BIENVENIDOS

Image and video hosting by TinyPic

GRACIAS POR TUS VISITAS.

Image and video hosting by TinyPic


Image and video hosting by TinyPic

HIMNO A TOMELLOSO

viernes, 29 de diciembre de 2017

Cuentos republicanos (Plinio) Comida en Madrid



Aquella noche, cuando acabaron de armar los muebles en la casa de aquellos señores de Madrid, los tres operarios y yo esperábamos en el recibidor, mientras el abuelo hablaba con los clientes. Los operarios estaban cansados. Llevaban las herramientas en una maleta grande de madera. Visantet bostezaba y le lloraban los ojos. Franquelín aguardaba sentado, con la mejilla descansando en la mano. Arias estaba más entero. —¿Qué, nos vamos de juerga esta noche, Franquelín? —No. Esta noche, no. Debo dormir. Mañana será ella. —Y tú, Visantet, ¿vienes a lo que tú sabes? Visantet se ruborizó, echó una media risa y dijo que no con la cabeza. —Pues el menda, si Dios quiere, va a darse un rapivoleo por ahí. Con suerte, a lo mejor cae algo que llevarse a la boca.

En el recibidor había un cuadro de candores y un tresillo negro con tapicería de damasco verde sifón. La señora de la casa y el abuelo aparecieron por el pasillo hablando muy despaciosamente. El abuelo le contaba cosas antiguas, haciendo muchas pausas y dando nombres de personas muertas o viejísimas… Que si don Melquíades, que si Castelar y Sorolla. La señora escuchaba con una sonrisa caramelosa, sin cansancio. Era una señora rubia y blanquísima, como un limón. Por lo sedosa, decía Arias que tenía en todo el cuerpo carne de teta. Y era verdad. Me parecía una teta alta y rosácea, casi brillante. Envuelta en una bata clara se llevaba toda la luz por donde iba. Se despidió de todos y a mí me dio un beso glotón y húmedo. —«Buenas noches, doña teta. Que usted lo pase bien». (Iría diciendo Arias para sus adentros). El abuelo estaba contento porque los muebles le habían salido muy buenos. Y habían gustado mucho a los señores, que le llamaron «artista»… «Y habían pagado sin regatear y no como hacían los del pueblo».

Camino del hotel, el abuelo iba haciéndose lenguas de la señora, de lo buena y lo amable y lo guapa que era. Y por escucharle andábamos muy despacio, parándonos a cada nada. Franquelín lo oía bostezando. Y Arias, el encargado, dijo: —Son los mejores muebles que hemos hecho en nuestra vida. Hemos tenido potra en todo… Así da gusto trabajar… Claro que la señora lo merece… ¡Qué formato tiene, maestro! Visantet, que llevaba la maleta de la herramienta al hombro, estaba impaciente, chinchado por el peso. Cuando estuvimos en la puerta del «Hotel Central» —los operarios se hospedaban en la Posada del Peine—, el abuelo les dijo con mucha prosopopeya: —Mañana, a las doce, nos veremos en el café María Cristina. Comeremos juntos en un buen restaurante. Os invito. Los tres, Visantet con su maleta, se perdieron entre el gentío de la Puerta del Sol.

Antes de las doce llegamos el abuelo y yo al café. Él, con cuello duro, piedra en la corbata y la capa azul con embozo granate. Pidió cerveza y patatillas y se puso a ojear el periódico, que era El Liberal. Yo miraba por los ventanales el ir y venir de la gente. Luego, el mármol de la mesa donde se veía escrita una cuenta de sumar muy larga. Mientras leía, de vez en cuando, hacía comentarios en voz alta: —«Atiza, otro granuja». —«Muy bien dicho, sí señor». —«No sé dónde vamos a parar» —y se quedaba moviendo la cabeza. Luego pasó una mujer que debía ser muy guapa. Así, gitanaza, y con las tetas altísimas. El abuelo la miró por encima de las gafas, e hizo el mismo gesto que cuando dijo: «No sé dónde vamos a parar». Al ver que yo lo observaba volvió a El Liberal.

Pasó una mujer que le ofreció lotería y después de darle muchas vueltas al número compró un décimo. Y mientras se lo guardaba en la cartera, con mucha pausa, me contó otra vez cuando hacía muchos años le tocaron en Valencia diez mil pesetas. (Con las que hizo la casa nueva). Así que cobró extendió todos los billetes en la cama, y llamó a la abuela, que estaba en el recibidor. —«Mira, Emilia». Y que la abuela dijo: —«¡Oh!, qué hermosura».

Y empezó a tocarlos, porque nunca había visto tantos billetes juntos. Llegaron los operarios, muy majos y rozagantes. Arias, rechoncho, con su capa y pañuelo blanco cruzado al cuello. Franquelín, a cuerpo, muy desgalichado su corpachón, con una corbata de lunares anudada como Dios quiso. La gorra de visera negra la llevaba muy hacia una oreja. Visantet, con el traje atusadillo, boina, corbata desfilachada y sin recuerdo de color fijo. Venían satisfechos, sonrientes, gozando del ocio. Pidieron cervezas y más patatas y contaron, riéndose mucho, que les habían picado las chinches y anduvieron toda la noche a zapatazos con ellas. Y algo de un tratante con una moza que se armó la gresca por la honradez o qué sé yo. —Vamos a comer en un sitio muy bueno —dijo el abuelo con mucho énfasis—… En casa de Botín. —Ya dice el nombre que ahí se debe comer muy bien —dijo Franquelín—. ¡Botín, Botón, Botán! —Ya veréis.

Tuvimos que esperar para salir del café, porque pasaba una manifestación de obreros y estudiantes con pancartas. Todos gritaban a la vez. De golpe se veían todas las bocas abiertas. Luego se cerraban unos segundos y en seguida volvían a abrirse y a gritar. Poco a poco, aquella gran cuña de gente se encajó en la Puerta del Sol. El abuelo quedó dándole a la cabeza y dijo: —Veréis como estos locos acaban con la República. —Maestro, usted es un burgués y no comprende la injusticia social —dijo Franquelín. —Qué burgués ni qué cuernos — dijo encrespado—. Mira mis manos. Toda la vida trabajando… que es lo que hace falta. Con el trabajo se arregla todo. Y no haciendo el vago como éstos. Como después de esta discusión el abuelo quedó muy serio, Arias, para suavizar un poco la cosa, nos invitó a unas copas en una taberna que había de camino.

Desde Sol llegaba el eco de los vivas: ¡… vá! ¡… vá! Desde la taberna hasta Botín, el abuelo, que le gustaba mucho escucharse, nos fue contando las veces que él había estado en Botín: con Melquíades Álvarez y otros políticos para darle un homenaje; y con Gasset, para algo parecido. Y contó lo que comieron, plato por plato, y que les trajeron vino de Rioja, pero don Melquíades exigió que fuese manchego, que manchegos eran cuantos le festejaban. Y cómo todos le aplaudieron aquel rasgo de hombre público. Al entrar en Botín nos dio una oleada caliente que olía a comidas ricas y picantes, humos de asados, vapores de sopas. —Este olor alimenta —dijo Franquelín aspirando. Nos sentamos a una mesa que había un poco arrinconada, y el abuelo pidió la carta. Se caló las gafas «de cerca» y empezó a leerla con gran calma. Los tres operarios, con los brazos cruzados sobre la mesa, lo escuchaban como el más sugestivo mensaje del mundo. —Bueno, ¿qué queréis? —Yo carne —dijo Franquelín. —¿Y antes, qué? —Carne. —Bueno, lo que tú quieras, pero ¿qué carne? —Pollo, lomo y chuletas. Esos tres platos quiero. Ni más postre, ni más ná. El camarero anotó con una media sonrisa.

Luego pidió Arias y luego Visantet, ruborizándose mucho: —Paella. —A éste le tira la tierra —comentó Arias. —Buena idea. A nosotros, paella también —dijo el abuelo, consultándome con los ojos. Para hacer boca pidió vino de la tierra y cangrejos. Franquelín y Arias reían tan fuerte que los señores que había por allí tan elegantes, tan bien comidos y tan medidos en el hablar, volvían la cabeza con gesto de extrañeza. Aunque el abuelo nos recomendaba moderación, ya que «por morenas y por cenas están las sepulturas llenas», ellos cada vez comían más, reían con más estridencia, se bebían los vasos de vino de un solo trago y se limpiaban con el dorso de la mano. Sólo Visantet comía muy en silencio y con la cara muy pegada al plato. —Esto es vida —decía Franquelín tirándole al cerdo—. ¿Verdad, Visantet? Y Visantet sonreía como triste, con la boca llena. —Mi programa de vida ya lo sabe usted, maestro —decía Arias—: trescientas libras trescientas mil veces, doscientas niñas de doscientos meses, comida la que yo quiera e ir a la gloria en primera. —No está mal —dijo Franquelín—, pero muchas niñas son. Así que nos descuidábamos, el abuelo empezaba a contar cosas antiguas. Nos callábamos, y ellos creo que se aburrían un poco. Por eso, en seguida, aprovechaban la ocasión para cortar con algún chiste y reírse muchísimo.

Como los vecinos de mesa se habían dado cuenta de que Franquelín sólo comía platos de carne, no dejaban de mirarlo y comentaban. Tomamos café y copa y luego unos puros de seis reales que eran un fenómeno de gordos. El abuelo, como siempre, cortó la punta del puro con unas tijerillas y metió un poco en la copa del coñac. Con el resto de la copa, poco café y mucho azúcar, hizo un «carajillo».

Franquelín fumaba echando la cabeza hacia atrás y el humo a lo alto. Entonces, Arias, con los ojos entornados, como mirando hacia la antigüedad, contó cuando una vez estuvo parado en Linares y no pudo comer en dos días, a no ser una torta y una onza de chocolate que le quitó a una niñera del cesto, mientras le daba palique. Franquelín recordó que había estado preso en Rabat por asuntos políticos y durante varios días no le dieron de comer. Cuando lo soltaron y llegó a su casa, de tanta ansia al ver la comida se le llenaba la boca de agua y no podía probar bocado.

Como era sábado, el abuelo les dijo que él y yo no nos íbamos al pueblo hasta el domingo por la noche, pero que ellos se marcharan aquella tarde si querían. Franquelín dijo que si tuviera dinero se quedaba a los toros del domingo para ver a Marcial. —¿Y usted? —preguntó a Arias. —Yo tengo la misma enfermedad. —¿Y tú, Visantet? Bajó los ojos y sonrió ruborizado como siempre. Entonces, el abuelo sacó la cartera con mucha parsimonia y dijo: —Por eso que no quede. Tomó un billete de veinte duros. —Aquí tenéis cincuenta pesetas que me dio la señora para vosotros y cincuenta que os doy yo. Vuestro es el mundo.

Se pusieron contentísimos y el abuelo les dijo cómo debían repartírselo, pero ya no me acuerdo de detalles. Se despidieron de nosotros en la Puerta del Sol. Todavía me parece verlos perderse entre la multitud. Franquelín, con las manos en los bolsillos, dando unos pasos muy grandes. Arias, muy chuleta, con la capa terciada. Visantet con las manos en los bolsillos de la chaqueta, estrechita y mustia. Parecía que iban a comerse el mundo.

Como hacía fresco, el abuelo me llevaba cogido de la mano bajo el embozo de la capa. Paseábamos despacio. Me enseñó lo bonita que era la calle del Arenal a la caída del sol. Todos los edificios parecían tintados de un violeta intenso y la gente muy silenciosa y como desvaída. Vimos el Palacio, que el abuelo llamó «borbónico» de muy mala gana. Y dijo algo así como que ya habíamos dejado de ser súbditos de aquellos señores. Volvimos por nuestros pasos. El abuelo parecía algo indeciso. Tomamos un espumoso en la calle de Alcalá, y por fin dijo: —Te llevaré al Circo Price. Echamos por la calle del Barquillo y me dijo unos versos de Zúñiga riéndose: Nació Bartolo Guirlache, si es cierto lo que me han dicho, en una confitería de la calle del Barquillo. —Hace unos años —continuó el abuelo—, toda esta calle estaba pavimentada con tarugos de madera. —¿Sí? —Sí. Y sonaban los cascos de los caballos: pla, pla, pla.



lunes, 25 de diciembre de 2017

Cuentos republicanos (Plinio) Juanaco Andrés, el que llegó de México



Por todo el pueblo se cundió la llegada de Juanaco, el que marchó a México (ahorita se dice Méjico) hacía qué sé yo los años, cuando era un mocete (no más) que no quería ser soldado. Le tocó a África y después de pensarlo bien, en vez de pa Larache marchó pal Nuevo Mundo, en un barco pequeño «que vaya usted a saber lo que llevaba, porque en todo el pasaje no vi más que azofaifas cargadas de colorete y morenos encadenados, que cuando los sacaban a cubierta gustaban de darse baños de sol en la verga. Y uno de ellos que se quedó suelto, le dio tal bajonazo a una de las del trato, que tuvieron que darle un costurón, como rota en parto, y ponerle cataplasmas qué sé yo cuántos días hasta que pudo abrir el ángulo de andar y moverse sin apoyos». Unos decían que Juanaco traía oro y otros que venía limpio. Lo cierto fue que mientras la travesía de vuelta murió su hermana, que era la única familia que le quedaba en el pueblo. La pobre vieja se quedó dormida junto a la lumbre, bien asentada en una silla baja, «y que si le dio un mareo o que si se murió en el sueño», lo fijo es que dobló sobre la hoguera, y cuando la hallaron le faltaba medio cuerpo, que le comieron las llamas. El entierro —ya debía andar Juanón Andrés por las Canarias— fue sólo del medio cuerpo de abajo, porque del de arriba apenas hallaron unas muelas negras y un como sebo que chorreaba por las baldosas del hogar. «Que si no llega a armarse aquella peste a asado en todo el barrio y buscamos la humareda, se habría ido en forma de humo toda entera, camino del cielo, por el cañón de la chimenea. Había la pobre enjalbegado la casa, echado cinta y comprado dos jamones para esperar al indiano, y ya en pleno descanso la alcanzó la muerte». Juanaco llegó al pueblo —así lo contaban los mayores— sin parientes que lo acogiesen ni amigos que lo esperaran, pues todos los que fueron de su trato murieron al andar de tantos años.

Cuantos lo esperaban en la estación, que no eran pocos, eran vecinos y curiosos que ni de vista lo conocían. Dicen que cuando bajó del tren se quedó con las cejas arrugadas mirando a los que esperaban, sin saber si el recibimiento era por él o por otro que venía detrás. Cuando entró en conversación con aquellos ajenos y le contaron lo de su hermana, dicen que se sentó, sin responder, sobre una valija grande de las que traía y así estuvo qué sé yo el tiempo sin decir palabra, con los ojos mirando hacia Argamasilla y el labio de abajo muy sacado. Que luego echó a todos con cajas destempladas y que bien entrada la noche lo vieron bajar por el Paseo de la Estación, solito, cargado de bultos y hablando en voz alta a medio lloro. Sólo el «Curilla loco» iba tras él, predicándole resignación cristiana, pero sin atreverse a arrimarse mucho, no fuera a darle un valijazo en la coronilla. Yo tardé en verlo muchos días… Era un hombrón con grandes bigotazos blancos, patillas de hacha del mismo pelo y una cadena gorda en el chaleco. Andaba con un sombrero grandón y paso así balanceante, como si fuera a caerse o a darle un empujón al primero que le viniera con bromas… Era un viejo duro y algo torcido, que echaba los pies para adentro; unos pies grandísimos y altos, como de madera. Y lo vi sentado en la puerta del Casino, con la barbilla clavada en la manaza, y el sombrero en el cogote, mientras el «Curilla loco» le hablaba casi en la oreja, muy deprisa, muy deprisa.

Varios amigotes hicimos corro ante él, que nos miraba sin vernos, con unas cejas blancas y casi tan grandes como el bigote. Era tan alto, aun sentado, que la silla y el velador del Casino parecían de juguete. Por todos lados le salían rodillas, pies, manos, sombrero. El «Curilla loco», a su lado, venía a ser un guacharrillo de cuervo que le habían dejado cerca y que se rebullía nervioso porque no podía picarle la oreja. Ocurrió que de pronto alguien llamó al Curilla a un lado y Juanaco se quedó solo mesándose el mentón con una mano ancha como un soplillo. Levantó los ojos hacia nosotros, anchísimos y azules «como un nublazón», según él decía, bajo aquellas cejas de cola de caballo, y azorados íbamos a tomar soleta, cuando él nos llamó con una voz gorda y cansada: —Chamacos, venid junto a mí, que os convido a un refresco.

Sin poderlo remediar, tal era su seguridad, nos fuimos junto a él. Nos hizo sentar, llamó al camarero y pidió zarzaparrilla «para estos chamaquitos tiernos como flores». Eso nos dijo con aquel acento tan raro. Y que íbamos a ser sus amigos; que tenía que «platicar» mucho con nosotros, porque él tuvo allá un hijito de nuestra estatura que está muertito junto a su mamaíta en un pueblo oscuro que llaman… no sé cómo. Dijo que su chamaquito sabía de cuentas y leer de corrido; que cantaba el himno nacional y ayudaba a misa, pero que luego se le llenó la panza de parasitos hasta ponérsela muy gorda y así murió, comido por dentro, porque ninguno de aquellos cabrones —quería decir médicos— supo dejárselo limpio y lúcido como antes. Que su chamaquito se llamó Juanico, y que reía así, enseñando unas mellicas. También que imitaba el chillar de no sé cuántos pájaros; y que para el día de Reyes del año que murió iba a regalarle un poney blanco con manchas tostadas. Se calló de pronto, se pasó la manaza por las narices y al poco empezó a hablarnos con tono más alegre de indios bravos y «corajudos» (estoy seguro que fue eso lo que dijo y no el pecado que quería Salvadorcito); de pelaos, que por menos de un pimiento le daban a uno con el guango en la cabeza y lo dejaban tieso; y de un volcán; y de caballos sin silla y de otras «pláticas» que nos parecían de cuento. Al final dijo que fuésemos por su casa «al salir de la lección», que nos enseñaría muchas cosas y nos regalaría juguetes y dulces que había traído de allá para los niños buenos de su pueblo.

Nosotros fuimos algunas tardes a su casa, pero nos teníamos que volver porque no nos hacía caso. Siempre andaba allí jugando a las cartas con «todos los golfantes del pueblo» — como decía el abuelo— y ni mirarnos. Daban voces, puñetazos en la mesa y bebían vino tinto y fumaban sin cesar, pero ni palabra. A lo más que llegó fue a darnos un revólver, muy grande, descargado, para que jugásemos allí en la cocina, sobre una manta que tendía en el suelo. Cuando nos cansábamos, marchábamos y ni se enteraba si estábamos dentro o afuerita, como él decía.

Se fue pasando de moda y sólo se le veía en las tabernas bebiendo y jugando o por medio de la calle, ya de noche, haciendo eses y cantando cosas de allá. Un día se armó un gran escándalo, porque lo llamaron los republicanos para que les diera una conferencia de lo buena que era la República que él había visto en Méjico, pero llegó medio templado y empezó a decir cosas en contra. «Que aquello de allá era una República de mierda, y que lo que hacía falta en Méjico y en España era mucho palo. Que él era católico a machamartillo, “que si no iba a misa era por costumbre” y que estaba con los ricos de todas todas. Dijo lo de las Carabelas, lo de los Reyes Católicos y lo blandos que habían estado los gobernantes con los pelaos de allá y con los puercos indios. Y que si en España no volvían los militares a tomar el timón de la nave, que nos íbamos a comer los unos a los otros, porque el pueblo español era muy bravo a la hora de arrear, pero, a la de pensar, no teníamos brújula. De modo que, palos y catecismo, y el que no trague, a la hoguera, que lo que sobra es carne humana y no es cosa de perder la paz y el orden por dejar que hablen unos cuantos que llenan la cabeza de pólvora a los pelaos y creen que todo el monte es orégano. Que él sabía mucho de eso porque lo había visto en Méjico y que los republicanos españoles se envainasen la lengua, diesen la patada a don Niceto y llamasen rápido a los generales del Rey y al Rey mismo, porque España no era país para andarse con finuras, como es, por ejemplo, Inglaterra…». Cuando añadió que los republicanos que lo oían eran unos simplones ilusos, se armó tal gresca y tempestad de insultos, que el pobre Juanaco tuvo que salir por pies para que no lo «criminasen», como él decía.

Como habían pasado muchos días sin que fuésemos por su casa: sobre todo después del escándalo reaccionario ya contado, un día que nos encontró por la calle nos llamó con aire cansado (estaba muy pálido, con los bigotes caidísimos y la voz honda, como fatigada) y nos hizo caricias y nos rogó que fuésemos aquella tarde por casa, que nos iba a contar una historia que le había pasado a él cuando la revolución de Pancho Villa y que aunque no se acordaba muy bien, creía que había matado un par de hombres que le atacaron por un camino…

Nos puso la cosa tan bien, que apenas salimos del colegio y sin decir nada en casa, nos plantamos donde Juanaco.
… Pero en el patio, junto a la parra, estaban tres de los que solían jugar con él a las cartas hablando muy serios con don Gonzalo, el médico, que movía la cabeza mirando hacia el suelo y diciendo que no había nada que hacer y que llamaran al cura. Dos mujeres de la vecindad llorisqueaban en la puerta del comedorcillo, y un olor como de hierbas y malvaviscos cundía por toda la casa. Nos colamos, sin que nadie nos lo impidiese, hasta el cuarto de Juanaco, que lo separaba del comedorcillo una cortina verde. Allí, sobre una cama de hierros dorados y boliches gordos como piñas, estaba con la cabecera muy empinada. Tenía los ojos bien abiertos, pero una respiración malísima y el color amoratado. Tan mal respiraba que casi sacaba la lengua por el camino del aire. Al ver que nos asomábamos nos quiso echar una risa, que bien se lo noté, pero tanto trabajo le daba la fatigosa respiración que no pudo cumplir su propósito más allá de una leve mueca.

Al cabo de un buen rato vino el «Curilla loco» y nos hicieron salir del cuarto para la confesión. Todos esperamos en el patio de la parra el buen rato que tardó el cura. Cuando salió, nos hizo un gesto lamentable y marchó sin decir nada. Volvimos todos al cuarto y ya, a pesar del poco tiempo, Juanaco parecía más oscurecido. Si bien conservaba los ojos abiertos, tenía en la piel de la cara como unas escamas moradas de muy siniestros indicios. Además, ya se le oía mucho como un ronquido incansable.

Una mujer habló de la conveniencia de ir pensando en la mortaja, «para que fuera bien apañao», y apenas dicho, no sé qué pasó, que todos empezaron a abrir las cómodas, los baúles y las taquillas y a sacar cuantas cosas de aquella casa no estaban a la vista. Las dos mujeres especialmente escarbaban rapidísimas entre las ropas y cosuchas. Todo lo miraban y hacían apartijos de cuanto les parecía mejor. Los tres hombres también habían empezado a probarse chaquetas y botas altas, a comprobar el peso de unas espuelas de plata enormes; a palpar la cadena gorda del reloj, y, sobre todo, con muy poco disimulo, a ver dónde guardaba «la plata» el Juanaco. Parecía aquello cosa de teatro, porque en un instante todos y todas estaban a medio vestir, probándose las prendas del indiano y de la hermana muerta; despreciando las que creían malas y arrebatándose unos a otros las que les parecían más codiciaderas. Las dos mujeres tiraban tan fuerte de la misma faja de seda rosa, que se rajó con un quejido metálico. Pero estaba claro que por más que removían no daban con lo que todos de verdad buscaban.

A todo esto se oyó como si los ronquidos fueran mayores, y al mirar vimos que Juanaco, con los ojos más abiertos que antes y las manos extendidas hacia el rincón donde estábamos los muchachos, que nada tocábamos, quisiera decirnos algo. Pero en seguida, rendido por la fatiga, volvió a caer sobre la almohada, aunque sin cerrar del todo los ojos, que seguían atentos a la operación… Los hombres aquellos y las mujeres, pasado el breve susto, volvieron a sus probatas y rebuscas.

De pronto se escuchó como un chorro de monedas que caían al suelo y todos, después de mirar un segundo hacia donde venía el ruido, fueron hacia allí. Se armó tal riña sorda, tal desconcierto de empellones, gritos y codazos que alguno empujó a la mesilla de noche, que se vino al suelo con todos los frascos y pócimas que tenía sobre su mármol. Cada cual buscaba las perras por su lado. Juanaco volvió a incorporarse con mucha energía, como rabioso. Subió los brazos a lo alto, gritó algo muy fuerte, que no se entendía bien, pero que terminaba en «tías»… ¡¡¡tías!!!, ¡¡¡… tías!!! Y cayó muerto de golpetazo. Todos aquellos hombres y mujeres, a medio vestir, quedaron como espantados, con las monedas en la mano. Por fin, una mujer empezó a llorar y luego las otras. Y yo también lloré.



jueves, 21 de diciembre de 2017

Cuentos republicanos (Plinio) Yo tuve el ombligo frío



Lo único que recordaba no lo podía decir, no se fueran a reír de mí. Sólo me acordaba, y que esto quede entre nosotros, que tenía el ombligo frío… También, un poco, de que la noche estuvo metida en viento. Recuerdo el son de los chopos y el correr cercano del río embravecido.

De cuanto hablaban a mi alrededor o de lo que me preguntó el señor juez, sentado al lado de mi cama, no entendí una jota. No sé si es que yo estaba tontaina o que preguntaba con palabras tan suaves que yo no les cogía el hilo. Lloraba mamá furtivamente.

Vociferaba papá, pero yo no sabía por qué. Y buscaba en los ojos de todos, ya que nada me decían, las palabras, la razón de todo aquello. El médico, después de darme vueltas y vueltas —no me miró el ombligo—, salió con papá y el juez y no me dijo nada. Ni que yo sepa me recetó nada. Se limitó a darme una palmadita en la mejilla.

Como me acostaron en la cama grande de mamá (de caoba, con una marquetería muy fina, según el abuelo), veía en el espejo de la vestidora, casi con susto, el tamaño de mis ojos — siempre me dijeron «ojazos»—, agrandados muchísimo entonces por unas ojeras como pétalos de pensamientos.

Sentir, tampoco sentía cosa alguna, a no ser molimiento, zumbar de cabeza y sed. Gentes entraron y salieron en casa todo el día. No llegaban hasta la alcoba, pero oía los pasos y las medias palabras.

Luego, un ratito se quedó mamá sola conmigo, y con los ojos rojizos y la voz tiernísima (esa voz que sólo le oí otra vez, cuando se murió la abuelita y me consolaba; voz casi aliento, casi suspiro, casi beso), me preguntaba cosas buscándome las respuestas más en el fondo de mis ojos que en los labios… A ella sí que le dije lo del ombligo, porque no se iba a reír de mí, pero no otra cosa… Y sentía no fuese a creer que quería ocultarle algo, pero de verdad de verdad que no recordaba cosa especial… Quedó luego un rato mirándome en silencio. Por fin, me miró el ombliguito, sonrió, me dio un beso en la frente y marchó preocupada.

Durmió junto a mí aquella noche. Sé que no pegó un ojo. Una vez, entre sueños, pensé que me susurraba algo al oído. Abrí los ojos, pero no era ella. Eran como sombras de palabras oídas muy cerca la noche anterior. Lo sé porque entre ellas, entre aquellas palabras confusas que parecían frotar mis orejas, como ruido de caracola, percibía el rumor del río y el otro más blando de las hojas de los chopos. Cuando volví al colegio, los chicos mayores me miraban maliciosos, se reían entre ellos, se daban codazos. Musitaban.

Lo comenté en casa, y me mudaron en seguida de colegio y durante mucho tiempo nadie me volvió a hablar más del asunto. Pero aquí, en la cabeza, me queda el peso de saber qué fue «aquello». De cuando en cuando me ando barrenando y barrenando, sin sacar en limpio cosa mejor.

Un día fuimos al río, y cuando estábamos tumbados al sol y mirando los árboles y oyendo el agua, volví a pensar en «aquello», aunque el ombligo estaba caliente y bien encogido en su caracola… Bueno, lo que sí recuerdo es lo que pasó aquella tarde, antes; que eso lo sabe todo el mundo. Estuvimos en aquella fiesta del caserío. Y que unas mujeres y unos hombres que trabajaban allí, a otros niños y a mí nos dieron de beber limonada. Nosotros jugábamos a que estábamos borrachos y bailábamos en una cocinilla donde estaban todas las cosas de comer y beber, entre un coro de risas. Muchas gentes bailaban y cantaban fuera, pero después… nada.

Otro día me encontré a un niño que estuvo conmigo aquella tarde en el caserío. Le recordé aquel día y él empezó a hablar, pero sólo me ha contado mentiras, y debe ser porque le hicieron la trepanación… «Que nos vestimos de vaqueros y que toreamos. Que él mató tres toros y yo una vaquilla. Luego, que llegaron los guardias y que nos llevaron a todos por no tener permiso. Y que ni se acuerda de beber ni de que yo bebiera… pero que yo maté muy bien la vaquilla».

Encontré por Pascua a un niño mayor del colegio antiguo, de los que se reían de mí, y también le he preguntado. Durante mucho tiempo se estuvo mordiendo las uñas y no me dijo nada… Pero luego se ha reído misterioso enseñándome sus dientes horribles, y cogiéndome del cuello, con muy mala idea me dijo: «Anda, cuéntame, cuéntame…». Y me quería llevar a un rincón oscuro para que le contara, pero me ha dado asco su risa y el olor de su boca y me he ido corriendo. Él se quedó haciéndome gestos feos.

Y ya me dio miedo volver a preguntar a nadie más y he decidido callarme y callarme. Y olvidar «aquello» de que no me acuerdo. Y no mirarme más el ombligo cuando me baño, que es lo que me vuelve a esta preocupación… Pero no puede ser del todo. Porque hay gentes que me miran de arriba abajo. Noto luces oscuras de ojos que me siguen y manos húmedas muy cercanas… Sí, he decidido olvidar y sufrir en silencio, que día llegará en que recuerde, o entienda…



domingo, 17 de diciembre de 2017

Cuentos republicanos (Plinio) La muerte del novelista



El gabinete de la casa de los abuelos siempre me recordaba una granada abierta, muy madura, ya casi morada. La tapicería de las sillas, el papel de las paredes, la lumbre de la chimenea, las solemnes cortinas que paliaban la ventana poco luminosa, todo era de tintes rojizos, cárdenos, grosellas, tostados, que mezclados daban aquella sensación de granada madura.

Ya a primera hora de la tarde, en aquel gabinete parecía anochecido. Jamás el día llegaba entero a aquel habitáculo propenso a las sombras delgadas, tintas; a los resoles suavísimos. Hasta los viejos retratos colgados de los muros o sobre la campana de la chimenea, nada fáciles de ver a la perfección, despedían reflejos sanguíneos como si sus cristales y superficies patinadas fueran de rubí. Todo tenía allí cara de tarde intemporal, de tarde sin reloj, de sueño de sueños. Conversaciones antiguas que uno no recordaba en la calle o en otras habitaciones meridianas, allí tornaban a la memoria suavemente. Las risas y los perfiles de otras gentes que fueron, que fundaron la casa, que sintieron amores ya transportados en los lomos aristados de la muerte, se evocaban con facilidad en aquel gabinete granado.

Las mujeres, cuando cosían entre los pliegues rojos de las cortinas unas telas blancas, rosadas por el ambiente, como el hilo, como la aguja que parecía encendida, solían recordar a aquella buena Úrsula, amiga de la tía, que murió tan joven, con el pelo negro, copioso y destrenzado sobre el embozo blanquísimo. Y al tío José Luis, aquel del bigote rubio y la corbata blanca que murió de amor por Carmen. Y aquel pintor de Valencia, con perilla y melena, que venía muchos ratos a sentarse solo en el gabinete y ver las luces rojizas «que él no sabía pintar» —según decía —. Y le gustaba mirarse sus manos blanquísimas, rosadas por las luces de aquel gabinete prodigioso.

Yo, lo que recordaba, eran noches de cena especial en aquel gabinete recogido; la mesa bajo la lámpara con tulipa roja; el humo de los habanos que subía hasta perderse entre las flores del papel del techo, y el aroma del café y del coñac. En aquellas sobremesas, el abuelo solía contar cosas de caza menor, o de pájaros excepcionales que cantaban hasta morir, o de escopetas riquísimas… O a veces se hablaba de los republicanos de Valencia y de Madrid, de la libertad, de la fraternidad humana. Y se citaban frases célebres de tribunos, dichas en mítines apoteósicos, en la huerta de Valencia.

Cuando aquella mañana volví del «cole», me pareció oír la radio en el gabinete. Me extrañó a aquellas horas de trabajo, ya que el abuelo era el único que la manejaba. Entré suavemente. Los que allí había ni se dignaron mirarme, a no ser papá. Todos, tristes, estaban atentos al altavoz en forma de bocina de saxofón negro (aparato superheterodino).

El locutor hablaba con tono doliente; con esa voz de nariz que se pone cuando se quiere parecer triste y no se está. De vez en cuando se debilitaba la audición y oía un pitido estridente o «ruido atmosférico». O lo de «E. A. J. 7, Unión Radio, Madrid». A mí todo aquello me decía: «Edificio Madrid-París. Superheterodino. Frente a Segarra, todo el mundo Callao».

El abuelo, vestido con el guardapolvos de estar en la fábrica, miraba con tristeza sus manos ensortijadas. Papá y el tío, de pie, también con guardapolvos, escuchaban en silencio. Valdivia, el gran republicano amigo de papá, se mesaba la melena, ya canosa, y sus ojos parecían enrojecidos. Su gran chalina negra era una mariposa muerta sobre su camisa blanquísima.

Yo quedé irresoluto junto a la puerta. El locutor callaba ahora y se oía un disco, que, según me dijeron luego, era la voz del prohombre muerto, que hablaba en valenciano. Valdivia, con disimulo, se limpió una lágrima. Las colillas yacían apagadas en el cenicero. En el fondo de la casa cantaba la criada, ajena al dolor del gabinete. Tras los visillos de la ventana se veían pasar los transeúntes —sólo la cabeza— sumergidos en la vibrante luz del mediodía.

Acabó el valenciano, y otra vez habló el locutor. Dijo primero no sé qué de las pastillas de la tos y continuó hablando del novelista. Enumeraba nombres de sus obras que yo había visto leer al abuelo junto a la chimenea del comedor: Arroz y Tartana, La Barraca, La Catedral…

El locutor empezó a hablar de otras cosas. Y Valdivia, con tono doliente, se refirió a cuando él estuvo en Formentor con el maestro, de los libros que le dedicó, de las fotografías que se hicieron. Aquella relación, en el gabinete de tonos cereza, daba más lástima que en otra habitación de la casa.

Se oyó lejano el toque de la campana. Salían los operarios de la fábrica. La radio tocaba el chotis de La Verbena de la Paloma. El abuelo cerró. Todos salimos del gabinete. En el patio de cemento que había antes del jardín estaban unos cuantos operarios. Parecían esperar algo. Al verlos, el abuelo, papá, Valdivia y el tío quedaron parados en la escalinata de hierro. Uno de los operarios, que era valenciano, preguntó si por fin había muerto el maestro.

Entonces, Valdivia bajó un escalón más y les habló emocionado, moviendo mucho los brazos cortos y gordos… «España ha perdido uno de sus más grandes hombres —le entendí entre otras cosas—. La causa de la libertad sufrirá con su falta…».

Todos escucharon con ojos tristes, cuyos párpados y cejas estaban empolvados por el serrín. Durante mucho tiempo me dio respeto pasar al gabinete, pues tenía la impresión de que allí había estado «corpore insepulto» —que quiere decir sin enterrar— el gran hombre y novelista, junto con el de Úrsula y el del tío que murió de amor y el pintor que se miraba las manos al reflejo granate.



jueves, 14 de diciembre de 2017

Cuentos republicanos (Plinio) La frescachona



Salvadorcito nos llevó de merienda a todos sus amigos a su finca «La Corneja», porque cumplía doce años. Fuimos en tartanas, una tarde de aire y sol friolento, cantando el «¡Ay!, chíbiri, chíbiri, chíbiri; ¡ay!, chíbiri, chíbiri, cho», y el tango «Plegaria» (murió la bella penitente, murió la bella arrepentida), y luego el «Himno de Riego» con la letra de Antoñito y no sé qué marcha a Fermín Galán y García Hernández.

Cuando nos cansamos del coro, el viejo que llevaba la tartana tomó la palabra, con voz rota y antigua, y nos contó el romance de cuando se cayó un cable de alta tensión y mató dos mulas en los Charcones, arrabal de Tomelloso, que decía así:

Las siete y media serien
cuando Faustino llegó
en casa Avelino Ortega.
—Buenas noches nos dé Dios.
—Asiéntate y ven a cenar.
—De lo mesmo vengo yo…

Y seguía con aquel lamento que hicieron las mujeres sobre los dos animalicos muertos por el cable «fratricida» y el cuadro tristísimo de la familia que quedaba desamparada con la muerte de las dos mulas americanas «que eran una bendición». En los versos postreros se pedía que todos los gañanes, caporales, zagales y temporeros fueran llorando al alcalde, «honra de la población», para que pidiese a «la Reina virtuosa» que mandase quitar del pueblo la «Hidroeléctrica de Buenamesón», del «avaro Romanones», y «volvieran los candiles y las linternas de antaño», porque:

Más valía andar en tinieblas
que ocurriesen tantos daños

El verdadero propósito de nuestra excursión, aparte de merendar un pollo frito, arrope con letuario y mostillo con almendras, era cazar pájaros con «gato» en los tejados de «La Corneja», donde, según Salvadorcito, llegaban a montones.

En seguida que pudimos, según nuestro plan, nos escabullimos de los mayores y, haciendo escala de la gavillera, subimos al tejado de la finca. Andábamos por el caballete encalado con mucho miedo, unos a gatas y otros doblados, con las manos prontas. Salvadorcito, conocedor del tejario, iba delante con los gatos o ligas de alambre colgadas del cinto. Luego nos sentamos en el mismo espinazo del caballete, al pie del pararrayos, para explorar cuál sería el lugar más a propósito para colocar los cepos. El grueso cable del pararrayos, que era por donde se deslizaban las chispas hasta el pozo, según dijo Marcelino, nos recordó el romance del carrero y la muerte eléctrica de los dos animalicos americanos, «bizarros como corceles e incansables del arado», que contó el tartanero de la voz reseca.

Desde aquella altura de tejas y cal, de blanco vibrante como ropa tendida, veíamos el paisaje. El monte bajo — jara, romero y tomillo— llegaba casi hasta la casa. Casi, porque desde su linde imperfecta hasta la puerta misma había un jardincillo de setos, chopos altísimos (aquella tarde meneados por el aire, meneados y silbantes) y una fuentecilla seca, con ranas de barro en los bordes, contrahechas con mucha propiedad. Por la parte trasera de la casa —«de la finca», que decía Salvadorcito con la boca llena— se veían los corrales del caserío, las galerías acristaladas, donde al amor del sol filtrado cosían unas mujeres, y las cuadras. Hacia poniente, la casilla de los peones camineros, la carretera como un cinto terragoso y blanco, y al fondo, entre color de nube y verde soñado, los montes de Ruidera. Aquellos que dan abrigo y amparan las aguas verdes y reposadas de Las Lagunas, que pisan Ciudad Real y Albacete, ya en la misma frontera de la Ossa de Montiel.

Luego de una inspección cuidadosa, decidimos seguir caballete delante hasta el mismo hastial de la finca, donde hacía ochava aquel cuerpo del edificio… (Que aquí cuenta mi abuelito —decía Salvadorcito— cazó el general Prim, «el que mató don Amadeo de Saboya en la calle del Turco», que así andaba el condiscípulo de historia patria, luego de las enseñanzas de don Bartolomé). Era, aquél, lugar propicio para colocar los gatos, según dictaminó el amito y los más peritos en cazas de cepo. Instalados de la mejor manera, fuimos abriendo los cepos de alambre, les clavamos en la aguja, como cebo, un trocito de pan, y los plantamos en las canales, disimulados con hierba y tierra, que traía Pepito en un saco de calderilla que fue de la banca de su abuelo Bolós. Situadas las trampas, nos tumbamos todos los cazadores en la otra vertiente del tejado, bien pegada la tripa a las tejas con verdín, y esperábamos los resultados cuando Salvadorcito gritó de pronto, señalando hacia abajo con gesto malicioso: —Mira, mira, la Mamerta.

Vimos, debajo de nosotros, una mozona en cuclillas, con las nalgas al aire y la cara casi entre las rodillas. En su natural empeño, sacaba mucho la quijada de abajo o quijada maestra. El aire le alborotaba los pelazos negros del moño. Parecía, por lo inquieta, que le hubiera cogido en aquel lugar la precisión de tan fuerte manera, que no tuvo tiempo de llegarse hasta la corraliza donde moraban los patos, lugar señalado en el caserío para aquel linaje de solaces legítimos y de siempre consentidos por los moralistas más estrictos.

Casi en seguida, Pepito, que tenía los ojos veloces, señaló hacia otro lado, donde se veía a un hombrecillo —Rufo — en mangas de camisa y con boina, que, tras el esquinazo, miraba embravecido el quehacer de la Mamerta. Cuando la moza acabó, y puesta en pie, con las piernas un poco abiertas, se ataba los bajos, el hombre se dio a vistas. Avanzaba lijando la pared, felino, deseando pasar inadvertido hasta hallarse más a tiro. Pero ella, que lo columbró, se bajó las sayas de un manotón y, de mal talante, echó a andar hacia el poniente de la casa. —¡Espérate, frescachona! —gritó el hombrecillo, al tiempo que echaba a correr tras ella, ya a pecho descubierto. La moza volvió la cabeza con cara de susto; primero apretó el paso, y al segundo tomó carrera también. Pero como viese que el hombrecillo Rufo, más ingrávido y nervioso, la alcanzaba, decidió pararse en seco y darle cara. Iba Rufo hacia ella con la boca abierta y las manos extendidas, como si deseara coger antes de llegar. —Ahora verás, frescachona.

La moza, también con las manos hacia delante, mordiéndose los labios y bien arrimada a la cal, esperaba el embite. Rufo, estrategón de mozas bravías, la atacó por el flanco. Picó ella al volverse un cuarto, y cuando quiso percatarse, el hombrecillo se le había colocado entre hombro y pared, hasta pegársele a la espalda, bien incrustado entre los capiteles de las piernas. Siguió la lucha entre sordos bufidos y gritos yugulados. Todo el empeño de la Mamerta era desembarazarse de aquel pulpo que se le clavó en el lomo, y, forzuda, giraba y giraba por ver si salía lanzado el añadido.

Como la maniobra resultaba inútil, además de fatigosa, dada la adhesividad de Rufo, la mujer cambió de táctica y, avanzando y reculando, como meciéndose con ímpetu, daba feroces golpes contra la tapia al que tenía la mochila. No debía irle bien al Rufo con este tratamiento, porque presto se apeó de las espaldas, hasta quedar solamente abrazado a las piernas de la mujer. Luego, súbito, sin que nuestros ojos alcanzasen los grados sucesivos de la maniobra, la Mamerta quedó acorralada entre la pared y la cabeza del hombre, que trataba de tumbarla tirándole de los remos. Fue entonces cuando ella consiguió atenazar, entre sus muslos de pilastra, la cabeza del hombrecillo, que desapareció entre la telonería de las sayas… Y se la veía colorada de tanto apretar la cabeza intrusa. Temimos que la testa del pobre Rufo, encajada entre los sotavientres musculosos de la Mamertona, cascase como nuez. —Lo va a ahogar —comentó Salvadorcito casi temblando.

Pero no, lo que hizo la mozona fue sacarse un alfiler matasuegras que llevaba en el toquillón, y con tal presteza se empleó en hacerle perforaciones en el culo al Rufo, que, bien engarfiado como estaba entre aquellas dos columnas de Hércules, no le quedaba otro desahogo que patear muy de prisa y escarbar como vaquilla. Eran sus piernecillas aspas de molino, que levantaban grisanta y espesa tolvanera. Ella no se cansaba de hacerle poros en las ancas, con más acelero que una máquina de coser. Era una furia. Pasado un buen rato (los gritos que diera él no trascendían, quedaban arropados), resollando de fatiga y sudorosa por la dureza del trabajo, dio un panzazo hacia delante y el hombrecillo cayó al suelo hecho un muñeco, los ojos desorbitados, la faz encendida y boqueando de asfixia: Que a punto estuvo de morir por tan acentuada proximidad de lo que quiso tener a mano.

La Mamerta marchó respirando con mucha fuerza, flébil de piernas, e intentando arreglarse las greñas caídas. Marchaba sin volver la cabeza, al filo de la tapia, segura de que el enemigo no reanudaría el torneo. Rufo, al cabo de un buen rato, una vez recuperado el aliento y la visión, intentó levantarse, resoplando y con las dos manos sobre aquella parte que le quedó criba. Perdido el sentido de la orientación y con gesto de lloro, miraba hacia uno y otro lado, sin saber por dónde ir. Con otro esfuerzo dolorosísimo se agachó para recoger la boina, que le quedó en el suelo luego del morque.

Fue entonces cuando Salvadorcito le voceó: —Anda, Rufo, ¿no querías frescachona? ¡Toma frescachona! El hombre buscó con los ojos quién profería las voces, hasta que nos vio encaramados en el caballete. Nos miró un buen rato, como si no comprendiera bien. Y por fin, sin decirnos nada ni hacer gesto, marchó hablando solo, con pasos muy cortos, doblado y con las manos en el mismo lugar.



viernes, 8 de diciembre de 2017

Cuentos republicanos (Plinio) El jamón



El abuelo se cansó muy pronto de los autos y dijo que quería volver a lo antiguo. Que como disfrutaba él era con una tartana y un buen caballo, como toda la vida de Dios. Así, los domingos y días de fiesta podríamos salir de campo al río, al monte, a la huerta de Matamoros o a la de Virutas y asar chuletas con la lentisca y hacer pipirranas, freír carne con tomate, o conejo y pisto, a la sombra de un buen árbol.

«Que con el coche no se podía ir tranquilo, ni hablar a gusto, ni ver el campo a placer, ni liar un cigarro como Dios manda. Que el auto se quedase para los chicos, pero que él iba a comprar una tartana». Y como le habían ofrecido una en Almodóvar del Campo, le dijo a Lillo, que era su mejor amigo y muy entendedor de carruajes por su oficio, que nos iba a llevar el tío Luis a Almodóvar del Campo para ver la tartana, hecha en Valencia por el mejor fabricante.

Lillo se puso muy contento, porque le gustaba mucho viajar con el abuelo, y dijo que no teníamos más remedio que acercarnos a Tirteafuera, que está muy cerca de Almodóvar, para probar el jamón de su amigo Jerónimo, que era el que mejor sabía curarlos de todo el universo mundo. Que desde que probó dos veces en su vida el jamón de Jerónimo, ya no había jamón que le agradase. Porque, decía él y yo no lo cogía bien, que con el jamón pasa lo que con las mujeres: que el que cata una suculenta, todas le parecen remedos o semejanzas.

Nos llevó el tío en el coche, y no recuerdo por qué, tardamos muchísimo. En Almodóvar estuvimos dos horas o tres mirando la tartana y hablando con un hombre muy gordo, que era el dueño. A pesar de que nos invitó a vino y a olivas en una taberna, no se cerró el trato porque Lillo le dijo al abuelo que aquello era un armatoste que no valía dos gordas y en nada de tiempo y por muy poco dinero le iba a hacer una tartana preciosa, ligera y forrada de terciopelo rojo por los asientos y respaldos. El abuelo se entusiasmó con la idea y añadió que le iban a poner unas maderas muy buenas que tenía él guardadas desde no sé cuándo, y un farol eléctrico, y un cenicero, y una visera de lona verde.

Total: que nos fuimos a comer a Tirteafuera, a casa del amigo Jerónimo, que ya estaba avisado por carta de nuestra ida. Y pasamos junto al Valle de Alcudia, que es donde se concentran todos los ganados de España en no sé qué época.

Como dijo el abuelo que Tirteafuera era un pueblo de pesca, le respondió Lillo que allí lo bueno era el jamón de su amigo Jerónimo. Estaban las calles muy desiguales y feas y el auto andaba malamente. Hasta el punto que hubo que dejarlo junto a la iglesia, que, no sé por qué mengua del pueblo, queda en una punta del lugar.

La gente se asomaba a las puertas y ventanas por ver a los forasteros, hasta que llegamos a la casa de Jerónimo, que nos esperaba sentado en su puerta fumando un cigarro hecho con papel negro, que al abuelo le gustó mucho. Estuvimos largo rato en la puerta, mientras se saludaban y Jerónimo y Lillo hablaban de cosas antiguas. Le entregó Lillo una caja de puros que llevaba de presente y una botella de marrasquino, «que a Jerónimo le gustaba más que bailar el agarrao», según Lillo. Entramos a la casa por una puerta muy baja, pasamos la cocina, en la que hervían muchos pucheros para nosotros, y llegamos a una especie de camarón de mucha luz y con varios jarrones colgados de las vigas. Y en una mesa de pino, una cazuela muy grande de barro llena hasta los topes de tacos de jamón muy cuadradotes y sólidos, junto a una bota de vino hinchada hasta reventar. Nos mandó sentar el amigo Jerónimo con mucha prosopopeya y pidió a Lillo que fuera él quien tomara el primer tarugo de jamón.

Alargó su mano larguirucha con mucho tiento, casi temblando, y tomó un trozo muy oscuro. Se lo acercó Lillo a su nariz de alfanje, como si se lo quisiera comer por allí, y al oler entornó los ojos cual si le llegara el soplo mismo de la vida. Sin abrir los ojos se lo metió en la boca y empezó a masticarlo muy despacico muy despacico, mientras todos lo mirábamos en silencio y a media risa. Y comía remeneando tanto las quijadas y dando tales lengüetazos, que yo solté la carcajada; y luego el abuelo, y luego el amigo Jerónimo, y luego el tío, y luego la Gregoria, que entró y era la mujer de Jerónimo; y luego la Casiana, moza muy coloreada y gordita, que era una sobrina de Jerónimo que tenían allí recogida. Cuando hubo tragado bien el jamón, Lillo abrió ojos y dijo: —Luis, volveros al pueblo cuando os cuadre, que yo aquí me quedo hasta el final de mis días.

La moza Casiana le puso la fuente de barro casi a la altura de las barbas a Lillo para que tomase otro trozo, y él, con el tarugo entre dedos, quedó mirando a la moza con aquel su aire de viejo picaresco y le dijo: —Y además esto… Que aquí me quedo.

Casiana nos repartió a todos jamón y empezamos a masticarlo como en misa, porque nadie decía palabra Yo noté que, de puro sabroso, le hacía a uno tanta saliva rica en la boca, que no había lugar a hablar, ni a reír, ni a otra cosa que no fuese concentrarse en aquella ricura que llenaba toda la boca, y se crecía, y hacía desear que no acabase nunca.

—¡Coño! —dijo el abuelo—. ¡Si llego a morirme antes de probar este jamón!
—Nunca lo comí igual. Ni vino quiero beber hasta el fin porque no me quite este gustazo —volvió a decir el abuelo.
—No ves, Luis, por no hacerme caso y no haber venido antes, lo que te estabas perdiendo.
—¿Y cómo lo cura usted? — preguntó el abuelo a Jerónimo. Jerónimo sonrió y bajó los ojos. —No te molestes, Luis, que no se lo dirá a nadie.
—Se lo diré a Casiana cuando vaya a morirme. Es el mejor capital que puedo dejarle.

Y ella se reía satisfecha con uno de aquellos taruguillos vinosos entre sus dientes blancos y parejos. Comíamos jamón sin cesar, con la ayuda del vino, que no hubo forma de dejarlo mucho tiempo en el olvido.

Llegaron más hombres que había invitado Jerónimo y cayeron rápidos sobre el vino y el jamón, que, según decía uno, «era la mejor finca del pueblo». Se fueron calentando las risas y las palabras, hasta el extremo de que Lillo contó cosas picarescas que le habían ocurrido en unas posadas con el abuelo cuando iban por Cuenca y por Soria a comprar madera. Y con aquellas picardías, las dos mujeres se reían más, especialmente la moza Casiana, que se ponía las manos en los ijares y tronchábase. Una vez que bebió vino, con la risa se le fue la puntería, le cayó el chorrillo por el canal y dio un gritito. Nos reímos todos de la sagacidad del tintorro, y Lillo aprovechó para contar otra historia de una posadera que por las noches se arrimaba a la yacija de un arriero, su huésped, no por amor a él, sino por beberle de la bota que tenía siempre colgada junto a sí, llena de un vino de no sé qué partida de viñas de Manzanares, que son las mejores de la Mancha. Y como el arriero descubrió la maniobra entre sueños, a la noche siguiente se ató la bota a la cintura por ver si la posadera se atrevía. Y Lillo dijo que se atrevió. Las mujeres volvieron a reír tanto, especialmente la moza que Lillo dijo «que a pesar de haber tanto sol, podría haber aguas».

Sirvieron la comida en un mesetón muy grande, que pusieron en la misma cámara, y menos las mujeres que servían, comimos todos con mucha alegría, sin olvidar el jamón, que abundaba en fuentes de barro sobre la mesa, de manera que entre cucharada y cucharada, a manera de entremés, acuñábamos un taruguillo de aquel jamón, que, según Lillo, debía ser vitalicio. Hubo gallina en pepitoria, sopa, gorrino frito y unos melones tan babosos y dulzones, que ni el abuelo ni Lillo sabían ya de dónde sacar palabras para alabarlos, porque muchos requiebros se los quedó el jamón, algunos la pepitoria, y bastanticos el vino, que era del bueno de Moral de Calatrava, según dijo Jerónimo, que comía con la boina arrumbada en el cogote. Luego hubo café hecho en puchero, gordo como chocolate; copa de marrasquino y puro. Y todavía, de repostre, se empeñó en sacar Jerónimo unas uvas en aguardiente, casi rojo, que nos hicieron llorar de puro fuertes.

Ya a manteles vacíos, se sentaron con nosotros las mujeres y dijeron que cada uno debía decir un brindis, según costumbre de Tirteafuera en las comidas de varios.

Y como no hubo más remedio, cada uno dijo unas palabras, menos los de Tirteafuera, que hablaron en verso, así como las mujeres. Jerónimo se quedó para el último, y todos le pidieron que recitase el «bota mía». Jerónimo, sin hacerse rogar, tomó entre sus manos la bota casi vacía, que batimos mientras el aperitivo, y mirándola con mucha tristeza comenzó a decir:

Bota mía de
mi vida,
(Y la abrazó
como si
dulcísima
compañera,
fuese un niño
pequeño.)
a quien doy
toda mi vida,
mis sentidos
y potencias.
Bota, ya te
vas
quedando
(Y la palpaba
casi
como barriga
de vieja:
llorando,
metiendo lo
s floja, seca y
arrugada,
dedos gordos
entre los
sin sangre ni
fortaleza.
pliegues del
cuero.)
Esto es
mejor que
toros,
(Ahora la
alzaba riéndose
que títeres y
comedias.
con los ojos
entornados.)
El vino se va
a acabar.
(Y apuró unas
gotas con
Ya murió.
Réquiem
eterna.
desespero.
Luego la apretó
entre sus manos
y acabó
tirándola
sobre la mesa
con cara muy
triste).
Jerónimo nos dio unas como suelas de jamón, para que lo «probasen las mujeres», pero no consintió en que se viniese la Casiana como quería Lillo.



jueves, 30 de noviembre de 2017

Cuentos republicanos (Plinio) El coche nuevo



Nos fuimos temprano a casa del abuelo, porque aquella mañana iban a llevar el «auto». Esperamos sentados en una pila muy alta de madera. El olor dulzón de los chopos recién cortados, con ramas todavía verdes, nos impregnaba las ropas. El sol llenaba todo el patio. Desde el taller llegaba el ruido de las máquinas. La impaciencia nos hacía hablar continuamente. —¡A que va a ser mejor que el de don José! —No; yo creo que va a ser igual que el del Gordito; lo dijo mi papá.

Lo que sabíamos seguro es que en todo el pueblo había sólo cinco autos, y con el del abuelo iban a ser seis. Habían sacado los tílburis y la tartana de la cochera, que esperaba vacía, con las puertas de par en par, la llegada del Ford flamante. —Verás qué susto se van a llevar las gallinas —decía Salvadorcito, mirándolas picotear por el patio, con jubilosa compasión.

La tartana y los dos tílburis estaban como desahuciados en los porches que servían de almacén de madera. Colgados de las paredes de la cochera quedaron frenos, bocados, sillas y colleras de los caballos que, pensábamos, no era decoración muy adecuada para la residencia del Ford nuevo. —Yo creo que el auto tendrá por lo menos dos bocinas —dijo mi primo. —¡Qué barbaridad! ¡Dos bocinas! —Sí, sí, sí, que me lo dijo el abuelo: una de aire y otra de claxon. —Pero no son bocinas, ¡bocazas! Es una bocina y un claxon. —Buenooo… —Mi papá dice —interrumpió Salvadorcito— que con un coche se puede llegar hasta el fin del mundo que habitamos.

Se escuchó un bocinazo lejano. —¿Oís? Luego un petardeo que se aproximaba. —¡Ya viene! ¡Ya viene! Nos pusimos en pie sobre la pila de madera, sin atrevernos a bajar al suelo. Más bocinazos, y por fin el Ford se cuadró muy lentamente frente a la portada para hacer la maniobra de entrar. El reflejo del sol sobre el parabrisas nos deslumbró un segundo. La abuela y la tía, que cosían en el mirador que daba al patio, abrieron las vidrieras de par en par, que nos lanzaron otro destello.

El Ford entró triunfalmente, como un tingladillo metálico, altirucho y vacilante. Salvadorcito llevaba razón. Las gallinas salieron disparadas, derrapando al tomar curvas tan rápidas, con un ala desplegada y la otra barriendo. Todos los operarios aparecieron en las ventanas del taller, y las barnizadoras en la puerta del jaraíz, que servía de obrador cuando no era vendimia.

Venía al volante don Antonio, el íntimo amigo del abuelo, que dio dos vueltas completas al patio sin dejar de tocar la bocina, mientras el abuelo nos saludaba a todos con la gorra en la mano. Por fin pararon en el centro del patio y descendieron solemnemente. Luego, todos: nosotros, los operarios (sin respeto alguno), las barnizadoras, la abuela, la tía, papá y el tío, avanzamos desde nuestros sitios hasta rodear el coche Ford modelo T. Y mirábamos en silencio aquel «portento del progreso humano». El abuelo y su amigo Antonio sonreían superiores. El pobre Ford negro (con el tiempo lo pintaron color aceituna) aguantaba tantas miradas, protegido por sus reflejos y misterio.

Sin darnos cuenta entraron varios vecinos y Lillo, el amigo del abuelo, que era muy alto y siempre bromeaba. El tío se puso en cuclillas para mirar el coche por debajo y todos hicimos igual, menos las mujeres. —Por nada del mundo me subiría yo en eso —exclamó una vecina. —Pues no dices mal —respondió mi abuela, a quien parecía dirigirse la vecina, y que desde luego estaba dispuesta a subir a la primera insinuación.

Lillo, que era carretero, luego de mirar y remirar mucho los bajos del auto, dijo que si aquellas ruedas no serían pequeñas para tanto peso. El abuelo sonrió con suficiencia y le preguntó si quería ponérselas de pinas. Don Antonio añadió que los ingenieros americanos lo tenían todo muy bien calculado.

Cuando los comentarios empezaron a decaer, dijo don Antonio al abuelo: —Venga, Luis; voy a darte la primera lección de conducir. Dale a la manivela.

Y el abuelo, muy diligente, se fue al rabito quebrado que era la manivela. Don Antonio se subió al volante. Todos nos apartamos un poco. El coche, como respuesta a los esfuerzos congestivos del abuelo, disparó unos tiritos, pero en seguida se calló. El abuelo, casi enfurecido, volvió a darle con tantas ganas, que se le iban las gafas. —Coño, coño —dijo Lillo. Como el abuelo interpretase aquellas exclamaciones de su amigo como acusación de menos valer, sin apenas tomar resuello, volvió a girar el hierro con tal ímpetu, que el auto empezó a temblonear y ya hizo un ruido continuo. El abuelo se subió rápido y cerró la portezuela, poniéndose en actitud hierática. Don Antonio tocó la bocina de goma, las mujeres dieron un grito y todos nos apartamos. —Coño, coño. El coche, muy despacio, comenzó a dar vueltas por el patio. Don Antonio hablaba al abuelo con grandes voces por el ruido del motor. Vimos en seguida que a cada nada el coche cambiaba de ruido, se aceleraba, casi se paraba, y era porque el abuelo ya iba aprendiendo a poner las manos en las cositas. —¡Cuidado, Luis, que eres muy nervioso! —gritaba la abuela.

Había ido allegándose mucha gente de la calle y formábamos un círculo muy grande de personas para ver evolucionar el auto. Una vez, el abuelo, que llevaba el volante cruzando los brazos ante el cuerpo de don Antonio, hizo una mala curva y asustó a todos los de aquel rodal. —¡Luis! —¡Coño! —¡Ahí va, ahí va, abuelo! ¡Eres el más valiente! —dijo el primo tan pronto vio que enderezaba el coche.

Entre la gente de la calle llegó la Antonia, la ciega, que, después de escuchar un rato, le preguntó a Lillo: —¿Cómo es? ¿Cómo es? ¿Como un carro? —Sí, como un carro con cuatro ruedas pequeñicas. —¿Y va solo? —Solito, como un animal. —¡Válgame Dios! Cuando ya estaba el sol en lo más alto, dejaron de ensayar y entraron el auto en la cochera. Entonces la abuela y las chicas se pusieron a lavarlo con unas gamuzas y agua y a nosotros nos dejaron subir un ratito.

El abuelo y Lillo no se cansaban de mirarlo mientras lo lavaban. —¡Coño, Luis, qué tiempos! Entonces el abuelo —don Antonio, que era conservador, ya se había ido— habló del progreso de las ciencias, de Blasco Ibáñez, de don Melquíades Álvarez y de la democracia americana, gracias a la cual se hacían autos, y no en pueblos «retrospectivos» como España.


lunes, 27 de noviembre de 2017

Cuentos republicanos (Plinio) El partido de fútbol




El primer partido de fútbol que vi fue aquel que me llevaron el día que bautizaron a mi primo, cuando me daba el sol en los ojos. Pero ése no vale. No vi el fútbol bien hasta que me llevó papá desde el Casino con otros amigos suyos y nos sentamos en preferencia. A los toros se iba por la calle de la Feria y al fútbol por la calle del Monte. A los toros se iba detrás de la Banda Municipal, con velocidad de pasodoble; al fútbol, como dándose un paseo tranquilo.
Hacía mucho sol. Pasó un coche cargado de señoritas… Laurita, la tía y ésas, que nos saludaron con mucha algarabía.

A los toreros los llevaban vestidos, en coche. Van pálidos, con la cara seria. Los futbolistas —esto me sorprendió— iban de paisano, sin corbata, a pie, seguidos sólo de algunos chiquillos. Piñero, el pescadero, que era el gran delantero centro, iba en bicicleta de carrera por medio de las eras. Ricardo y Blas, que eran señoritos, en automóvil. La gente iba a los toros congestionada, con los ojos bailando, buscando grandes sangres. Con vino y merienda… Al fútbol iban así como a tomar el sol, con idea de ir luego al cine… «por matar el tiempo». Eran grupos desleídos, calle del Monte arriba, sin mujeres, sin mantones, ni coches, ni caballos. (Cuando no se emplean caballos para ir a las casas, todo es aburrido, ésa es la verdad).
El fútbol hace bostezar a los sanguíneos porque no había caballos. ¿Qué iban a hacer los caballos en el fútbol, si eran hombres los que trotaban? Tampoco había heroica bandera nacional, como en los toros. Y es que, como decía el señor veterinario, que era reaccionario, «el fútbol es natural de los ingleses, que gustan de cansarse corriendo detrás de las cosas inútiles y sin argumento». Los españoles prefieren los toros porque en ellos hay algo «práctico», hay drama.
Ya en el campo, nos sentamos en preferencia, que era primera fila a la sombra, como si fueran palcos de teatro. Detrás de nosotros estaban las gradas (clase media, honrado comercio y empleomanía). Enfrente, en general, al sol, la gente de la calle o vulgo, enracimados, detenidos por los palos que les apretaban la barriga. Era gente que daba lástima, siempre voceando, agarrada a aquellas maderas. Y como condenados, mentaban a cada nada a las madres de los «visitantes».
Me gustó mucho cuando salieron al campo, corriendo en hilera, los dos grandes equipos manchegos. El nuestro, merengue, y el Manzanares, de colorines. Salían con los puños en el pecho, a paso gimnástico, los calcetines muy gordos y los uniformes muy limpios… Parecía que todos tenían las rodillas de madera, menos el portero, que llevaba en ellas unas fajillas… y en la cabeza una gorra de visera. Las botas también parecían de madera, sin desbastar.

En el palco de al lado estaban Laurita, la tía y ésas, que reían mucho y hablaban de que algunos futbolistas eran muy peludos.
También fue bonito cuando echaron la moneda al aire y se dieron la mano. Y la hermana de Pablo, la guapa de la perfumería, le dio una patadita al balón y reía mucho. Le dieron flores y vino tan contenta. (La masa o plebe le dijo muchas cosas de sus cachos y no sé si de sus mamas o mamás, que no entendí). Tocó el pito uno con traje negro — árbitro o refrer, no lo sé bien— y empezó la función, que consistía en correr todos para allá detrás de la pelota. Y de pronto todos para acá. Sólo se miraba hacia un costado del campo cuando había saque de línea, que es muy bonito, porque el que saca hace como si se estirase muchísimo y echa el balón a la cabeza de un camarada.
Sobre nuestras cabezas pasaban las voces de la gente, que parecía mandar mucho sobre los jugadores, aunque éstos yo creo que no hacían caso.
—¡Montero, corre la línea!
—¡Ricardo, que es tuya!
—¡Arréale!
Como corrían para allá y luego para acá, el público lo que tenía que hacer era lo mismo: volver la cabeza para acá y para allá. Y daba gusto verlos a todos como si fueran soldados: «vista a la derecha, vista a la izquierda». Y muchos le daban así a la cabeza mil veces, sin dejar de comer cacahuetes, como monos locos, que masticaban, escupían y siempre se arrepentían de mirar hacia donde estaban mirando.
A los porteros se les veía metidos en el marco grande, como figurillas de un cuadro descomunal, agachados, con las manos en los muslos, mirando los cuarenta pies que corrían detrás del balón…, que es una pelota cubierta con piel de zapato con cordones y todo. El de negro —árbitro o refrer— corría también para uno y otro lado, pero con carreras muy cortas, sin fuerza. Toda su potencia estaba en el silbato, que cuando se enfadaba por algo lo tocaba muy de prisa y muy fuerte. Y cuando estaba contento daba unas pitadas largas y melancólicas. Cuando pitaba muchísimo y levantaba los brazos porque no le hacían caso, la plebe o vulgo de sol le decía los máximos tacos del diccionario: el que empieza por C, el que empieza por M y el otro de la madre.

Los que me parecieron más inútiles fueron los jueces de línea, que estaban la tarde entera corriendo el campo, sin hacer otra cosa que levantar la banderita cuando la pelota se sale, como si los jugadores no se dieran cuenta de que no había pelota tras la que correr. Cuando jugaban cerca de nosotros —sombra, sillas de preferencia, señoritos—, se oían muy bien los punterazos que daban al balón, el resollar de los jugadores y el rascar de las botas sobre la arena y, sobre todo, lo que decían:
—¡Aquí, aquí, Muñoz!
—¡Centra!
—¡Maldita sea!
Al final del primer acto los jugadores parecían muy cansados. Llevaban los uniformes empapados en sudor, con refregones de tierra. Unos cojeaban, otros masticaban limón, otros llevaban pañuelos en la frente, y todos las greñas sobre los ojos. Tenían aire de animales muy fatigados, que no miraban a nadie, e iban como hipnotizados, como caballos de noria tras el balón, que parecía pesar más, trazaba curvas más cortas y, sobre todo, se iba fuera a cada instante.

Cuando se hacía gol, y se hizo muchas veces —no me acuerdo quién ganó—, los futbolistas del equipo que metía el gol se abrazaban fuertemente, como si fuera la primera vez que les ocurría aquello en la vida. Los que recibían el gol no se abrazaban, sino que volvían a su línea con la cabeza reclinada y dándole pataditas a las chinas, muy contrariados.

Al acabar el primer acto, todos iban a la caseta descuajaringados, y les daban gaseosas, y se echaban agua, y resollaban.
Todos los hinchas y directivos iban a la caseta, así como el cronista local, Penalty, para mirar a «los chicos», que no hablaban, que sólo hacían que mirar con ojos de carnero y tomar gaseosa. El segundo acto fue muy aburrido. Todo el mundo estaba ya cansado de mirar a un lado y a otro. El balón, sin fuerza, iba y venía a poca altura; a veces se quedaba solo, se iba fuera y así todo el tiempo.

Los espectadores hablaban más entre ellos, contaban chistes. Los de mi palco hablaban con la tía, Laurita y ésas; les daban caramelos y reían mucho. Y hablaban de ir al cine o hacer baile en una casa, que era lo bueno. Cuando se puso el sol, los de general parecían más pacíficos. El árbitro casi no se movía: se limitaba a pitar. A veces hacía unas pitadas largas, tristísimas, como las de las locomotoras a media noche.
Lo único impresionante de aquel segundo acto fue el penalty. Dejaron al pobre portero solo, destapado, y un enemigo, desde muy cerca, le dio una patada tan fuerte al balón, que el pobre portero seguía esperando el tiro cuando ya hacía mucho rato que el esférico descansaba en el fondo de la red. El portero se enfadó mucho y tiró la gorra contra el suelo y echó el balón al centro del campo de mala gana.
Yo estaba tan aburrido, que empecé a pensar en mis cosas: en el colegio, en Palmira, en los bigotes del general Berenguer, que vi en la portada de Crónica —«Un general que va a deshacer lo que hizo el otro general», que dijo mi abuelo—, y el Somatén, que ya no iba a desfilar más por las calles, según me dijeron… También pensaba en no volver al fútbol más en mi vida, porque no le veía argumento.
Cuando salimos, casi anochecía. Hacía fresco. La tía, Laurita y ésas habían decidido no ir a ver la segunda jornada de «Fanfán Rosales» e irse a bailar a la sala del piano de casa del abuelo.
La gente salía con ganas de andar. Los jugadores, derrengados, iban sin corbata, muy colorados. El jugador que cayó al suelo y empezó a retorcerse mucho con las manos en semejante parte y que hizo reír tanto a las señoritas, a pesar de que decían: «¡Qué pena!», salió cojeando, hecho una lástima. En el automóvil tuvimos que ir muy despacio entre el gran gentío que caminaba con las manos en los bolsillos. Emilita, la hermana de Pablo, repartió las flores del ramo que le dio el capitán entre los hombres, y a mí me dio un beso. Dijo que eso era a mí solo. «Vosotros, claveles, claveles».

A mis amigos del colegio, los que eran tan aficionados al fútbol, los pasamos con el automóvil. Iban tan ofuscados, que no me vieron. Hablaban todos a la vez, y Manolín, delante del grupo, imitaba a un jugador en no sé qué pase… Aunque los llamé, no me oyeron, que así eran de aficionados.
Cuando llegué a casa, rendido, me llevé la gran sorpresa de que el abuelo había vuelto de Valencia y me estaba esperando con un mecano que me había comprado en la plaza de Castelar. Como tardaba, se había hecho ya un puente colgante con muchas varetas rojas y verdes.
Me dieron de merendar y me puse a jugar con el mecano, mientras el abuelo explicaba a papá que en Valencia se respiraba república por todas partes y que en casa de Llavador había visto bordar a las «chiquetas» una bandera tricolor.