuego de cepas, pero sólo para calentarme, ¿tú me entiendes? Que guisar, guisaré en mi hornillo. Y también he comprao dos sábanas. A mí no me gusta mucho el olor del petróleo, pero se guisa mejor. Cuando serví en casa de doña Liria, me regaló otras dos sábanas. Un poco pieceás, eso es verdad, pero en buen uso. Lo peor del hornillo de petróleo es que hay que echarle petróleo, pero ha dicho mi Rosario que me lo va a traer él. Pues yo estaba en que usted era el veterinario. Es que claro, no veo bien. Pero ahora caigo en que el veterinario se murió ya. La cabeza también me falla mucho. —Ya se nota —dijo don Lotario muy serio. —Me falla mucho. Muchas veces creo que no me meo y sí me meo. Y creo que uno no se ha muerto y sí se ha muerto. —Y otras veces cree usted que uno se ha muerto, y no se ha muerto —le voceó Plinio. —No, eso no me pasa nunca. Cuando creo que se ha muerto, es que se ha muerto, y cuando creo que no se ha muerto, a lo mejor se ha muerto… Pues sí, hace ya dos años o tres que me iba a regalar el hornillo de petróleo, pero se le olvida los días que viene… Y tú, policía, ¿cómo te llamas? —Manuel González. —Ah, sí. El que era un buen policía era Plinio. Pero ése también se murió cuando la guerra de los alemanes. Lo trajeron de Rusia en una caja muy rara. Los dos de la justicia empezaron a reírse muchísimo. —No os riáis que la caja era muy rara. Fue mucho gentío. Y el muerto estuvo dos noches presentado en la Casa del Pueblo, que estaba ahí en la casa de doña Rita. ¿No sabéis? Fue un entierro muy sonao. Fueron todos los milicianos con sus monos y sus escopetas. Y encima de la caja le pusieron, decían, una cruz de hierro, pero yo sólo vi una cruz muy chiquita con la hoz y el martillo… A mi hijo también lo mataron en la guerra y lo pusieron en la Casa del Pueblo —dijo con tono muy grave—, el padre de Rosario, ¿sabes? Pero la caja de mi hijo no era tan rara como la de Plinio… Ése sí que me hubiera regalao al contao un hornillo de petróleo… Y cayó una lágrima por las mejillas de la abuela. —Ése sí que me habría traído el hornillo pronto… —Bueno, abuela, siga usted con su frito que nos vamos —le dijo Plinio dándole una palmadita en el hombro. —Bueno, andad con Dios… y tened cuidado con los autos. Don Lotario y Plinio, antes de arrancar al «Seiscientos», pasaron un buen ratillo comentando las palabras de la vieja. —Total, que somos un par de fiambres —dijo el veterinario metiéndole la primera al coche. —Entonces, Manuel, ¿vamos a casa de la Regalito? —Yo no sé dónde está… Vamos a casa de la Olga que nos informe. —Pues vamos… Como somos de la justicia, nadie pensará mal. Y si fuésemos jóvenes, con el conqui de la poli podíamos armar muchas francisquillas imponentes. —A mí ya sabe usted que nunca me gustaron las del oficio. —Hombre, algunas caseras no están mal. —Ni caseras ni callejeras. Nunca me tiró la ingle de pago. Como los puteros cualificados, llegaron a la casa de la Olga, pararon el coche ante la portada de hierro, y dio don Lotario dos golpes suaves de claxon. En seguida se movió una persiana y al poco se abrió la puerta corredera de hierro con gran sigilo. Quien abría era la Macedonia, horizontal de viejos servicios pobretones en Tomelloso, que ahora hacía de guardesa de lechos y cobradora de casquetes. Gorda, pelirroja y con gafas negras, hablaba con un desparpajo graciosísimo. Nunca decía que era del pueblo sino de Muñera y de oficio comadrona, pero que la echaron de allí porque quiso sacar una criatura con un hurón, en vez de fórceps. La Macedonia, al ver a los del Ayuntamiento, sacó una risa de pez muy indecisa. De todas formas, una vez que entró el «Seiscientos», cerró la portada con prudencia, como si de clientes corrientes se tratase, y les pasó a la gran pieza, donde «hacía salón» el meretricio y putañería, caseras de colegiación acreditada. —Menos mal que se le ve por esta casa, Jefe —dijo, ya algo más encajada. Les ofreció asiento y una copa, que los hombres no aceptaron, y sentándose a su vez quedó en espera de que los visitantes dijesen su mandado. —Oye —rompió Plinio—, ¿dónde está la casa de la Regalito? —Ahí, en la calle de la Alegría. Junto al corralazo de Funesto Machote, el de las lentejas. —Ya. ¿Y desde cuándo está abierta? —Hace muy poquito. Pero debe de estar bien amarra. Debe de untar muy a gusto al vecindario, que yo lo sé cierto, con vestidos, puros y garrafas de mistela, porque todos parecen taparla. Aparte de que no quiero hablar, pero me parece que alguien gordo protege y se hace el longuis… Porque no hay derecho que a todas las casas acreditadas del pueblo nos hagan cerrar a las ocho de la noche y ésa, por su linda cara, tenga tráfico hasta que amañana… La Olga, que por cierto está en Benidorm, a un concejal amiguete ha llegado inclusive a ofrecerle veinte mil duros para que paguen el fichaje de un futbolista, como ahora los alcaldes están tan animaos con el fútbol. Pero nada, no han querido ni por el fichaje. Que como ella dice, dejándonos abrir nada más que hasta las doce de la noche, eso lo sacamos en dos patás. Sin embargo, a la Regalito, Jefe, sin pagar fichaje ni ná que yo sepa, pues con los cierres sin echar toda la noche. Y eso no es decente, Jefe, porque la mocedad se muere de ganas. ¿Ustedes saben los batallones que vienen por estas casas desde que anochece? Y al decirles que no podemos abrir después de las ocho empiezan a berrear e incluso a tirar piedras. «¡Olga, Olga!», gritan. «¿Es que quieres que nos hagamos maricones? ¡Abre, que nos llega el licor a las patillas!». Ustedes no saben. Vocean como los soldados cercados en la guerra… Los hombres necesitan verterse como sea y hay que tenerles dispuestas las cosas para las horas Ubres… Que hasta las ocho sólo pueden venir los señoritos, como siempre. Y en la fornicación, que es un bien general, debe haber democracia libre, porque si no… va a haber que hacerlo por correspondencia… El otro día me dijo un pobre muchacho que sólo puede venir los domingos, que soñaba con majanos de tetas y bosques de pelo. Ya digo, una lástima. A ver si usted, Manuel, que es muy corriente, pone influencia para deshacer esta injusticia. Que no haya favoritismos, y que trabajemos a todo gas, porque si no la gente joven va a acabar robando mozas, como ahora ha hecho alguno… —¿Y quién es la dueña de la casa de la Regalito? —No lo sé. Dicen que la Mirla, pero yo no lo sé. Ahí entran menores y ella se lleva la mejor fruta del pueblo. —¿Y el Rosario qué hace allí? —De recadero… para poner el tocadiscos… A ciencia cierta, no lo sé. —Muy bien, Macedonia. Gracias por tu información. —¿De verdad no quieren ustedes una copita? —No, ya vendremos más despacio. —Pues hale, a mandar.

Sacaron el «Seiscientos», previa apertura de la puerta corredera, y salieron para la calle de la Alegría. La casa de la Regalito era, al menos por fuera, de menos apariencia que la de la Olga. No había puerta para coches, pero el interior, aunque más pequeño, estaba mejor puesto. Por un estilo del cuartillejo de la misma dueña situado junto a Cinco Casas. Se notaba que había intervenido la misma mano —que no podía ser la de la Mirla— en la decoración de la mancebía. La Regalito, que se levantó a abrirles con cara de sueño, ni era gorda ni tenía gafas como dijo la abuela del Rosario. En este punto debía de estar tan trascordada como en lo tocante a guerras, muertos y vivos. La Regalito, totalmente nueva en la plaza, toma del frasco —como dijo luego don Lotario —, era venezolana. Tenía una pizca de india correosa y tristísima. Apenas hablaba y parecía escuchar por aquellos ojazos de cristal color ala de mosca que miraban fijos sin expresión alguna. Se cubría la mujer con una bata celeste muy larga y recibió a los visitantes con seriedad burocrática. Los aposentó en un gabinetillo de cales, alacenas, muebles castellanos y lámpara de hierro. Sin pedirles parecer les sirvió una copita de anís dulce. La venezolana Regalito tenía pesquis para los gustos de la parroquia. Ella se sirvió otra copa que dejó reposar un buen rato y luego se bebió de un trago, con furia nada pareja a sus ademanes parsimoniosos. —Veníamos a ver a Rosario, que ayer le dio un ataque en el Ayuntamiento. —Muy bien. Pero no se movió. Se hizo un silencio. —Oye. ¿Quién es la dueña de esta casa? —Una servidora. —¿Seguro? —Seguro, Jefe. —Me han dicho que no. —Pues le han dicho mal. —Bueno, eso ya lo averiguaré cuando importe. Vamos a ver a Rosario —repitió Plinio puesto en pie. —Muy bien. Y siguió sentada, inmóvil. —¡Venga, vamos! —¿Y para qué quieren ustedes ver a Rosario? —Ya te he dicho que porque está malo y para preguntarle unas cosas. —Está mejor. —Bueno, pues vamos. —Iré yo, si no, a darle el aviso. Y siguió quieta. —No, vamos ya. Y tomándola del brazo la levantó del asiento. Y al echar a andar se dieron cuenta de que andaba de manera rara, vacilante, laxa. —Está drogada —le dijo don Lotario al oído. El Jefe hizo un gesto de extrañeza. Y luego también en voz baja: —¿Drogas en Tomelloso? La Regalito, que iba delante, perezosamente volvió la cabeza al notar que hablaban entre sí. Y siguió despacio, sin dejar de mirarlos, con la cabeza vuelta. —Yo decía que esperasen un poco, porque Rosario está en la cama con una chica —aclaró al fin con palabras suaves. Y se detuvo con cara de lástima. —No importa, venga. ¿Cuál es el cuarto? Y levantó un brazo muy lentamente hacia el pasillo largo y penumbroso. —En la última puerta. Plinio se adelantó seguido de don Lotario. Probó a abrir. Estaba cerrada. Llamó con los nudillos. —¿Quién es? —respondió una voz de mujer con mal tono. —Abre, es urgente. —Voy… Todavía tardaron un poco. Por fin abrió una gorda despeinada y con morro de husmear. Plinio empujó la puerta hasta dejarse paso. A la luz de un ventanuco entreabierto se veía a Rosario el Sietemachos en la cama. Mostraba un pijama viejo y en su cara lechal barba de tres días. Barba negra, vertical, alámbrica. Tal vez erizada por temor a la visita que vio encuadrarse en la puerta. Rosario miraba al guardia y al veterinario con sus ojos de botón negro.

La gorda, su concamera, en camisón arrugado, luego de abrir reculó con la mirada borrega y ambas manos sobre el brocal del escote. Quedó pegada a la pared y al aire unas rodillas equinas. Plinio entró, miró a uno y a otra en silencio y con aire natural, sin decir palabra, se sentó en la cama, junto al Rosario, que se rebulló un poco para dejarle sitio al guardia. Manuel dominaba la técnica del silencio. «Imponer con el mutis», como decía don Lotario. Sacó los «Celtas» de servicio y con mucha pausa le colocó un pito entre los labios al Rosario, que lo recibió, dicha sea la verdad, sin entusiasmo alguno y sin desfijar sus ojos del Jefe. Largó otro «Celta» a don Lotario, que aceptó, y otro a la barragana en camisón, que no lo quiso, porque, según se excusó con voz distraída, «no usaba del negro». Plinio, al dar lumbre al encamado, le tuvo un ratillo el mechero encendido frente al cigarro, mirándole mientras hasta el fondo ultísimo de sus cuévanos. Cuando le dio lumbre y se prendió él mismo, siguió mirándole muy fijo y con aire maestoso le echó el humo en la cara. «A Manuel no le gustan las chulerías, pero sabe que entre determinado personal dan dominio y aculatan al sospechoso», pensó el albéitar. En efecto, Rosario el Sietemachos bajó los párpados como acosado. Plinio, para estrechar el cerco, se recalcó en el asiento y ocupó más colchón. El Rosario, humillado, se torció hacia la pared. —¡Habla! —le gritó el Jefe cuando nadie lo esperaba. El Rosario, asustado y con ademán inofensivo como si le hubieran levantado la mano, volvió los ojos entornados hacia la gorda de las rodillas asnales. Plinio vio que ella le prevenía con mirada fulminativa. Don Lotario, todo prevenciones, al ver que había estallado la tormenta, entró totalmente en el cuarto y cerró la puerta tras de sí, dejándose fuera a la Regalito, que hasta el momento, y entre umbrales, fue una espectadora desvanecida. —¡Habla, Sietemachos! —le insistió el Jefe agarrándole del cuello del pijama. Y el Rosario empezó a hipar con un temblequeo que recordaba su ataque de la noche anterior. —Él no tiene nada que decir —saltó la gorda incontinente. —¿Y a ti quién te ha preguntado? —Es un criado que hace lo que le mandan y cobra. —¿Qué cobra? La gorda pareció arrepentida de su demasía. —Don Lotario, vamos a registrar la habitación de arriba abajo, sin dejar un solo rincón. La mujer, instintivamente, dio paso hacia el armario de luna, con los brazos un poco alzados. Plinio la apartó, abrió el armario y empezó a rebuscar entre ropas revueltas y cajas de zapatos. Don Lotario miraba bajo la cama y en la mesilla. Rosario Doraba ya sonoramente con el rostro entre las manos. La gorda, ahora sentada en la cama, nerviosísima, se mordisqueaba un dedo y miraba al suelo. Plinio dejaba sobre una silla cuanto sacaba de los cajones del armario. Del último sacó una caja de bombones. La abrió: —Ya está aquí… Empezó a contar billetes de mil muy nuevos. —… Y veinte mil. Barato trabajas, macho. Bueno, vístete, que nos vamos todos a la cárcel.

La gorda se levantó con aire de resignación y cogió los pantalones de Rosario. Éste, con la cabeza caída, y ya sin llorar, miraba al embozo y suspiraba afligido. —¿Dónde estará ahora el Jefe? —No sé, supongo que en su casa. —¿Y ellas?… —se arriesgó Plinio, que todavía temía que las cosas fueran por otro lado. Rosario cerró los ojos y tragó saliva, como si al fin le hubiera hecho la pregunta definitiva, la que más temía. —En el bombo —silabeó al fin. —¿En qué bombo? —En el bombo de la viña de Adolfo. —¿Y la Mirla? —Un momento, Jefe —saltó intrépida la gorda—, la Mirla no tiene nada que ver en este negocio. Ni la Mirla ni nadie de esta casa… Ni yo, claro, tampoco. —Tú te conformabas con guardarle los cuartos al Rosario. La gorda calló. —Oye una cosa —dijo Plinio ya confiado y en plan más natural—, es una curiosidad: ¿cómo os las arreglasteis para robar a la Sabina Rodrigo? El Rosario pensó un poco y echó un reojo a la gorda, que parecía distraída. —Muy fácil. La fuimos siguiendo por los paseos de Circunvalación muy despacio. Ella iba muy mosqueá. Y cuando vimos que no venía nadie, subimos el coche a la acera para que no pudiera pasar, nos bajamos corriendo… y la metimos en la furgoneta tapándole la boca. Adolfo se quedó con ella detrás. Yo, en el volante, salí hacia el bombo. —¿Y tú crees que no os vio la Mirla, que pasaba por allí? Rosario, sorprendido por la pregunta, miró a la gorda como interrogando. Ella no se atrevió a decir nada, pero otra vez se le notó cara de susto. La pobre no estaba hecha para el disimulo. —Ella no tiene nada que ver en este negocio, como le he dicho —repitió en voz baja la gorda y mirando al suelo. —Yo no digo si tuvo que ver o no. Pregunto si los vio —y le volvió a coger del pijama—, porque sé muy bien que os vio. Os vio y se calló. Mejor dicho, contó las cosas de otra manera. ¿Qué tiene que ver la Mirla en esto? —Fue la única persona que nos vio —aclaró Rosario con gesto de dolor por la presión que le hacía el guardia. El hombre se esforzaba por aclararse aunque se le notaba muy débil y a veces se le iban los ojos o monosileaba en voz baja. —¿Y por qué no denunció el caso y además mintió? La gorda dio un suspiro sonorosísimo, que parecía querer decir: «parece mentira que pregunte usted esas cosas». —Le pagó Adolfo. —¿Cuánto? —No sé, pero más que a mí. —La Mirla siempre alcahueta. De lo propio y de lo ajeno —comentó Plinio. Y la gorda asintió de manera inconsciente. —Oye otra cosa, ¿y para qué quiere el Adolfo robar mujeres? Rosario movió la cabeza como dando a entender: «No es para contado». —El pobre está loco —dijo la gorda, ya más tranquila—, y un loco hace ciento. —Bueno, ya sé que está loco, pero para qué las quiere. La gorda no pudo evitar una sotarrisa de ésas que se llaman sardónicas. —Para poner un club en Madrid — dijo el Rosario como en monólogo. —¿Cómo? —preguntó Plinio en la cima de su asombro. —Sí, señor, que hay mucho chalao —empezó la gorda con el desgarre que debía de serle habitual—. Se le ha metío en la cabeza que las mujeres de Tomelloso son las más buenas del mundo y piensa que si consigue una colección bien elegida, y pone una casa con «club Naite» en Madrid, que va a hacer el negocio del siglo. Ya digo, un chalao… Lo que pasa es que este pobre está cogido por el Adolfo, que es un miserable, y como no lo tiene asegurao ni ná, si no lo obedecía lo echaba a la calle y lo dejaba sin comer. Porque ése está loco, pero es el tío más miserable del pueblo. A éste le tiene cuartos dados con recibo. Vamos, que lo tiene totalmente en sus manos. Y Rosario no tenía más remedio que obedecerlo. Eso es todo. —Qué barbaridad. Conque una casa de furcias y un club en Madrid con mujeres robadas en Tomelloso. ¿Qué le parece a usted, don Lotario? —preguntó Plinio, cuyo asombro lo había convertido en espectador desinteresado del tema—. Desde luego en esta vida no acaba uno nunca de aprender. —Todo esto parece de manicomio —comentó don Lotario con cara graciosísima. —No es que parece, es que lo es, señor don Lotario —replicó la gorda, ya en plan amistoso—. Nosotros somos unos pobres que nos hacen una falta espantosa las perras. —Pero se puede ser pobre y honrado —cortó Plinio— y no hacerle el caldo gordo a un loco, aunque sea rico. —Eso se dice muy presto… Bueno, señor Plinio —siguió la gorda ya en plan compadre—, ya que lo sabe usted todo, por Dios le pido que no mueva a este hombre de la cama, porque está, después de lo de ayer, que para mí fue de la impresión, que no se tiene, puede creerme. —Vale. Concedido. Pero ni moverse de esta casa. Ni moverse, ni recibir visitas. Tú me entiendes, joven. Os llamarán del juzgado, hoy o mañana. Alquiláis un taxi y vais. Procuraré que a éste no lo encierren hasta que esté un poco repuesto… O que lo lleven al hospital. —Pero si este pobre… —Este pobre, como tú y la Mirla, sois sus cómplices, eso está claro como la luz del día.

La gorda moqueaba. —Oye… —preguntó Plinio como si la idea le viniese de pronto—. ¿Y qué habéis hecho con las dos mozas en el bombo de los Caballero? —Yo, nadica —dijo el Rosario moviendo la cabeza muy triste. —Es que si haces algo, te mato. Ya se cuidará él —saltó la gorda, que resultó llamarse Virtudes, y por nombre de oficio, la Olimpia. —Tú, nadica… ¿Y el Jefe Adolfo? —Ése, no sé. —Ése, tampoco nadica —respondió la Virtudes muy cargada de razón—, porque yo sé que tiene la cosa muy chiquirrina y le da vergüenza ir con mujeres. —Mujer —se rió Plinio—, por chiquirrina que la tenga, como tú dices, algo podrá hacer el pobre. —Mire usted… me lo ha dicho una compañera que estuvo de criada en su casa y él quiso trajinarla. Tiene tal menudencia, que por lo visto es propiamente como un ideal de hilo de ésos de Hilaturas Fabra para ojalar. Si su mochalez, como yo digo, debe venir de ahí, de cuando se dio cuenta que era pitifino, que dicen fue cuando el servicio militar. Allí les vio a otros el instrumental corriente y se acomplejó lo indecible. Es natural… Oiga usted, ¿y nos pondrán mucha cárcel? —No creo. —Ay, Dios mío… y por tan poco hombre ir a la trena. Don Lotario, con la mano en el estómago, muy en silencio, eso sí, y con la otra apoyado en el piecero de la cama del Rosario, reía haciendo muchísimos ruidetes con las explicaciones de la Virtudes, alias la Olimpia. —Bendito Dios —dijo al fin, secándose las lágrimas—, y qué mañana más buena estamos pasando. —Sí, hombre, ustedes de juerga y nosotros al penal —comentó ella con las manos en jarras. —Bueno. Lo dicho, ¿eh? Sin moverse de casita hasta que yo les avise. Y esto es un favor personal. Nos vamos. Rosario se volvió a tumbar en la cama y tapada la cabeza con el embozo empezó a llorar con mucho hipo. —Calla, hermoso, calla —le consoló la Virtudes poniéndole las manos por el sitio de la cabeza. Sentada ante una mesa, el cigarrillo en la boca y haciendo solitarios, estaba en el salón la Regalito, con su cara de ausencia sin retorno. Al ver a los del Ayuntamiento, hizo ademán de levantarse, pero Plinio le dijo: —No te molestes, monería. Sigue con el solitario. Y ella, con la mayor indiferencia, volvió a sus cartas. Ya en el coche, Plinio guardó en la guantera la caja de billetes, y dijo a don Lotario: —Vamos primero a por el colaborador Braulio para hacer la descubierta en el bombo de los Caballero. Le va a dar mucho gusto. —Sí, que anoche con tu ausencia se quedó muy cabreao. —Vaya, vaya, con el Adolfo García. Qué negocios se inventa más originales. —Adolfo García, alias el Falín — dijo don Lotario con la risa tan renovada que no acertaba con el contacto. —Dice que como una cubilla. —Como una cubilla de ojalar. —Qué tamaño más raro. Encontraron a Braulio preparando las espuertas para la vendimia. En mangas de camisa y las manos mojadas, mandaba más que hacía a dos chicos sobrinos suyos. —Que está prohibido hacer trabajar a los chicos, Braulio —le dijo el Jefe. —Pues en lo suyo trabajan, porque como no me dé una locura y me lo gaste tó en pelucas, ellos van a ser los herederos. —Sí, tío —dijo el más pequeño con cara de gusto. —Tú calla y trabaja, leche, que todavía tengo mucha vida por delante. —Venimos a que nos acompañes, como colaborador que eres, para dar el golpe final en lo que tú sabes. —Yo ya no soy colaborador ni puñetas. Tuvimos muy mal empiece. A mí no me da plantón ni tú, que eres mi mejor amigo… Fíjate, me hizo esperar la primera y única novia que tuve… Una hora ná más. Y se acabó la historia. No volví a arrimarme a una mujer con miras matrimoniales. —Parece mentira que siendo tan listo como eres, seas tan terco. —Ni listo ni terco. Soy cabal. —Anda, vente, que no vas a ver en tu vida cosa tan buena como la que tenemos preparada. —Nada, nada, tengo que hacer y no puedo. —Acércate un momentico —le rogó don Lotario— que te diga lo que es. Y se lo llevó aparte, y en pocas palabras le contó lo del bombo de Adolfo García. —Hombre, eso promete —dijo pasándose la mano por la barbilla. —Ya sabía yo que no ibas a resistir tentación tan fuera de talla —comentó don Lotario. —Venga —urgió Plinio mirando el reloj—, son las once largas. —Pero Manuel, ¿tú con reloj de muñequera? ¿Cuándo se ha visto en ti semejante lujuria?… ¡Atiza! —añadió —, si parece un higo verde. Qué tío, cómo te estás pasando a los ye-yés, o como se diga. —Venga, venga, que estamos de servicio. —Bueno, muchachos, seguir con las espuertas que al contao vuelvo. Si acabáis antes, tiráis de la puerta y a comer a vuestra casa.

Se puso la chaqueta colgada en los ladrales de un carro, se aplacó un poco el flequillo canoso, caló la gorra y fue con ellos. Se detuvieron unos minutos en la puerta del juzgado para que Manuel diese cuenta al juez de cómo iban las cosas. Luego, Plinio llamó a Maleza para que les acompañase y tiraron hacia la calle Mayor. Cuando llegaron ante la puerta, Plinio dijo a los demás que esperasen en el coche para no hacer demasiado espectáculo. Llamó, y una mujer se asomó por la ventana. Habló Plinio con ella y en seguida volvió al coche. —Que no está. Vamos al bombo. —¿Eso está por allí, por Záncara? —Sí, antes de llegar. —Anda, Manuel, cuéntales a éstos lo del pizarrín del Caballero. —Oye, sí, seguir, que eso es troncharse —animó Braulio. Plinio narró con pelos y señales toda la diligencia de aquella mañana por la frontera, haciendo, claro está, especial hincapié en el nunca visto negocio que pensaba Adolfo García con la copericia del Rosario y la Virtudes, amén del chantaje de la Mirla, y concluir con sabrosísimas prosas sobre la pililísima de aquel hombre de tan desusadas empresas financieras. Carretera de Záncara adelante, entre risas y choteos solemnísimos, dejaron atrás el bombo de Menora, Pinilla, la casa de don Sergio, Guadiela, Sagastizábal, el Coto, Bodega del Sevillano, Casa de los Árboles, el Carril de la Moscarda (que lleva a Escarramán y Pocopán). Lejos: Corcóles. Aquél es campo raso, de llanura sin pliegues, muelas, gajos, motas y ni siquiera tetas que alzasen una cuarta el nivel del camino y de sus viñas aledañas. Por allí los autos corrían de verdad, sin más temor que la estrechez de la carretera. —Me ha dicho que no está el Adolfo en casa. De modo que vamos a por las chicas que tiempo hay de atraparlo. —Salvo que esté aquí cuidando el averío —siguió Braulio. —Ojalá. —Maestro albéitar, para ir al bombo de los Caballero tiene usted que meterse por el camino que vamos a encontrar en seguida, a la derecha, porque si no vamos a tener que caminar más que el andarín Valero, aquél que decía haber recorrido España, Portugal y parte de Francia a golpe de borceguí —indicó el filósofo. Y por el camino dicho terció don Lotario. Como a dos kilómetros se distinguía el bombo de los Caballero, que era de los más grandes y antiguos del término. Siguieron a toda marcha. —En la puerta del bombo hay un tío y un Seat «Ochocientos» —dijo Maleza que tenía la vista muy joven. —¿Y lo ves con esta polvareda? — le preguntó Plinio. —Lo vi antes de empezar la polvareda. —¡Qué tío! —Atiza —siguió Maleza aguzando la vista y con la mano sobre la visera—, el Adolfo ese ha montado en el coche y quiere huir entre las cepas. ¡Si será chalao! —Toma los gemelos que están en la guantera, Manuel. —Pero si ya llegamos, qué gemelos ni que… Frenó el «vete» junto al bombo y salieron todos vomitados del «Seiscientos». El «Ochocientos», a más velocidad de la que podía esperarse, caminaba entre dos hilos de cepas, rompiendo pámpanos, sarmientos y todo el follaje vínico. —Si no puede correr, vamos a por él —gritó Maleza que era el más ágil. Y echó a toda pierna entre los mismos hilos que avanzaba el coche Sin duda, al ver que lo seguía el cabo, apretó más la marcha, y antes de lo que todos pensaban chocó con una cepa y dio una vuelta de campana. —Se jodió el minicolita —exclamó Braulio. Pero no se jodió, porque antes que llegase Maleza a donde el coche estaba, el hombre salió de mala manera y siguió corriendo en la misma dirección que llevaba montado. —Atiza, si se arde el coche —dijo Plinio. En efecto, una humareda se elevaba del motor y sin duda debía haber llamas, porque en seguida se oyó una gran explosión y fue hoguera visible. El que corría, al oír la explosión, volvió la cabeza, tropezó al poco con una cepa y cayó de bruces. Todavía se levantó antes que le diese alcance Maleza, pero había perdido tanto terreno, que en un sprint final el cabo lo agarró por los faldones de la chaqueta. Y debió haber su poco de lucha, pues les pareció a los observadores que forcejeaban, pero tan breve, que en seguida apreciaron que Adolfo y el cabo venían emparejados en dirección al bombo. —Vaya, hombre, la primera vez en mi vida que he visto correr a Maleza — dijo Plinio con cara de satisfacción—. Y vamos al bombo a ver qué hacen estas pobres mozas. —Este delito —dijo Braulio— debe llamarse: «intento de comercio de blancas». —De morenas —aclaró don Lotario, que estaba impaciente por ver lo que había en el bombo de los Caballero. La puerta, pintada de verde —era uno de los pocos bombos cerrados—, tenía la llave echada. Su único respiradero era por el agujero hecho sobre la cúpula para que saliera el humo. —A ver si éste tiene las llaves. Esperaron unos segundos a que llegaran Maleza y el apresado. Venían despacio, jadeantes, empapados de sudor. El Adolfo, enterragado y con una cortadura larga, pero poco profunda, en la frente, de la que salía alguna sangre. Plinio lo reconoció en seguida. Era un jovencillo estrecho de cara y cuerpo. También era palidillo, como dijo el Bolado, y miraba con ojos que de pronto parecían inocentes. Venía el hombre muy contrito, derrotado.

Plinio le puso las esposas y registró los bolsillos. Llevaba una pistola pequeña y la llave grande del bombo. —Tenlo ahí, Maleza. Los otros dos siguieron a Plinio hasta el bombo. Metió la llave y abrió con dos vueltas. En el fondo, deslumbradas por la luz del sol, abrazadas, llenas de temor, sucias, despeinadas y muy pálidas, estaban las dos chicas. La Sabina y la Clotilde. —No tengáis miedo, muchachas — les dijo Plinio sonriendo. —¡Si es Manuel, si es Manuel! — gritó la Sabina, llorando y yéndose a abrazarlo. —¡Si es Plinio, Plinio y don Lotario! —gritaba entre lloros y gozos la Clotilde, echándose a su vez a los brazos del veterinario. —Venga, venga, señoritas, tranquilizaros. Lo importante es que estáis buenas y sanas —les recomendaba Braulio, que estaba entre ambas parejas sin abrazo que llevarse a los hombros. Las pobres lloraban sobre sus salvadores con histérica mezcla de risas y lágrimas. En el suelo de tierra del bombo había sacas de paja, mantas, restos de comida y varias velas metidas en botellas. «Las chicas no olían bien, ésa es la verdad —como luego comentó Braulio—. Llevaban muchos días sin lavarse las carnestolendas y sabido es que la mujer se deteriora en seguida y aguanta poco sin agua. Le pasa igual que al perejil. El hombre resiste más la naturaleza. Pero la hembra tiene muchos pudrideros». Las pobres, después de los abrazos, respiraron con ansia, pero en seguida que repararon en Adolfo, que tenía a prudente distancia y maniatado el cabo Maleza, como puestas de acuerdo, pugnaron por ir hacia él. Las sujetaron sus libertadores, y a falta de bofetadas, empezaron a decirle al pobre todos los tacos maestros, de madre, padre y partes pudendas, desvíos y cuernos que encierre el lujurioso vocabulario español a la hora de degradar al prójimo. Como no cabían todos en el «Seiscientos», mandó Plinio a don Lotario que llevase primeramente a Maleza y al Adolfo García Caballero, y tornase en seguida a por ellos y las mujeres, pues le parecía imprudencia dejar allí al cabo con el detenido, no fuese a ocurrir cualquier cosa mala. Total, tardarían poco. Dijo asimismo a Maleza que mandasen aviso a la casa de las dos Sabinas de que estaban sanas y cerca. Cuando marchó el coche se sentaron los cuatro sobre una piedra que había junto al bombo. Lejos el «Ochocientos» seguía echando humo. Las mozas no tardaron en calmarse y pudieron responder a las preguntas explorativas de Plinio. Y comprobó el Jefe que la Sabina Rodrigo, a pesar del largo encierro y de la cochambre que la cubría, no había perdido su salvaje hermosura y, por supuesto, conservaba aquel vello en las piernas que tanto le removía. La Clotilde, de mejor ver por la brevedad de su clausura bombil, también dejaba entrever su risa picante y el guiñar de ojos prometedores, amén de las demás barandas del pecho y de la espalda, que tan en desacuerdo estaban con la severa regla y estética de sus padres, abuelos y aun se dice que bisabuelos Monje.

La Sabina decía: —A mí me trajo aquí, me encerró y sólo venía a traerme la comida. Él, la mayor parte del día, se la pasaba rondando el bombo, que yo lo oía a lo mejor toser o mover las piedras. Pero ni entraba ni me decía nada. Yo, claro, pensé que me quería para… otra cosa. Pero no me dijo esta boca es mía. Ni de eso, ni nada. —Y conmigo igual —abundó la Clotilde. —Bueno, es que si estando las dos intenta algo, lo enterramos ahí… Él nos tenía miedo. Desde que trajo a ésta nunca venía solo. Venía con el Rosario, ése que le lleva la furgoneta. —Oye, Sabina, ¿y cómo fue posible que te pudiera robar en tu misma calle y a pleno día? —Manuel, a mí no me cogieron en la calle. Yo iba por los Paseos y al pasar ante la portada del cercado de estos Caballero, que está en la esquina antes de llegar a mi casa, la Braulia la Mirla, que estaba en la puerta, me llamó. —Ángela María… Eso sí… —Y que me tenía que dar una noticia muy triste… Algo así como si se me hubiera muerto algún familiar. Claro, como ella es vecina, aunque ya sabemos todo lo que es, ante una cosa así yo entré. Cerró un poco la portada y apenas empezamos a hablar, salieron Rosario y el sinvergüenza ese de una rubia que había allí y, ayudados por la Mirla, me encerraron en ella y trajeron aquí. —¿La Mirla también? —No, ella se quedó. —No podía ser de otra manera — asintió Plinio mirando a Braulio. —¿Y el Rosario tampoco intentó nada? —No —dijeron ambas—, nunca venía solo. —¿Y no os dijeron para qué os querían? —preguntó ahora Plinio. —Sólo que en viniendo otras nos llevarían a Madrid. —Me lo juran y no lo creo —rezó Braulio—. Y es que la maldad humana es infinita. —… Y la bondad, también es infinita —le corrigió la Clotilde con mucho seso. —Eso está muy bien dicho… Por la carretera vieron que llegaba, hasta el comienzo del camino, el «Seiscientos» de don Lotario. El rapto de las Sabinas había llegado a su feliz término. Sin embargo, el caso del vizcaíno fingido y de las suecas lesbianas no tuvo su conclusión, estupenda por cierto, hasta bien entrado octubre. Cuando totalmente aclarado y publicado por toda la prensa española y extranjera el modo que tuvo la sueca rubia de matar a la morena, según propia declaración ante la policía de su país (que no la arrastró, como todos supusieron, sino que en un ataque de celos la arrojó del coche cuando iban a toda marcha). El retrato de Plinio apareció hasta en las revistas que siempre hablan de las bodas y los divorcios de los famosos, amén de la Soraya y de otros seres ficticios. Lo que nunca aclararon los suecos fue lo del saco de plástico.

Ante tan universal fama, el Gobierno español concedió a Manuel González, alias Plinio, la cruz del mérito policial, que le entregó en un homenaje popular el entonces gobernador civil de Ciudad Real, el mejor que ha tenido la provincia, José María del Moral, amén del título de comisario honorario, según rezaba en un papel grandísimo y color barquillo, que tenía muchas orlas, letras de colores y símbolos de la justicia. El Jefe, siempre acompañado de don Lotario, cuando ante más de quinientos comensales, en el salón grande del Casino de Tomelloso, se levantó a hablar, mejor dicho a leer, dijo un párrafo que este modesto cronista no quiere dejar sin darle espacio en la relación de sus hechos, nunca olvidaderos por los hijos de Tomelloso. Y era así: «Al fin y al cabo, señores, las mayores injusticias del mundo no las cometen los malhechores que solemos apresar los policías de cualquier cuerpo. Estos malhechores suelen ser pobres enfermos, seres maltratados por la naturaleza; o miserables con hambre de generaciones, que abandonó esta sociedad tan primitiva que todavía padecemos. Las mayores injusticias del mundo, las que causan el mal de legiones de criaturas desde la prehistoria, son obra de hombres y grupos de hombres que lejos de ponerse al alcance de los profesionales de la justicia, suelen poseer y enseñorear lo mejor del mundo». No les gustó a muchos comensales este parrafillo del Jefe Plinio, pero como era tan bien querido de todos, unos se lo perdonaron y otros dijeron, para su descargo, que el discurso no lo había escrito él sino este modesto relator que aquí firma y concluye. Benicasim-Madrid. Verano de 1968.